Foto de Rogelio Cuéllar, 1972.
México • Un descuido la dejó sin vida, pero su obra se ha encargado de mantenerla vigente: a poco más de un año de arribar a las cuatro décadas de su desaparición física, Rosario Castellanos despierta quizá mayor interés conforme pasa el tiempo, quizá de ahí que hace dos años se le rindiera un homenaje en su querida Comitán, cuya memoria, aderezada con correspondencia inédita y una selección de cuentos y poemas, se reúnen en el libro Rosario memorable (CNL-INBA /Gobierno de Chiapas).
De la escritora se han redactado infinidad de páginas, pero poco se conoce de su vida cotidiana, en especial de esa parte íntima que definió su personalidad y su manera de entender a la literatura, lo que de alguna forma se propició durante la presentación, celebrada en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes.
Una oportunidad para que dos amigos de la autora Balún Canán, como Dolores Castro y Raúl Ortiz y Ortiz, trajeran al presente algunas anécdotas de lo que les tocó compartir, pero en especial para destacar la brillantez de una voz literaria que aún mantiene su vigencia.
“Rosario se interesaba en la política, en la literatura, pero sobre todo en prodigar su sabiduría, su agilidad mental, su interés en mantenerse al día respecto a los clásicos de la literatura, ya fuera Eurípides, Sófocles, que de Gore Vidal o Truman Capote”, recordó Ortiz y Ortiz, quien mantuvo una estrecha amistad con Rosario Castellanos desde 1961 hasta el momento de su muerte, incluso se encargó de enseñarle inglés a la escritora antes de aceptar el cargo de embajadora de México en Israel.
Con la poeta Dolores Castro la amistad fue de sus años de estudiantes: acudieron juntas al tercero de secundaria y a la preparatoria, se separaron un tanto en la licenciatura, ambas en carreras diferentes, pero siempre se mantuvieron unidas, por lo que se consideraban las mejores amigas.
“La primera forma de acercamiento no fue la literatura, fue que ella recordaba Comitán y anhelaba volver; y yo recordaba Zacatecas y me sucedía lo mismo. Ambas provincianas nos reuníamos a platicar primero de ello.”
Así vino a la memoria de Dolores Castro la presencia de la narradora y poeta, a quien definió como un personaje con una inteligencia extraordinaria, una capacidad de trabajo como no había conocido y, sobre todo, una manera de expresarse que convertían sus pláticas en un deleite, aun cuando no recitara un poema o relatara un cuento.
“Ella se distinguió porque tenía una inteligencia extraordinaria. Siempre tuvo 10 de promedio y no le podían poner más. Recuerdo que cuando salimos de la preparatoria, la que era nuestra directora le dijo: ‘Rosario, tiene usted una inteligencia privilegiada, solo espero que no sienta usted que es superior a los demás’. Y dijo Rosario: No siento”.
En la edición del libro participó de manera activa Nedda G. de Anhalt, quien se encargó de reunir los textos de Dolores Castro, el poeta chileno Rodrigo Landaeta, el traductor japonés Toshiya Kamei y de ella misma —participantes en el viaje de homenaje a Comitán, en 2011—, las conversaciones que sostuvo con Raúl Ortiz y Ortiz, amén de algunas cartas enviadas por Rosario Castellanos, las cuales permanecían inéditas.
