Arrecifes de coral, en busca de los oasis del desierto marino

Uno de los ecosistemas más reducidos en extensión, pero más ricos y espectaculares del planeta, vive hoy fuertes amenazas. México y Jalisco los alberga en sus paisajes submarinos.

Mar de Cortés/enviado

Todos los humanos han vivido, al menos en su imaginación, la pesadilla del desierto: una inmensa extensión de arena bajo un sol extenuante, casi huérfana de seres vivos y donde no morir es el único rasero para medir el éxito.

La imagen se puede trasladar a los mares tropicales, donde un náufrago sobre una balsa atraviesa cientos o miles de millas náuticas sin asomarse al menor resquicio de vida. Pero tras la grandiosa y aplastante monotonía, en ambos casos surge, en algunos sitios inadvertidos, el milagro de los oasis. No puede haber mayor contraste con la desesperanza de la travesía: la abundancia de agua y frutos que promete a los viajeros en tierra, se convierte en peces, algas, crustáceos y colores en las barreras arrecifales marinas. En los primeros, la vida es mejor que las promesas de Alá a sus mercaderes; pero los segundos, tan esenciales a la alimentación y la economía humana, eran desconocidos por los aventureros de la Odisea o de Simbad en Las mil y una noches, cuando surcaban mares poblados de monstruos, sirenas y reinos ignotos.

Ocultos bajo el océano a la mirada simple de los hombres, estos oasis son unas de las construcciones más sorprendentes de la naturaleza. Si bien no abarcan ni uno por ciento de la inmensidad acuosa del planeta, algunas de sus huellas, como la gran Barrera Australiana, de más de dos mil kilómetros de longitud, se pueden ver desde el espacio. El secreto de su escasez, de su belleza cristalina y de su espectacular vida multinivel y multicolor, se explica por la pobreza del mar contiguo –con pocos nutrientes diluidos, lo que permite la claridad meridiana y la extraordinaria luminosidad solar- y por su eficiencia energética: como en la selva, todo se recicla y cada especie que allí habita es en extremo dependiente de las otras para sobrevivir.

“Por eso se habla de que un pez extraído de ese entorno para consumo humano afecta el equilibrio delicado; de forma escatológica se podría decir que el pez consumido, tendría que ser regresado en excreta para que la energía no se pierda”, afirma el investigador de la Universidad de Guadalajara, Enrique Godínez Domínguez.

El arrecife de coral también remite a la idea de una jungla amazónica, congoleña o chiapaneca, por la enorme variedad de especies que alberga. Algunos calculan que un cuarto de los seres vivos de los mares dependen de estos ecosistemas, sea que viven de forma permanente, sea que se desarrollan en alguna etapa de su vida azarosa.

“Los arrecifes, gracias a su potencial de construcción, son capaces de cambiar el paisaje marino drásticamente y crear un laberinto de formas y estructura que dan albergue y protección a miles de organismos”, señala Dorina Basurto Lozano (Arrecifes coralinos, Instituto de Ecología, 2005).

Y lo detalla Héctor Reyes Bonilla, de la Universidad Autónoma de Baja California: “El caso mundial más notable es el llamado Triángulo de Coral en el Indopacífico–Indonesia, Nueva Guinea, Australia-. Alberga 605 especies, alrededor de 85 por ciento de todas las que se conocen y 2,228 especies de peces, 37 por ciento del total. Son un banco genético en el que se guarda riqueza insospechada con alto potencial biotecnológico y farmacéutico. Por esto, los arrecifes coralinos son objeto de investigación en muchos campos de la ciencia. En México, encontramos arrecifes coralinos en ambas costas. En la de Quintana Roo, están los más espectaculares. Forman parte del Sistema Arrecifal Mesoamericano, que compartimos con Belice, Guatemala y Honduras”.

Esta última es la barrera coralina más importante de América y, después de los grandes sistemas del océano índico y Pacífico occidental -probable zona de origen de las especies coralinas-, sobresale a nivel mundial. No es el único patrimonio de México. “De manera discontinua, pero notable, los hay en Yucatán, Campeche y Veracruz. En el Pacífico, el único arrecife costero es el de Cabo Pulmo, Baja California Sur. En las costas de Nayarit, Jalisco, Colima, Michoacán y Oaxaca encontramos comunidades coralinas, pero no arrecifes. En las islas Revillagigedo existen arrecifes en excelente estado de conservación”, agrega.

Cómo se formó ese extraño ecosistema, es una de las preguntas que los biólogos marinos han intentado contestar. Partiendo de su estructura, se trata de un “ecosistema marino tropical formado por el cúmulo de restos calcáreos de diferentes organismos, principalmente corales y algas coralinas, que forma promontorios submarinos que sobresalen del fondo y llegan frecuentemente hasta la superficie oceánica…”, señala Andrés López Pérez, de la Universidad Autónoma Metropolitana.

