El 13 de feberero pasado, durante la misa del Miércoles de Ceniza, el Papa arremetió contra obispos y cardenales que dividen "el cuerpo eclesial"
• Su última misa multitudinaria el pasado Miércoles de Ceniza fue larga, solemne y sorprendentemente dura contra los obispos y cardenales ahí presentes. Como si el incansable custodio de la fe y la moral de la anquilosa institución romana se hubiera dado cuenta apenas del verdadero rostro de la Curia vaticana, a la que ahora, reunida ante él en la sala Pablo VI para escuchar su penúltima audiencia general, no dudó en acusar de “atentar contra la unidad de la Iglesia” ante “las divisiones del cuerpo eclesial”.
Emocionado pero firme, el teólogo Ratzinger arremetió también de forma inesperada —tanto como su renuncia— contra la “hipocresía religiosa” y “el comportamiento de quienes buscan el aplauso y la aprobación del público” en lugar de “servir a su Señor, de manera sencilla, simple y generosa” y reconoció la condición “a veces desfigurada” de la Iglesia “por las divisiones del cuerpo eclesiástico”.
Un discurso crítico y demasiado sugerente, no solo porque el siempre cauto pontífice se atrevió a disparar al corazón de la tantas veces denunciada podredumbre vaticana, sino porque al hacerlo abonó la tesis de la revista italiana Panorama, que al día siguiente aseguró que su salida obedeció a un nuevo informe recibido por el pontífice el 17 de diciembre sobre el escándalo Vatileaks, acerca de la fuga de documentos oficiales del Vaticano, los cuales evidenciaron como nunca antes ante Ratzinger la “fuerte resistencia” de la Curia a las medidas de transparencia por él pedidas.
Modesto y renuente a los reflectores —el opuesto de su antecesor y amigo polaco Wojtyla, su “alma gemela” en el terreno intelectual—, Ratzinger agradeció el miércoles a los presentes el apoyo a su breve ministerio de ocho años, desde el 19 de abril de 2005 y solo pidió “que me tengan en sus plegarias”. Había dicho lo mismo una semana antes cuando sorprendió a los cardenales —y poco después al mundo— al anunciar su retiro “en plena libertad, para el bien de la Iglesia”.
Será el miércoles 27 de febrero, un día antes de su renuncia, cuando el Papa diga adiós ante miles de fieles en la plaza de San Pedro y vuelva a escuchar el “¡Benedetto! ¡Benedetto!” con que la gente se acostumbró a aclamar su cada vez más delgada figura blanca, que el próximo 16 de abril celebrará en el anonimato su cumpleaños número 86 en su Alemania natal o tal vez en un área del monasterio de monjas de clausura Mater Ecclesiae, que está siendo habilitada para él al interior del Vaticano, después de haberse atrevido a renunciar a uno de los puestos políticos de mayor peso —o ya no tanto— del planeta.
HAY QUE HABLAR LATÍN
Quiero consignar la anécdota que la noticia de la dimisión de Benedicto XVI se hizo pública —obligando al Vaticano a adelantarla— gracias a la veterana periodista italiana Giovanna Chirri, de la agencia ANSA, que habla latín y que el lunes 11 de febrero cubría una reunión ordinaria de cardenales donde el Papa tenía programado anunciar varias canonizaciones. Según el director de la también veterana ANSA, Luigi Contu, “nuestra vaticanista Giovanni Chirri estaba escuchando el discurso del Papa en latín. De repente dejó de hablar sobre el Consistorio y la periodista entendió que confesaba que estaba cansado, que había mucha presión”. Entonces Chirri llamó de inmediato al vocero del Vaticano, Federico Lombardi, para confirmar lo que había escuchado, pero no lo encontró. Pero mientras discutía con sus jefes si se lanzaba o no la noticia, Lombardi la llamó para confirmarle la histórica primicia.
Las palabras de Ratzinger fueron traducidas poco después por el Vaticano en un comunicado difundido a una velocidad tan rápida y vigorosa, “un ritmo imposible de seguir”, como acepta el pontífice número 265, ferviente admirador de Mozart y él mismo excelso pianista, nacido en Baviera la mañana de un sábado de Gloria, el 16 de abril de 1927 y bautizado ese mismo día por sus padres, Maria Rieger y el oficial de policía de quien heredó el nombre y dos hermanos, Maria y Georg, su principal confidente —según Panorama, el único que conocía por anticipado su decisión de renunciar—, quien aún vive y también es sacerdote.
Ya en 2010, en un libro de entrevistas, el ex académico de las universidades de Münster y de Ratisbona, disciplinado lector y prolífico escritor, habló de la posibilidad de renunciar si la salud le impedía seguir. Favorito para suceder a Wojtyla y elegido en el segundo día del cónclave luego de cuatro rondas de votaciones y dos fumatas negras, Ratzinger dice que le pidió a Dios “por favor, no me hagas esto” cuando vio su inminente elección. “Evidentemente —añade al recordar aquel 19 de abril— esa vez Él no me escuchó”. Pero a Él se encomendó desde su primera aparición en el balcón de la Basílica de San Pedro como “un simple y humilde trabajador de la viña del Señor”, al recibir poco después de manos del secretario Sodano el “anillo del Pescador”, emblema de Pedro, con la imagen del apóstol pescando en un bote y el nombre del recién ungido Papa tallado en latín, el cual también será destruido, junto al resto de todas sus pertenencias petrinas, el 28 de febrero.
Después de haber instruido a todos los obispos del mundo, desde la Congregación de la Fe y bajo sigilo pontificio, encubrir los abusos sexuales a menores para evitar que los curas paidófilos fuesen denunciados a la policía, Ratzinger terminó por reconocer como Papa el carácter criminal de la pederastia y aceptar su enjuiciamiento por los tribunales civiles. Un acto que, aunque demasiado tardío para la credibilidad del Vaticano, coloca a Ratzinger un centímetro por encima de sí mismo.
Finalmente, ¿habrá temido el lúcido y también asceta Ratzinger compartir el mismo final trágico que Celestino V, (único Papa que intentó renunciar hace 700 años) si no se alejaba pronto de la “hipocresía religiosa”, “del comportamiento de los que aparentan” y de “las rivalidades” de su entorno? Porque, como ha asegurado su vocero Lombardi abonando la tesis de Panorama, no hay “ninguna enfermedad que haya influido en la decisión” del Papa.
