Robo a comercios en el DF
Vídeo: Cortesía PGJ-DFVideocámaras del GDF captan los momentos en los que presuntos delincuentes atracan a algunos establecimientos durante 2011.
México • Los tres, dos hombres y una mujer, son captados por videocámaras instaladas en las calles. Bajan de camionetas y entran a negocios anotados en su agenda roja. Uno de los vehículos, producto de ilícitos anteriores, es utilizado como “muro”; o sea, para camuflar los saqueos, cuyo número, en su carrera delictiva, ya suman cincuenta, la mayoría cometidos en 2011, año en que el número de esos delitos, tipificado como robo a negocio con violencia, ascendió a 4 mil 993 en el Distrito Federal.
Tan pronto son apresados tres de la banda, compuesta por parientes, se gana el apodo de Los Elegantes, pues vestían trajes, como si cada incursión se tratara de un festejo. Las videocámaras enfocan a los presuntos culpables y sus vehículos. Esto ocurría antes de entrar a ciertos negocios y después de salir de éstos. En uno de sus atracos es posible observar la forma en que cruzan avenidas y calles, cómo dan vueltas y queman llantas, e incluso cómo rebasan y cruzan arterias
muy transitadas.
Tras de sí arrastraban un grueso historial. Y desde el municipio de Tultepec, Estado de México, se descolgaban a la capital, donde saquearon negocios en cinco delegaciones. El procurador general de Justicia del DF, Jesús Ramírez Almeida, registró 35 averiguaciones previas relacionadas con 50 víctimas, dos de las cuales sufrieron abuso sexual. En uno de los atracos, el ocurrido en la colonia Juárez, el líder de la banda abre la cajuela de la camioneta y mira hacia todos lados. Quizá intuya que es observado, pues saca un trapo y lo coloca sobre las placas.
Los “probables” delincuentes —esposo, hijos, concuño y cuñada, “aunque no se descarta que pueda haber otros”— tenían una agenda que incluía estéticas, ópticas, agencias de viajes, clínicas, lavanderías y spa. Las videocámaras sólo captaron imágenes de afuera.
En el interior de los negocios, mientras tanto, se desarrollaban historias de violencia y humillación. Pero no tuvieron el cuidado de esconder sus rostros.
***
El 19 de diciembre, a eso de las 14:30, llegó una mujer a una clínica de belleza. Fue atenida por la propietaria. La visitante preguntó por los precios. En forma detallada, la encargada le explicó. La supuesta paciente
solicitó consulta.
Y en eso estaban cuando apareció un individuo que sacó una pistola y colocó el cañón en la cabeza de
la encargada.
—Deje todo y levántese.
Esa fue la orden.
Llegó otra mujer, ésta sí cliente asidua, y el de la pistola le hizo una señal de que se pusieran cerca de una camilla, junto a la encargada, quien apenas pudo observar que la otra mujer se sentó un en el área de recepción y poco después comenzó a esculcar los cajones del escritorio.
El de la pistola decidió:
—Desnúdense.
Y obedecieron sin chistar.
Trémulas.
La mujer que saqueaba traía una bolsa negra y en ésta metía las pertenencias de las despojadas, entre joyas, ropa, zapatos, teléfonos celulares y carteras; también una laptop e instrumentos médicos, como estetoscopios, y todo objeto de valor que había sobre los escritorios; y ya, cuando no vio nada que valiera la pena, preguntó en voz alta:
—¡Dónde está el dinero!
El de la pistola repitió:
—¡Dónde está el dinero!
La encargada respondió:
—En la cajonera.
Y la exploradora sacó algunos miles de pesos. En ese momento escucharon que entró otro paciente y de inmediato el de la pistola ordenó a las víctimas que se acostaran en el piso, bocabajo, y él y sus dos cómplices abrieron la puerta del consultorio y salieron.
Las víctimas se levantaron y se pusieron batas, salieron a la recepción, donde esperaban algunos pacientes, a quienes pidieron que se comunicaran con la policía preventiva, misma que se apersonó, pero no pudieron hacer nada.
Y el desasosiego empolló.
***
Dos días después.
20:30 horas.
Otra parte de la ciudad.
La dueña de un negocio entra al baño con su pequeña y deja a su hijo en el mostrador. La mujer sale y observa que un individuo, complexión robusta y tez morena, tiene arrinconado a su hijo sobre la pared, mientras una mujer regordeta, más o menos de la misma edad, piel blanca, cabello obscuro, puntas rojas atadas a la nuca, piercing en la nariz y bracket, descuelga con celeridad los ganchos y la ropa. Un tercero, de unos 56 años, vigila desde la banqueta.
La propietaria grita:
—¡No me toques a mi hijo!
Entonces la del piercing deja su tarea y se aproxima a la señora y la empuja y la insulta, vuelve a gritar y remacha:
—¡Cálmate, hija de tu pinche madre; más vale que le bajes de huevos porque esto es rápido, esto es rápido!
Y forcejean.
Las dos mujeres se jalan de los cabellos. El otro asaltante reinicia el trabajo que hacía su cómplice y pregunta al niño si era todo lo que había en la tienda. El niño responde que sí. El de la puerta ve pasar una pareja, le apunta con una pistola y la mete a la tienda, y ya adentro se dirige a la dueña:
—O te calmas o te doy en tu madre.
—Mejor cálmate —aconseja la del piercing—, y ni te metas con él, porque él sí es capaz de meterte un plomazo.
El niño pide a la madre que se calme y le dice que no le pasará nada, mientras el de la pistola deja salir a la pareja; los otros dos delincuentes, por su parte, inician el acarreo de ropa, dinero en efectivo, computadoras, celulares; y meten todo en una camioneta negra con vidrios polarizados, estacionada en doble fila. El de la pistola, nervioso, les grita que aceleren.
Casi enseguida aparecen varios policías preventivos, pues la pareja liberada ya había pedido auxilio, e inician una búsqueda, pero es en vano.
Y el miedo quedó allí.
