Baño a la rusa

Y pues nada, que apenas se despiden los últimos frentes fríos y pintan un tantito los calores, en los barrios y colonias de la Ciudad de México sus habitantes comienzan a padecer la carencia del ...
Baño a la rusa.
Baño a la rusa. (Jesús Martínez)

La imagen suele ser recurrente: una persona desnuda y enjabonada, Juan José, mira hacia la regadera e incrédulo extiende la mano para comprobar que, en efecto, fue el elegido para gritar algo más terrible que “¡se acabó el papel higiénico!”:

—¡Se acabó el agua, revisen la cisterna, enciendan la bomba para terminar de bañaaarmeee!

Nadie en casa. Marisa terminó de arreglar a los chiquillos y fueron presurosos a la escuela. Como no tienen perro que les ladre, nadie responde, y aunque tuvieran: el tinaco, seco; la cisterna, sedienta; la tubería que abastece al vecindario, solo con sedimentos.

—Uta maye… Tenía que tocarme. Ni siquiera una cubeta con agua para enjuagarme la cabeza —se lamenta JuanJo—. Y en verano será lo peor.

Seguramente.

Por lo pronto, el conflicto es hogareño. Marisa vuelve. Tan temprano y el tráfico, infame; el microbús que no aparecía y un retardo más al expediente de los chiquillos.

—Mamá: ya nos da pena, siempre somos los últimos en llegar.

—Se callan y se aplican: otra materia reprobada y les toca chinga de perro bailarín.

Enciende la estufa, calienta el café y se sienta. Juan José va rumbo a la chamba. Ella hará lo mismo por la tarde. “Un cafecito para acabar de despertar y me apuro con el quehacer”. Suspira, enciende un  cigarrillo. Al concluir, manos a la obra; el torbellino de limpieza que la habita calienta motores. Abre la llave del fregadero para lavar los trastos y ¡surprais! Ni gota de agua.

Y el malandrín de su marido ni se molestó en dejarle una nota, ¿qué tal que entro a la regadera? Tendría que enjuagarme con agua del tanque del guáter.

El estudio “Problemática del recurso agua en grandes ciudades: zona metropolitana del Valle de México” (UAM-I) indica que “originalmente, el sistema lacustre estaba conformado por los lagos de Xochimilco, Chalco, Texcoco, Zumpango y Xaltocán, y su nivel fluctuaba de acuerdo con el régimen pluviométrico, es decir, se comportaba hidráulicamente como el vaso de almacenamiento de una presa. Así pues, en época de lluvias se formaba un solo lago con una extensión de 2 mil kiómetros cuadrados”. Durante el estío, el agua descendía y se formaban los cinco lagos, cada uno con una superficie variable”.

—En el Valle de Anáhuac —escribió Alfonso Reyes—, a través de los siglos, el hombre conseguirá desecar sus aguas, trabajando como castor; y los colonos devastarán los bosques que rodean la morada humana… Abarca la desecación del valle desde el año 1449 hasta el año de 1900. Tres razas han trabajado en ella, y casi tres civilizaciones… Nuestro siglo nos encontró todavía echando la última palada y abriendo la última zanja.

Marisa sale a la calle y pregunta a las vecinas. En efecto, han pasado varios días y no cae agua de la llave.

—Usted porque tiene cisterna grande, Marisita, ni por enterada se da. Pero una nomás con el tinaco de la azotea, se las ve negras. Llevamos semanas bañándonos de ovalito: nomás la cara, y con un trapo húmedo se restriegan las verijas y vámonos.

—Ni me diga, doña Lidia. Tendré que bañarme con agua del garrafón y a la rusa: la cara limpia y la cola sucia. Creo que hay que pedir una pipa en la delegación —propone Marisa y comenta—: a ver cuándo se les da la gana surtirnos.

