Myriam Moscona, "Tela de sevoya", Lumen, México, 2012, 294 pp.
México • En 1988 Myriam Moscona obtuvo el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, un reconocimiento al género que ha tenido muy buenos tiempos y otros más bien mediocres. Por esos años varias (buenas) poetas accedieron al Aguascalientes. Ya en 89 circuló bajo el sello Joaquín Mortiz el bello poemario de Moscona, Las visitantes. Siguieron otros libros, además de un pequeño gran título infantil, Las preguntas de Natalia. Ahora la autora publica Tela de sevoya, en apariencia una obra distinta, pero que contiene los tonos líricos, memoriosos e imaginativos siempre cultivados por ella.
Delgada, casi transparente, fresca, aromática, quebradiza, acuosa y blanquecina, la tela de la cebolla —dice el refrán sefardí— se asemeja a la fragilidad humana. Al tiempo que es un remedio para aliviar el dolor. Es de esa levedad natural de la que Moscona parte hacia la reelaboración de la historia colectiva y personal, de quienes desde su origen búlgaro-sefardí caminan en la vida y la muerte.
Tela de sevoya —recuerdos que se vuelven presentes, búsquedas que se convierten en encuentros— demuestra la efectividad del quehacer literario en el ejercicio memorioso. La memoria que Moscona observa como “el eslabón abierto de una larga cadena”, o como también define: “nuestro inquilino incómodo”. Una memoria que tras recorrer los espacios más íntimos se proyecta a la recuperación de los atributos de un pueblo, y en especial de su lengua.
Viajes, poemas, recetas, retratos, documentos y demás sortilegios le sirven a Moscona en la exploración de otros tiempos, sólo identificados por autora y lectores en el momento de la escritura. “… por eso vine, porque me dijeron que aquí podría descubrir la forma de atar los cabos sueltos”. “Dicen que encontraré a mis padres después de un río de aguas espesas —escribe Moscona—. ¿Querrán decirme que pronto voy a morir o que ya estoy muerta?”.
Azares y sueños son también esenciales en Tela de sevoya, escrito así, en el idioma ladino, otro de la larga lista de los idiomas olvidados. Azares que trascienden a la coincidencia de tiempos y espacios (Jung); sueños que habrá que cultivar y no traicionar contándolos apenas se amanece (Benjamin), y que Moscona asume como vigía en los territorios por los que nos adentra de su mano.
Tela de sevoya, ya inscrito en obras de reconstrucción genealógica como los de Margo Glantz, Angelina Muñiz-Huberman, Rosa Nissán, José Woldenberg y otros, es un libro con el que Myriam Moscona vuelve a corresponderles a sus lectores.