¿Esto qué significa? El experto agrega: “Los corales son animales, aunque de un tipo muy particular. Un coral pétreo, de los que forma arrecifes, constituye solo una pequeña fracción de un grupo de animales llamados en su conjunto cnidarios (sic), al que pertenecen medusas, anémonas, abanicos, plumas de mar y corales  […] carecen de cabeza y de sistema nervioso central y de manera particular, poseen  tentáculos que rodean la boca. Dentro de su ciclo de vida presentan la forma de pólipo o medusa”. En específico, los corales pétreos son pólipos sedentarios y asemejan cilindros alargados y pueden estar como individuos aislados o como vastas colonias de individuos genéticamente idénticos (son clones).

¿Cómo conforman los arrecifes? “En su proceso de crecimiento, los corales pétreos depositan un esqueleto que se va sumando a la construcción arrecifal, pero que carece de vida, es decir, la mayor parte de un arrecife es inanimada y sólo la parte superficial, unos cuantos centímetros, tiene vida. En dichas formaciones, existe un gran número de animales y algas, en donde el elemento dominante del paisaje lo constituyen los corales”. Otros organismos forman arrecifes: moluscos, esponjas, algas coralinas, gusanos tubícolas, entre ellos, detalla.

Un depósito masivo de carbonato de calcio. De entre las más de 800 especies de corales que se conocen, las mejores formadoras de arrecifes por extenderse más son las “ramificadas”, entre las que destacan las pertenecientes a los géneros Acropora y Pocillopora, que crecen alrededor de 30 milímetros por año, una tasa que ha menguado de forma considerable ante el problema de destrucción que padecen estas formas de vida, en tiempos de la más agresiva expansión humana global.

Ciertamente, los corales atraviesan hoy serios riesgos de desaparecer de muchos mares, lo cual es dramático dada su de por sí restringida distribución. Pedro Medina Rosas, especialista en el tema por la UdeG, destaca que son víctimas notorias de una economía humana que genera millones de toneladas de desechos que terminan en los fondos marinos, y alteran las condiciones especiales que requieren estos delicados ecosistemas para prosperar, así como la mayor cantidad de carbono en la atmósfera, que acelera uno de los procesos más mortales para estos extraordinarios seres: la acidificación.

Así, el reconocimiento de Charles Darwin, el padre de la evolución y la biología moderna, podría quedar como simple recuerdo: “Los naturalistas deben sentir una mezcla de maravilla y perplejidad al examinar que los suaves y gelatinosos cuerpos de unas aparentemente insignificantes criaturas, puedan construir tan magníficas estructuras”, dijo entusiasmado en un texto de 1842, cuando la revolución industrial apenas comenzaba. Hoy, los corales viven bajo amenaza.

EL PROYECTO
Este esfuerzo de divulgación sobre la extraordinaria riqueza y la radical importancia de los corales, para Jalisco, para México y para el mundo, se convertirá en las siguientes semanas en una serie que ofrecemos en exclusiva para los lectores de MILENIO JALISCO gracias al financiamiento de una beca del Conacyt que gestionó y cuyo proyecto encabeza el investigador del Centro Universitario de la Costa, de la UdeG, con sede en Puerto Vallarta, Pedro Medina-Rosas, quien gentilmente invitó a esta casa editorial a documentar el tema para los formatos impreso, radiofónico y televisivo, en la voz de los mayores expertos mexicanos del tema, y con la visita a dos sitios privilegiados por la evolución en el caso de estos ecosistemas: Cabo Pulmo, considerado por muchos como el único arrecife de coral del Pacífico mexicano, en Baja California Sur, y Puerto Morelos, observatorio privilegiado de uno de los mayores arrecifes del planeta: la gran barrera Mesoamericana, cuyas dimensiones son la mitad de la gran Barrera Australiana. 

Claves

Riqueza única

Los ecosistemas coralinos se ubican cerca de las costas continentales o de las islas, o bien, mar adentro. Aparecieron como organismos vivos hace unos 225 millones de años y han vivido periodos de expansión y de retroceso según los factores que los hacen posible a la luz de la investigación científica actual, como la cantidad de carbono suspendido en la atmósfera, la existencia de mares someros en algunas eras geológicas y la reducción de sedimentos desde las zonas terrestres. Las barreras coralinas actuales podrían tener hasta cinco mil años de edad

La zona de aparición y evolución primigenia de los corales parece ubicarse en la confluencia de los actuales océanos Índico y Pacífico, donde están enclavadas naciones como India, Indonesia, Malasia, Nueva Guinea, Australia y Filipinas, y que también se conoce como el Triángulo de Coral. Si en esa región se rebasan 600 especies de corales, en la medida que se alejan de la zona, disminuye la diversidad de los ecosistemas

Los corales del mar Rojo –entre la península de Arabia y Egipto- y los contiguos a la isla de Madagascar, en África, registran alrededor de 200 especies; los mares de Tailandia tienen unos 60 registros; el golfo Pérsico 57, el océano Atlántico se reduce a 35. Los mares mexicanos rondan 53 especies en el Atlántico (Golfo-mar Caribe) y 29 en el Pacífico, con “dos de los 18 centros de endemismo de especies arrecifales más importantes en el mundo”, según la Semarnat.