• ¡Pase a ver quinientos mil asombros y maravillas...!”. Es probable que Margarita Maza de Juárez y sus hijos escucharan este pregón durante su estancia en Nueva York como exiliados de la intervención francesa en México, del mismo modo en que lo hicieron Jesús E. Valenzuela y Francisco Zarco, o cualquier otro mexicano que viajó —por el motivo que haya sido— a la Ciudad Imperio durante el siglo XIX.
Ávidos de portentos, atraídos por los superlativos, envueltos en el olor de las rosetas de maíz, los veo entrar en el American Museum —una combinación de zoológico, sala de lectura, museo de cera, gabinete de curiosidades y teatro— en la esquina de Broadway y Ann Street, para admirar a una mujer que celebraba en aquel entonces su bicentenario: Joice Heth, africana que, según se anunciaba, fue “nodriza de George Washington”. Entre otros prodigios, seguramente vieron al General Tom Thumb —de menos de un metro de estatura—, a la gigante Anna Swan, y escucharon a la soprano suiza Jenny Lind. Entre 1840 y 1878, imagino la sorpresa de la gente frente a las pócimas rejuvenecedoras y tónicos sexuales que se ofrecían ahí mismo, pero tengo la intuición de que lo más fascinante ante sus ojos era la sirena que Phineas Taylor Barnum mostraba como una de sus principales atracciones.
En realidad, cualquier ser humano dotado con facultades animales —cualquier “híbrido”— era sinónimo de éxito en la venta de entradas para cualquier espectáculo; 25 centavos de dólar era el precio del asombro.
Ninguno de esos prodigios podía ser visto en el Circo de los hermanos Orrín, ubicado en la plazuela de Villamil, junto a Catedral, en la Ciudad de México, y no porque no los hubiera: exhibirlos era una aberración, había que ocultarlos, negarlos. Si se quería contemplar fenómenos humanos, había que viajar a Nueva York o a Europa.
Unas cuadras más al norte del espectáculo de Barnum —que se preciaba de ser el “espectáculo más grande sobre la tierra”— en el número 316 de la calle Broadway, una menuda mujer mexicana, dotada de una voz privilegiada, hacía su debut en un espectáculo. Era el primero de diciembre cuando Julia Pastrana, La Indescriptible, la “maravillosa híbrido” o la “mujer oso”, “la mujer simio”, cantó por vez primera frente a un público que buscaba caprichosas maravillas.
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Julia Pastrana nació en Sinaloa en 1834 y fue criada como sirvienta en la casa del gobernador Pedro Sánchez. Al cumplir 20 años, aunque no tenemos claro cómo sucedió, comenzó a exhibirse en el Gothic Hall de Nueva York. Lo más probable es que Pastrana haya sido vendida por sus patrones al empresario Theodore Lent (un probable delincuente que huía con un nombre robado y del que no se ha encontrado registro alguno, ni sabemos cómo llegó a México ni la manera en la que compró a Julia Pastrana) quien la promocionó, con su espectáculo de música y danza, alrededor del mundo.
Pastrana medía 1.37 de estatura, tenía facciones simiescas y era poseedora de un vello oscuro y grueso que le cubría todo el cuerpo. Los científicos aseguraban que se trataba de un híbrido de humano y orangután. Sin embargo, la muchacha hacía alarde de una voz celestial. Cantaba prodigiosamente con su timbre mezzo-soprano y tocaba la guitarra. Eso le había valido al menos una veintena de pretendientes.
El naturalista Frank Buckland —afecto a los “espectáculos de monstruos” —asistió un día al espectáculo que Julia ofrecía en Londres. Habló con ella y, aunque desconocemos la plática, meses más tarde Buckland escribió, en uno de sus ensayos de historia natural sobre las características de La Indescriptible: “Simplemente era horrible por la abundancia de pelo negro que crece en su frente y barba, pero su figura es muy bella y graciosa... y su pequeño pie y tobillo tan bien torneados, la perfección en sí mismos”.
La mujer simio se casó con el empresario que la compró. Ella se esforzaba por tenerlo contento, hacía su papel de fenómeno humano con tal de que su marido obtuviera buenos ingresos. En 1857 viajaron a Londres donde tuvieron una gira muy lucrativa; después salieron rumbo a Berlín y ahí obtuvieron mucha publicidad. Las autoridades alemanas siempre desalentaban con altos impuestos los espectáculos de fenómenos humanos por considerarlos degradantes, pero el señor Lent, siempre hábil para los negocios, obtuvo todos los permisos necesarios para exhibir a su mujer después de enfatizar que Julia Pastrana actuaba sólo como cantante y bailarina.
Los médicos alemanes habían recomendado a todas las mujeres embarazados no asistir al espectáculo de la mujer simio, porque corrían el riesgo de tener hijos con la misma naturaleza. Cualquier muchacha que diera a luz a uno de estos seres anómalos era más despreciables que los monstruos mismos. La madre no era una sirena, pero lo era y, al mismo tiempo, era el viento, el asombro, el naufragio y la tormenta. Al momento de parir a un ser amorfo se convertía en uno de ellos: una mujer con extremidades en forma de espiral y sin huesos, como serpentina; mujeres barbadas, mujeres siamesas, mujeres gigantas.
