Don DeLillo, autor de "Ruido de fondo".
México • En una de sus cartas Bruce Chatwin ofrece una singular perspectiva sobre el nomadismo: al referirse a ese modo de existencia en movimiento perpetuo —que emuló como pocos a lo largo de su centelleante existencia—, explica que en el fondo el nomadismo es una búsqueda de Dios. Ese anhelo por hallar eso que está en cualquier parte menos en lo que tenemos enfrente de nosotros a cada momento —llámese Dios, gloria, fama, poder, dinero— va adoptando nuevas formas conforme se transforman las sociedades. En ese sentido, White Noise, de Don DeLillo (traducida por Seix Barral como Ruido de fondo), puede leerse como una monumental novela sobre los nuevos usos del misticismo.
El narrador Jack Gladney deambula como una especie de álter ego de sí mismo (“Soy el personaje falso que sigue al nombre por ahí”), cómodamente infeliz tras su éxito como mayor experto en estudios hitlerianos. Como suele suceder a la gente demasiado inteligente, en el fondo es incapaz de creerse sus propias mentiras. Eso le da el sarcasmo necesario para darse cuenta de que la sociedad en la que vive es una especie de montaje gigantesco para combatir el miedo a la muerte. Y es que, como le dice su colega Murray, “Aquí no morimos, vamos de compras. Pero la diferencia es menos acentuada de lo que se pensaría”. La propia obsesión con Hitler es una adoración de la pertenencia a una masa, que a fin de cuentas se convierte también en un asunto trascendental para evadir la terrorífica individualidad: “Formar parte de la masa es mantener a la muerte a raya. Alejarse de la masa es arriesgarse a la muerte individual, enfrentar la muerte a solas”.
De hecho, en White Noise lo único que borra las diferencias de clase es el propio miedo a la muerte. Cuando un avión está por estrellarse, los pasajeros de primera clase corren hacia clase turista, pues no quieren ser los primeros en morir cuando se estrelle el avión. Naturalmente, los de clase turista quieren que los obliguen a regresar a su lugar. DeLillo es muy agudo cuando describe el llanto de siete horas ininterrumpidas del hijo de Gladney como otro tipo de experiencia mística: “Era como si acabara de regresar de un periodo de errancia en algún remoto lugar sagrado”. Sin embargo, a fin de cuentas nada de lo anterior importa pues, como bien explica Murray, ante cada nueva manera de atajar el miedo a la muerte, ésta se reinventa: “Cada avance en el conocimiento y técnica es igualado por una nueva forma de muerte, una nueva vertiente. La muerte se adapta, como un agente viral”.
