El cortejo inició a las 11:15 de la mañana de la capital venezolana.
Caracas • ¿Qué les dio Hugo Chávez a todos estos cientos de miles de personas que se vuelcan a las calles durante siete horas para acompañar su cortejo fúnebre a lo largo de ardientes calles y avenidas caraqueñas?
—No solo era nuestro presidente. Nuestro comandante. Era como nosotros. Así nos hacía sentir: que era nuestro camarada alpargatudo, el que nos liberó y nos dio dignidad —decía entre sollozos y lágrimas una bella mujer, mulata, treintañera, pintado el rostro con el nombre de su mandatario.
El camarada alpargatudo. Su líder que, metafóricamente, portaba chanclas, huaraches, zapatillas de caucho con los dedos expuestos al aire, como la gente pobre, sencilla. Eso me quería decir, explicar la ferviente chavista.
—¡Yo-soy-Chávez! ¡Yo-soy-Chávez! —gritaban, coreaban una y otra vez hombres y mujeres de todas las edades al paso del ataúd del presidente venezolano.
Singularizaban su fervor. Hacían suyo a su presidente muerto. Lo portaban en camisetas rojas como símbolo de identidad: “#yosoychávez”, se tatuaron. Y no solo en las prendas: también, con tinta negra, indeleble religión política, en los rostros bañados de lágrimas. Luego vuelven colectiva su devoción:
—¡Todos-somos-Chávez! ¡Todos-somos-Chávez! –vociferaban.
Eran cuarto para las 10 de la mañana, hora de México (11:15 hora local) cuando el cortejo fúnebre salió del hospital militar donde Chávez había fallecido el martes. Ahí, donde era imposible penetrar: dos pisos vacíos separaban a cualquiera del Comandante, como le dicen aquí a Chávez. Así lo contaba una enfermera que ahí labora. “Todo era silencio. Nadie podía saber nada. Y si alguien sabía algo, nadie lo decía… Hasta que nos dijeron que murió”.
Un vehículo trasladaba en su techo el féretro del presidente venezolano. Una bandera nacional y algunos arreglos florales adornaban la mortuoria hecha de madera. Y nada más salió de las instalaciones médico-militares, una bamboleante marea humana intentaba aproximarse para ver de cerca el último paso de los restos de su hombre.
La histeria colectiva a lo largo de todo el trayecto de entre siete y ocho kilómetros, viacrucis masivo que por la lentitud del cortejo al avanzar parecía ser de decenas de miles de metros.
Y la negación. La negación brotaba por todos lados, entre miles de teléfonos celulares que querían captar el paso del ídolo, entre decenas de flores rojas que lanzaban al ataúd:
—¡Chávez-vive! ¡Chávez-vive!
Conmoción multitudinaria a pie y en cientos de motocicletas que pululaban y descendían desde las barriadas de los cerros. Tribus y tribus de venezolanos de clase media para abajo, casi todos, la mayoría ataviada con camisetas rojas como símbolo de pertenencia a un culto político que no, no fenece, según gritaban…
—¡Maduro-contigo, Venezuela-está-seguro! —le gritaban a Nicolás Maduro, el vicepresidente venezolano que Chávez señaló como su heredero. Y el hombre, sí, por ahí andaba marchando a la vanguardia del cortejo, abatido su semblante, consolado en momentos por Evo Morales, el presidente de Bolivia que derramaba lágrimas en su andar.
En balcones, en azoteas, en aceras, en puentes peatonales y vehiculares, en cualquier lugar se aglomeraba la gente para llorar la partida de su hombre. “Chávez vive por siempre”, colgaban una manta en un edificio. Rostros morenos, rostros mulatos, rostros blancos, cabezas adornadas de boinas rojas, consignas de remembranzas revolucionarias:
—¡Chávez-vive, la-lucha-sigue! —coreaban las juventudes bolivarianas que gritaban por doquier que Chávez se ha ganado un lugar en el panteón, al lado de los restos de… Simón Bolívar.
Tanta efusividad por este polémico hombre. Tanta, que una, dos, tres, cuatro mujeres en distintos puntos del recorrido exhibían sus muñequitos, sus hombres de acción, sus GI Joe con el rostro de Chávez. Y lo apretaban a sus pechos…
—Es como si hubiera muerto un padre, un hijo, un hermano… Él no tenía la culpa de dejarse querer tanto… —soltaba una abuelita chavista.
Así de filial el amor. Amor dramático impreso en el pecho y en la espalda de cientos de t-shirts:
“¡Uh! ¡Ah! ¡Chávez-no-se-va!”.
Cuántos rostros compungidos, cuántas miradas opacas. Nadie, casi nadie sonríe. La música que brota de bocinas gigantes, música rumbosa que en otros momentos pondría a bailar caderas a todas esas mujeres caribe, ahora… solo las hace llorar. Cuánta conmoción. Y las odas institucionales lo hacían peor: la radio y la televisión oficialistas, mañana y noche, con sus líricas como de otro siglo: “Su cuerpo se fue, pero su espíritu quedará por siglos. Chávez es el aire. Chávez está en cada rincón de nuestras casas, porque él es el corazón de la patria”.
Tal cual, el culto a la personalidad, mamado también por los niños y sus cartulinas inoculadas de ideología: “Los niños somos Chávez”. “Presidente, te amamos”. “Presidente, no te has ido, estás en nuestros corazones”.
En los corazones y en la disciplina. ¿Cuántos policías, cuántos militares marchaban también? Ahí, mezclados entre la gente, los hombres de la fuerza del Estado mostrarían pleitesía a los restos de su Comandante en Jefe. Luego vendrían los honores en la Academia Militar, final del largo trayecto, donde las clases política y bélica del país le rendirían tributo, montarían guardias de honor, le rezarían. Sí, políticos, militares y clérigos, todos fusionados en una sola religión política.
—¿Qué siente, señora? —se le preguntaba a una mujer cuarentona de pelo corto, con el rostro también tatuado con el “Yo soy Chávez”, que lloraba y lloraba. Se salía de sí…
—Para mí el chavismo es todo. Y ahora tengo miedo…
Pues sería por eso que emanaba incienso y supuraba angustia la masiva procesión fúnebre: por el todo y por el futuro…
