Preservan el viaje hacia Mictlán con las ofrendas prehispánicas

Mihcailhuitl, la cosmovisión de las antiguas culturas

Puebla

Nuestros antepasados celebraban a la muerte en agosto y septiembre con ofrendas, rituales y ceremonias, según el calendario solar mexicano, la influencia española cambió la costumbre al mes de noviembre con la colocación de los altares que hoy conocemos.

Una forma de preservar las tradiciones de culturas como la Totonaca, Nahua o Maya es a través de la representación de ofrendas "mihcailhuitl", que recuerdan al México prehispánico.

Colocadas sobre el piso, diez ofrendas ubicadas conforme a los cuatro puntos cardinales, bajo rayos solares rinden culto a Moctezuma Xocoyotzin, a Mictlantecuhtli y Mictlantecihuatl, señores de la muerte; a Pakal "El Grande" o Huehuecoyotl, señor de la danza.

Según la visión prehispánica, morir era el comienzo de un viaje hacia el Mictlán o inframundo


Símbolos de los cuatros elementos de la naturaleza, tierra, fuego, aire y agua, objetos originales ancestrales, pedacería de vasijas y réplicas de herramientas en obsidiana o jade, piedras con las que se trabajaba el papel ámate o se pulían pieles. Copales, alimentos como ciruela, chile, tomate, carne de coyote, semillas, cráneos decorados, cempasuchil, dan muestra de la cosmovisión de antiguas culturas y su forma de concebir a la muerte, una dualidad.

"De alguna forma debemos aprender sobre nuestras raíces, de eso se trata este lugar, de enseñarle a la gente sobre nuestros orígenes y de esta forma se entienda el paso de las generaciones. Estas ofrendas son permanentes, buscamos preservar la tradición de nuestros abuelos", comenta Rafael García Salas, integrante del Centro de Investigación Indígena de Sabiduría Ancestral, ubicado en el jagüey Zoquiaqui en San Francisco Totimehuacán, Puebla.

Según la visión prehispánica, morir era el comienzo de un viaje hacia el Mictlán o inframundo, por lo que llevaban consigo elementos que ocupaban en su tránsito.
Una réplica del juego de pelota en construcción, rodea un inmueble diseñado para entierros bajo el ritual prehispánico y el depósito de urnas para cenizas. Representaciones de escudos de plumas o el sol de la muerte cobijan este espacio ligado a la vida y la muerte.

García Salas, explica que según las creencias indígenas, los ancestros eran acompañados por objetos que en vida habían utilizado y los que ocupaban hasta encontrar su descanso.

"Nuestros ancestros no tenían panteones, se enterraban abajo de su casa, ellos convivían con los que morían y con quienes seguían vivos, nuestros abuelos no sabían de la muerte horrible ni de cosas del infierno, para ellos sólo era convivir con la vida y la muerte, entendido como una dualidad".

Este espacio abierto al público, busca preservar el viaje hacia el Mictlán, el reino de los muertos, incluso García Salas ha considerado este lugar para su eterno reposo.

"Las personas que quieran venir a enterrarse pueden hacerlo o depositar sus cenizas bajo el ritual que hacían nuestros ancestros, una gran ceremonia que duraba varios días con danzas, comidas, era una gran fiesta para alguien que moría, es parte de la naturaleza, un ciclo que tiene que suceder. No tenemos un costo considerado. Estamos en ese proceso".
Con aportaciones voluntarias y ofrendas en alimentos y económicas, este lugar abierto público suma tres décadas al suroriente de la capital poblana.