Ajustan los últimos detalles.
Ciudad del Vaticano • La Plaza de San Pedro en el Vaticano está casi vacía, tiene un ambiente de expectación. Horas antes del inicio de la misa del Papa, todavía hay espacios en la explanada, las cámaras de prensa están apagadas pero ocupan un tercio del lugar.
La tensión es generada por cientos de hombres de negro que con diligencia suben y bajan escaleras, acomodan sillas y cuentan los sitios que en unas horas estarán abarrotados de gente que vendrá a la misa de inicio de pontificado de Bergoglio.
Irónicamente, el templo católico parece una torre de Babel con pláticas en más de 30 lenguas. Lo mismo se oye a una pareja que conversa en mandarín con un guías que intenta convencerlos de no esperar un día para recorrer la Basílica, que una madre italiana discutiendo a gritos con su hija adolescente para tomarse una foto.
Los guías de turistas del Vaticano aseguran que el tránsito ha aumentado, pero nada alarmante, “de vez en cuando es igual, hay días que la gente se acuerda más de Dios”, dijo uno de tez blanca y muchas pecas, en español claro y bien pronunciado.
Son 132 delegaciones de diversos países las que acuden y cada uno de los enviados asiste a la plaza que ya está cercada con vallas para hacer un reconocimiento de la zona y el protocolo que será difícil romper con más de 70 mil personas amontonadas buscando una bendición.
Mientras los cardenales están en algo parecido a una fiesta, los mexicanos tuvieron un encuentro con el presidente Peña Nieto quien arribó a Roma el lunes en medio de una lluvia que obligó a los presentes a no saludar más de medio minuto.
Además de los mexicanos, los purpurados españoles se reunieron con espíritu festivo a unas cuadras de la Fuente de Trevi, en medio de la vida nocturna romana, a las afueras de la embajada donde tomaron dos tasas de café antes de que el frío los hiciera volver al interior del inmueble.
Dentro de la Basílica de San Pedro está colocada la indumentaria que llevarán los cardenales. El templo luce impecable pese al paso de la gente que toma fotos sin distinguir entre una y otra.
En la cúpula del lado izquierdo de la sacristía de la Basílica se encuentra la tumba de los pontífices, donde por primera vez en mucho tiempo no se encuentra el antecesor del Papa.
El nombre de Juan Pablo II es el último en la placa de mármol gris que anuncia a todos sus moradores.
A una de las religiosas le preocupa la ausencia del nombre de Benedicto XVI en el retablo y extiende un rezo dedicado al Papa emérito, que sentó un precedente y que ahora verá en persona su sucesión.
La calma del interior de la iglesia contrasta con la del atrio en la plaza de San Pedro, donde algunos jóvenes católicos son controlados por párrocos que los cuidan y cuentan cada 10 minutos solo para corroborar que de nuevo uno más se separó.
“Mi rebaño es pequeño y me falta paciencia. Habrá que rezar para que el Papa tenga más de la que tengo” dijo uno mientras suspiraba.
