Ilustración: Ricardo Reyes
México • El Salón Bombay es el centro; se encuentra en la esquina donde confluyen la calle de Ecuador y el Eje Central. Durante la época dorada de las noches de cabaret, el Bombay se convirtió en la catedral de las ficheras, donde las divas vestidas con escamas de lentejuela y canutillo bailaban las pegaditas por 20 centavos la pieza. El salón que cierra el corredor de Garibaldi, ha sido de todo y sin medida, desde piquera de poca monta, hasta table dance. Y entre la colección de giros que han pasado por su historia se encuentra el de foro hiphopero.
Cada generación exige su pedazo de Bombay y desde el 2011, éste funciona como embajada del barrio, donde los Dj’s, los raperos, el grafiti y el break dance sentaron sus reales. Por fuera y por dentro el salón se encuentra embadurnado con grafitis realizados por caneros de alta escuela callejera como Cubo, Chachacha, APC, Chikita y Papy, quien se burla de la muerte por medio de simpáticas calaveritas chicanas.
En el Bombay han sonado los mejores raperos de habla hispana como Leazzy, Alika y Yak Mag, quienes acuden a las rimas para generar crítica social sin tapujos. Cientos de jóvenes se reúnen para escuchar el evangelio rapero, donde el MC dispara frases que repican en la médula hiphopera. Con Dj o con un ghuetto blaster de dos patas como acompañamiento, los artistas rapean mientras el público levanta un brazo y lo menea de arriba hacia abajo al ritmo del beat en señal de respeto al predicador, cuya mitra es una gorra con la visera apuntando a 45 grados.
Recientemente, se presentó en la catedral hiphopera Rafael Lechowski, uno de los autores más importantes del rap en español. Polaco de nacimiento, zaragozano de arraigo, Rafael construye su ritual con frases alejadas de la rima estética y previsible. El andamio que sostiene su mensaje busca penetrar en la conciencia del espectador para crear un vínculo íntimo con su poesía. Por algo, el público que fue a verlo al Bombay recitaba, palabra por palabra, sus rolas que prescindían de estribillo, un viejo truco para que el auditorio se sumerja con rapidez en la letra.
Una vida difícil y los libros constituyen los principales ingredientes que le han abierto las puertas a Lechowski; le ayudaron a transitar de los foros marginales, a certámenes internacionales de literatura, donde ha compartido cartel con autores como Fernando Aramburu y Salman Rushdie. A los 17 años firmó su primer contrato discográfico y en 2004 fue considerado por El País como “joven promesa del arte nacional”. El respaldo que brinda la honestidad de sus letras sin afanes comerciales, le ha zanjado un espacio propio en la escena de rap en español. Aunque no es partidario de la obviedad ni de la rima cómoda, su discurso de temperamento melancólico gana feligreses cada vez que es descubierto en un foro o en las redes, como es el caso de su material Donde duele, inspira, que le valió 100 mil descargas mp3 durantes las primeras 24 horas.
Rafael no solo lanza frases que hacen girar los engranes de la cabeza, también encontró un embalaje musical extraordinario para presentar su material: el jazz.
Volvemos al centro: Ecuador y Eje Central. La banda hiphopera pedía que Lechowski saliera al escenario. El rapero apareció con su característica gorra cazadora y armado con varias hojas escritas citó a Milan Kundera: “Qué indefenso se encuentra el hombre ante el halago”. Después de autodefinirse como espíritu, como búsqueda y emoción anunció el título de la pieza abridora “El lado oscuro del corazón”. El Bombay explotó. En sus inicios, Rafael tocaba con su banda de Zaragoza, Flowkloricos y en México se hizo acompañar por un grupo de jazz de Guadalajara, recomendada por Troker. El público vibró con las síncopas y solos del sax como si se tratara de un frenético Dj que pincha vinilos. Entre el hip hop y el jazz faltaba el puente que Rafael construyó y ocupó. Antes, la combinación entre jazz y rap era como una pizza de helado. El zaragozano le devolvió el jazz a los oídos marginales y cambió su percepción acerca de este género que se apropiaron los puristas mamilas.
A mitad del concierto, Rapfael Lechowski hizo una pausa para recitar el poema “Historia de vampiros” de Mario Benedetti. No sin antes reconocerle al escritor su esfuerzo por hacer poesía con lenguaje coloquial para llevarla hacia los terrenos del entendimiento popular. El público escuchó con atención como si cada palabra revelara algo que cambiaría su vida. Después el rapero le cedió el escenario a los músicos quienes se arrancaron con “Equinox” de John Coltrane. La horda hiphopera disfrutó el jazz en un contexto muy alejado de los foros edulcorados. Sobre las cabezas de la gente, los gadgets registraban cada segundo la primera presentación en nuestro país de Rafael.
Al final cumplió con la misión: llevarse el aplauso, el levantamiento del brazo beat y una biblioteca. Muchos asistentes al concierto le obsequiaron libros como Pedro Páramo, poemas escritos a mano y dibujos trazados con pluma Bic. Las letras introspectivas, el jazz y el rap de Lechowski lo instalan al nivel de un huapanguero de la Huasteca que conquistó la esquina hiphopera en Ecuador y Eje Central donde hay tanto tiempo y tan poco espacio.