Un año más tarde, en Polonia, Julia sorprendió con un nuevo espectáculo: además de cantar y bailar, hacía trucos de acrobacia sobre caballos. En 1959, la pareja Lent se trasladó a Moscú. Los ingresos se multiplicaban exponencialmente.
A los 26 años Julia se embarazó. Tras un parto difícil en el que el producto también murió, su marido vio posibilidades comerciales: vendió los cadáveres al profesor Sokolov, de la Universidad de Moscú, para que se probara en los cuerpos de su mujer y su hijo una nueva técnica de embalsamamiento. Pero Lent no podía perder a la gallina de los huevos de oro, así que en 1862 recuperó los cuerpos —que no pudo exhibir en Moscú— y los llevó de gira por toda Europa. Bajó el precio, pero se ampliaron los horarios de exhibición para contemplar a La indescriptible.
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Lent no resistió la soledad y tuvo suerte: pronto descubrió a otra mujer barbada a la que llamó Zeodora Pastrana, la “hermana desconocida” de Julia. También se casó con ella.
Y aquí hago una pausa para preguntarme: ¿Por qué Theodore Lent se sentía tan atraído por estas mujeres? ¿Era únicamente una cuestión monetaria o en ello escondía un impulso que manifestaba otro tipo de sexualidad? ¿Cómo encontraba a estas mujeres y en dónde?
El cuerpo anómalo no es solo objeto de la ciencia, de la anatomía, medicina y fisiología, sino que implica también una serie de relaciones afectivas y eróticas fuera de la comprensión de lo que socialmente consideramos normal.
Enloquecido, Lent fue internado en un psiquiátrico en donde murió en 1884. Zeodora, “la hermana” monstruo de Julia, heredó las momias con las que continúo exhibiéndose hasta 1889. Ese año Zeodora se deshizo de los cuerpos al venderlos en una convención de circos.
Los cadáveres de Julia y su crío cambiaron de dueño numerosas veces: se exhibieron en una “cámara de los horrores”, en Oslo, en distintos gabinetes de curiosidades privados y abiertos al público, llevados en carromatos de un circo a otro. Incluso durante la Segunda Guerra Mundial, cuando Noruega cayó bajo las tropas nazis, los alemanes deciden exhibir las momias y donar los ingresos al Tercer Reich.
Un siglo después de su muerte, en 1973, parecía que Julia encontraría por fin descanso: el obispo de Oslo, Ridar Kobro, exigía un ritual católico para enterrar las momias, pero el dueño en turno, pese a la prohibición de exhibir cuerpos humanos, decidió conservarlos. Las momias fueron abandonadas dentro de una camioneta, robadas, dañadas, arrojadas a una zanja en donde el pequeño de Julia fue devorado por ratones. Julia desapareció. Nadie volvió a saber de ella hasta 1990, cuando se descubre que el cuerpo de Pastrana estaba en el Instituto de Medicina Forense de Oslo.
La ciencia podría haber librado al monstruo de la exhibición que implica su misma etimología: “moneo”, advertir y “monstro”, mostrar. Pero la ciencia también expuso al monstruo, aunque la verdad es que a la luz de otras intenciones. Eso sí, el contrahecho, entonces, tiene que ir siempre acompañado de una imagen. En materia de monstruos, a pesar de las descripciones escritas, las palabras resultan insuficientes.
Tras largos trámites y estrictas condiciones, la Universidad de Oslo ha repatriado el cuerpo de Julia Pastrana —ya separada de su hijo. Este lunes 11 de febrero de 2013 Julia regresó a su natal Sinaloa. Al día siguiente, martes 12, a mediodía, se ofició una misa de cuerpo presente en la Iglesia de los Santos Apóstoles Felipe y Santiago de Culiacán, para después dar cristiana sepultura a la que también fue conocida como “la mujer más fea del mundo”.
Como todo actor sabe, “el espectáculo debe continuar”. Parte de las condiciones que se pidieron para el repatriamiento de Julia fue jamás abrir el féretro en donde descansaran sus restos —no existe ninguna garantía de que el cuerpo realmente se encuentre en donde dicen que estará— y montar fuertes dispositivos de seguridad para evitar que la tumba pueda ser saqueada.
A Sinaloa llegaron personalidades de la cultura, la ciencia y la política nacional e internacional para despedir a Julia. Se trata casi de una alfombra roja patrocinada por la mujer-simio. Incluso hay quienes, igual que hizo su marido en vida, han encontrado grandes posibilidades comerciales: una florería en línea ofreció el servicio de depositar arreglos florales en la tumba de Julia durante su sepelio (los precios iban de los 10 a los cinco mil pesos).
El cuerpo de Pastrana estará rodeada de flores hasta que caiga en el olvido y deje de ser novedad, cuando el morbo sea superado —incluso dejará de interesarle a la ciencia— o bien, volverá a ser noticia cuando su cuerpo sea robado por un Theodoro Lent moderno que lucre nuevamente con un cuerpo malforme que nunca le perteneció a su propia dueña.
