Ni el frío ahuyentó a los 200 mil fieles que colmaron la plaza.
• En el centro de la fe católica el idioma predominante fue esta vez el español. Cientos de banderas de países de América ondearon frente a la Basílica. Los latinos habían tomado la Plaza de San Pedro.
El espacio, que generalmente es territorio de italianos fervientes, fue ocupado desde las 6:00 de la mañana por entusiastas envueltos en la bandera de Argentina para cubrirse del frío que, al parecer por condescendencia o cortesía, cedió la mañana de ayer en el Vaticano.
Eran las 7:00 de la mañana y la Plaza de San Pedro ya estaba vestida de fiesta. Religiosas con hábitos de colores y rosarios en la mano. Estudiantes, que echaban porras como si estuvieran a las afueras de un estadio, competían en entusiasmo con mujeres de 80 años que aguantaron estoicas una ceremonia larga.
Lejos de la conglomeración de los fieles, en un área resguardada por vallas y cordones de seguridad instalados desde el lunes pasado, estaban los lugares especiales para los obispos, cardenales, sacerdotes y ministros de la iglesia anglicana, musulmana, judía y ortodoxa.
Frente a ellos más lugares especiales, éstos para los dirigentes de los países que jugaron solo un papel de espectadores.
Cerca de las 9:00 de la mañana, los mandatarios fueron llegando a cuentagotas. Acompañados de sus esposas o comitivas discretas, todas uniformadas de negro.
El presidente Enrique Peña Nieto llegó acompañado de su esposa, dos de sus hijas y los secretarios de Hacienda y Relaciones Exteriores.
El mandatario mexicano saludó con familiaridad al presidente de Ecuador, Rafael Correa, a quien entre abrazos presentó a su esposa, Angélica Rivera, que fue correspondida con un cortés apretón de mano.
Las hijas del mandatario atendieron la misa completa justo detrás de sus padres, desde donde tomaron algunas fotografías con su teléfono celular.
Después vino la liturgia, en una mezcla de idiomas que pasó desde el latín y el griego, hasta el chino y el swahili. La misa transcurrió entre cánticos de coros conformados por monaguillos, laicos y uno más de estudiantes del seminario.
La procesión de los obispos con sus trajes bordados en oro, algunos incluso con coronas, contrastó con el hábito austero que portó el papa Francisco ya con el anillo del pescador en su mano, uno hecho de plata contrario a los de oro de sus antecesores.
Desde la azotea de un edificio al costado derecho del atrio se veía un hormigueo constante abajo. Cinco mil reporteros, camarógrafos y fotógrafos de todo el mundo intentaban obtener imágenes de casi cualquier instante.
A ratos las transmisiones de las noticias se mezclaban en varios idiomas y al final más de uno intercambió gafetes y fotografías pidiéndolas a señas o con una combinación de idiomas con los que trataban de darse a entender.
La misa concluyó y con ella se fue la euforia y la plaza quedó vacía. Solo quedó un distraído con una bandera.
