México • ¿Crees que la novela, como dice Kundera, nos puede decir del pasado, de hechos históricos, lo que muchas veces ni la sociología ni la historia pueden?
Debe hacer eso, porque tiene reglas distintas. No me gusta la etiqueta de novela histórica en mis libros, porque no lo son. Es fundamental que la literatura encuentre su espacio propio, que debe estar hecho de los demás géneros, de la historia, de la filosofía, de la sociología, todo cabe en la novela, pero no debe repetir lo ya hecho por los demás, sino mostrar algo distinto. Mis novelas no sólo hablan del pasado, sino de la relación entre el pasado y el presente. Al menos a partir de Soldados de Salamina, que es la cuarta novela que escribí.
El presente no podría existir sin el pasado.
Claro, están relacionados. Es una dimensión del presente porque sin el pasado, éste no se entiende. El pasado no acaba de pasar nunca; “ni siquiera es pasado”, como diría Faulkner. Eso lo descubrí un poco antes de escribir Soldados y desde entonces mis libros hablan de cómo el pasado siempre está presente. También descubrí que lo colectivo es una dimensión de lo individual. Mis novelas anteriores hablaban del individuo solo y del presente solo. Pero descubrí que eso no bastaba: para entender el presente tenía que entender el pasado y para entender al individuo tenía que entender a la colectividad.
¿Develar la verdad de un individuo para entender a la colectividad?
La verdad de la novela no es la verdad de la historia. Es una verdad contradictoria, ambigua, compleja, esencialmente irónica. La novela es un género libre, maleable, que se puede comer a todos los demás; yo me lo imagino como un animal omnívoro que se come esto, se come el otro, y siempre es novela, porque Cervantes la creó así, como un ser que se adapta a todo. Por tanto, va cambiando, metamorfoseándose.
Además, en tus novelas los géneros se fusionan. Encontramos ensayo, crónica, entrevista (como en Las leyes de la frontera). Durante la lectura te olvidas de la forma y te dejas llevar por las anécdotas.
Esto es muy importante. Yo creo que la historia de la novela se puede describir a través de la forma en que la novela va apropiándose de otros géneros. Se apropia de la historia con Balzac, de la poesía con Flaubert, del ensayo con Thomas Mann… en los últimos años se apropia del periodismo, que puede crear un género literario. Los libros que he escrito tienen crónica, devorada y convertida en otra cosa, como en Soldados de Salamina o en Anatomía de un instante.
¿Dónde estaría la esencia única de la novela?
En la libertad y en la ambigüedad. Son los elementos fundamentales. Todo cabe en la novela y eso es libertad. La ambigüedad es necesaria porque también existe en la vida. Don Quijote es ridículo pero también heroico. Está loco pero es muy sensato. La verdad existe, pero quien cree poseerla, o está loco o está idiota o las dos cosas a la vez.
Y, además, hay una verdad por cada persona…
En Las leyes de la frontera es así. Es una verdad construida a base de testimonios, pero no existe una sola verdad. Son puntos de vista diversos y casi siempre contradictorios sobre un hecho.
¿Hasta qué punto tus libros podrían ser demasiado españoles por sus referencias, sus momentos históricos, sus personajes (como los quinquis de Las leyes)?
La literatura es lo que convierte lo particular o local en universal. El quinqui no es más que la palabra en slang de un mito universal, que es el del bandido adolescente, del Billy The Kid, un mito que surge en muchas latitudes a lo largo de la historia. Es ese chaval al que tememos porque es violento, furioso, pero también admiramos porque tiene sus propias leyes, tiene dinero, hace lo que quiere. Son quienes, como dice el verso de Bob Dylan, “no tenían nada y, por lo tanto, no tenían nada que perder”.
Y de esos hay en todo el mundo.
Claro. ¿Por qué puede importar en Laponia un viejo que se vuelve loco en La Mancha? Es imposible ser más local que con un chalado que enloquece leyendo libros de caballería. Pero Cervantes es capaz de, a partir de esa historia, hablar de otras cosas. Mi novela habla de la lealtad, de la traición. Para mí es una larga historia de amor.
Coincido contigo. Gafitas se une a la banda de El Zarco y Tere luego de que ella le hace sexo oral en la cabina de un baño de mujeres. El amor, el erotismo, son elementos que mueven el mundo. A veces los motivos o las respuestas a actos complejos (como convertirse en delincuente juvenil y robar bancos) son así de simples.
¡Hombre, pero claro! El sexo, el amor es lo que mueve el mundo. Más el de un chico de 16 años. Si a mí me hubieran hecho eso a esa edad, me hubiera vuelto loco. El amor hizo valiente al Gafitas. En cambio, no sabemos nunca lo que pasa con Tere. Para mí es el gran enigma de la novela y para Gafitas también, seguramente por eso está enamorado de ella. Nos enamoramos de lo que no entendemos, de lo que no conocemos.
Y es Tere la que mueve los hilos.
Ella es la protagonista inesperada y escondida del libro. Gafitas es un manipulador manipulado, es un tipo aparentemente listo, pero es ella quien gobierna la acción. Es la que encarna los dilemas del libro. Desde el principio no la acabo de descifrar.
En varios de tus libros está ese misterio. Y así es la vida también. No pasa como en las novelas policíacas en donde todos los enigmas se resuelven, sino que siempre nos quedamos con preguntas sin respuesta.
¡Pero claro! Faulkner decía que la literatura es como encender una cerilla en medio de la oscuridad. No ves nada, pero al menos “ves” la oscuridad. Nosotros no sabemos por qué hacemos las cosas. No nos conocemos. Mucho menos a los demás. La vida es puro azar y malentendido. Para bien, para mal, para todo. Al final, Las leyes de la frontera es una historia contada por un idiota que no sabía nada, como dice el bufón de Shakespeare.
Dijiste que la pregunta que te hizo escribir este libro fue: “¿Por qué yo no fui uno de ellos?”. ¿Ya tienes respuesta para eso?
Las respuestas están en el libro. Esos chicos formaban parte de mi paisaje vital y yo pude haber sido uno de ellos.
Pero no te encontraste una Tere que te encerrara en un baño…
Ojalá me la hubiera encontrado… ¡o qué bueno que no pasó! La adolescencia es una edad de frontera: no eres adulto ni eres niño. Yo no era tan noctámbulo, pero conocí a mucha gente que consumía heroína. Justo ahora pienso que quise en este libro volver a mi adolescencia porque siempre quise escribir una novela de aprendizaje; me parecen apasionantes. Para bien o para mal, madurar no lo hacemos nunca. Y otra cosa: tengo un hijo de 17 años. Es muy fácil querer a los hijos, lo difícil es ponerse en su piel. También lo hice tratando de hacer eso. Los adolescentes son bichos raros.
Y a tu hijo le toca vivir un instante interesante de la historia que tiene que ver con la crisis europea, así como a ti te tocó vivir la transición.
Sí, pero es una época muy distinta. Mi hijo, por fortuna, vive en un época más benigna, por dura que sea. Los chicos de ahora tienen las palabras para formular sus demandas. Si ya salimos en otros momentos, estoy seguro que lo haremos ahora. El optimismo en este instante es casi una obligación moral. ¡Vaya, que en peores plazas hemos toreado!
