Teresa Lerma, la ''Patch Adams'' mexicana

Hace 30 años sufrió de cáncer, su madre murió por el mismo mal y en su familia, 17 personas lo han padecido. Pero es una mujer que ayuda a los pacientes a soportar la angustia en Cuidados Paliativos.
Teresa Lerma es una mujer que ayuda y da ánimos en el área de cuidados paliativos del INCAN.
Teresa Lerma es una mujer que ayuda y da ánimos en el área de cuidados paliativos del INCAN. (Osvaldo Amaya)

Ciudad de México

La conocen todos en el INCAN a pesar de que no trabaja ahí, la mayoría de las enfermeras, trabajadoras sociales y hasta los guardias de seguridad tienen su número de teléfono, por si algo llegara a ofrecerse.

Recorre los pasillos con una mochila en la que lleva algunos “triques”: Muñecos de peluche, algunas bromas y dulces, ofrece palabras de aliento a pacientes con cáncer y sus familias. Se llama Teresa Lerma y hace 30 años sufrió de cáncer, su madre murió por el mismo mal y en su familia, 17 personas lo han padecido.

Es una clínica de día, es decir, los enfermos en fase terminal se sientan en sillones, reciben poderosas dosis de analgésicos que les permitan sentirse bien y al finalizar el día, regresan a casa con sus familias, así es siempre, así es cotidiano.

El ambiente en el área de Cuidados Paliativos es denso, triste, todos aguardan con caras largas poder entrar con la doctora Silvia Allende, la encargada de esa espacio y a pesar de lo colorido de sus paredes, en esa “ala” los ánimos van a la baja. En este sitio los pacientes van a “bien morir”.

Ahí estaba Valentina, una mujer de cuarenta y tantos recostada en una camilla, una pañoleta rosa le cubría la cabeza calva. Tere se acercó y con un tono de voz estridente y distinto al que se utiliza normalmente en los pasillos de un hospital le dijo: “Mi vida, qué guapa te ves hoy con esa bata rosa, pareces modelo… Chiquita, vas a salir adelante, eres consentida de Dios y pronto vas a recuperarte”.

''Yo acompañaba a Tere en ese momento e inmediatamente sentí como en la garganta se me hizo un nudo, por más que quise aguantar las lágrimas en los ojos, estas no pidieron permiso''.

''Me acerqué a Valentina y alcancé a preguntarle con la voz entrecortada: “Cómo te sientes Valentina”, ella rápido contestó: “Muy bien Doctor (pensó que lo era por el traje gris y la corbata rosada que usaba), hoy me siento bien, debo estar bien por mi hijo''.

Y así Tere se acercaba con cada persona que veía en una silla de ruedas, con el rostro desencajado, la mirada extraviada, hartos de soportar las quimioterapias, cansados de los perjuicios del tratamiento, pensando quizá: “Qué más sigue''. No preguntaba, no es su estilo. Con una bolsa de dulces en la mano les decía: “Quieres uno de mota o de coca”.

Tere fue diagnosticada en el Hospital Mocel en la ciudad de México y gracias a la intervención oportuna de los médicos pudo salir adelante.

Los enfermos incrédulos escogían el sabor que mejor les parecía y en ese momento “Tere se les echaba a los brazos”, y al oído les susurraba: “Mi cielo, vengo a decirte que Dios me pidió que te dijera que no estás solo, que él está contigo y que pronto te vas a recuperar, que nunca, nunca pierdas las esperanzas”.

Los pacientes seguramente no tenían idea de quién era Tere, ni porqué los trataba con tal familiaridad, lo único que realmente importaba era el mensaje que Tere les llevaba, aquella perorata cargada de solaz y remanso.