Doña Rita hace cara de asco: “Luego sale peor la solución que el problema: la vez pasada me trajero un cuarto de pipa, tuve que darles quesque pa’ la gasolina, y el agua salía grasienta. Revisé la cisterna y n’hombre: un asco, tallamos con cloro para desinfectar y desengrasante pa’ cortar el aceite pegado al cemento. Y alégueles”.

—Pues yo tengo una sobrina que desde siempre ha vivido en Ixtapaluca; presumía que se nutrían con agua de los volcanes, pero tantos pozos se han hecho que no recargan los mantos. Y con el pavimento, en tiempo de lluvias tanta agua que se va al drenaje, una lástima.

—Pues con tantas unidades habitacionales que se construyeron por allá, nunca habrá agua que les alcance. Hará un mes que visité a mi hermana por el cumpleaños de mi sobrinita, vive en Chalco. Fuimos con toda la pipiolera y qué problemón: tanto escuintle entraba y salía del baño, hasta que se vació el tinaco. Lo peor es que no avisaron y ya se imaginarán: el escusado era un hervidero de cuáchala. Pobre de mi hermana, ahí la dejamos con el problemón, el trasterío en el fregadero, los chamacos mugres y sin agua.

—Ay, pues qué desconsideradas —tercia doña Lidia—. Pronto ya ni agua vamos a ofrecerle a las visitas. Allá delante, donde abrieron el obrador, no se aguanta la peste. Y eso que el dueño compra hasta dos pipas por semana. La calle es un hervidero de larvas de moscas. No sé cómo hay quien le compra embutidos a esa empresa.

—Eso que es una fabriquita —acota Marisa—. Allá por Los Reyes-La Paz; en Ayotla; en San Rafael, todavía hay compañías papeleras, y qué de agua gastan, y una por acá sin un litro para lavarse los sobacos. En el Metro y las micros huele como ganado en el corral. Voy a asomarme a la cisterna y cazar el nivel del agua para subirla a los tinacos, antes que me la ganen. Si se ponen de acuerdo me avisan y vamos a la delegación a solicitar la pipa.

Publicado en octubre de 2009 por Agustín F. Breña Puyol y José A. Breña Naranjo, el estudio “Problemática del recurso agua…” es contundente: en la zona metropolitana del valle de México se colapsa de modo gradual la disponibilidad del agua, y “para evitar su colapso total y asegurar su supervivencia”, son necesarias medidas drásticas “como reducir la dotación de agua por habitante, incrementar las tarifas, programar tandeos equitativos” y así evitar conflictos sociales por la escasez del agua.

Por lo pronto, las vecinas enfrentan la bronca. Y no se muerden la lengua para señalar que los de la esquina lavan el coche dos veces al día, y que en la delegación piden copia de las credenciales de elector como requisito para dotarles 200 litros, y que muchos pegan de gritos por la carencia, cuando a leguas de advierte que solo se bañan cada sábado, haga falta o no.

—Pues será el sereno y que cada quien se bañe cuando se le antoje —se despide Felipa la recaudera—. En verano seremos zorrillitos apestosos, ni con el baño ruso escarmentaremos.

¡El baño ruso! Marisa halla su monedero en el delantal, echa llave al zaguán y va a la tienda de don Rober para comprar un garrafón con 20 litros. “Luego le traigo el envase, señor Rober: en lo que voy y vengo me dejan sin nada”.

—Ya-la-dejaron; y si no se apura, hasta sin agua mineral —advierte el tendero.

—No le creo —responde Marisa.

—¿Qué no? —sonríe don Rober—. Nada más quedan nueve litros. Llévese dos envases, déjeme uno. Si se mide, le alcanza para dos baños. Duda. Me están cotorreando. Ve a las vecinas rumbo a la tienda y acepta:

—Deme seis litros, pues.

—¿De sabor o natural? —embroma don Rober. Pero la mirada de Marisa lo apena.

—Cáigame bien, cáigame bien.

*Escritor. Cronista de "Neza"