México • La madrugada del lunes 18 de marzo, unos diez minutos antes de las 2, no podías dar un paso más en el interior del Tom’s, el único bar leather gay de la Ciudad de México. Eran tantos los hombres (porque al Tom’s no dejan entrar mujeres) buscando devorarse hasta el rincón más incómodo, que pasó lo que tenía que pasar: el tráfico de braguetas terminó por colapsarse. Es decir, dar un paso implicaba una pisada en el dedo gordo del pie o caricias involuntarias, lo cual terminaba siendo un valor agregado a la noche del Primer Encuentro Internacional de Vaqueros, Osos y Leathers.
Así conocí a Víctor: pasó detrás de mí y sus cadenas se enredaron con una de las presillas de mi pantalón. Me estuvo manoseando un rato, básicamente para liberarse, puesto que al parecer alguien lo esperaba en el loft semioscuro y con sillones negros de la planta alta, por encima del cuarto oscuro, donde los organizadores pusieron la famosa estructura sado en forma de X para el que quisiera atarse a ella, y el famoso sling o columpio. Dado lo cómico y caótico de la situación, Víctor me dijo: “¿Ah, no eres pasivo?”. Víctor resultaba ser una combinación de oso y leather, rapado no muy alto y con una barriguita bien formada y maciza, andaba en pantalones negros, sin camisa, pero en un arnés con más cadenas metálicas que cuero, y quizá por eso es que se enredaba a cada paso, aunque parecía no importarle: vino desde Monterrey, como otros muchos otros que andaban por ahí esa noche, como parte de un tour que incluyó todo un fin de semana en el Distrito Federal, el viernes hubo una pool party y el sábado fiesta de espuma. Como remate para el domingo, fiesta en el Tom’s.
“No me podía perder esta noche, me considero leather, pero en Monterrey, aparte de que cuando te ven con un simple gorrito de policía de piel negro (aunque lleves camisa y unos jeans de Mirrey fresa) ya piensan que eres un degenerado, la homofobia ha crecido bastante. Con lo que pasó en el Parking, a muchos gays nos da miedo salir de antro”, cuenta.
La noche del 14 de febrero, un grupo de policías federales irrumpieron en el antro gay Parking en Monterrey como parte de una supuesta redada, en la que se buscaba droga o cualquier cosa con pinta de ilegal. Aquello terminó siendo una crápula de abusos de autoridad e insultos a todo aquello que, a ojos de los policías federales, fuera afeminado, maricón, gay: “Lo que hacen son actos inmorales que violan la ley”, gritó uno de las oficiales. “Vestirse de mujer está penalizado federalmente”, aseguró otro colega suyo. Desde entonces, el reventón gay en Monterrey no es lo mismo, si no te hostigan los malos, te ofenden y humillan los buenos.
Este primer encuentro fue organizado por Gustavo y Daniel, regiomontanos quienes desde Nuevo León y en pareja han sacado adelante la organización Oso Vaquero desde hace tres años, en colaboración con el Tom’s, el único club leather de la Ciudad de México, ya con 17 años de existencia.
“Desde hace tiempo teníamos ganas de hacer una fiesta así”, explica Daniel. “Aunque no lo creas, tenemos muchos seguidores, varios se encuentran en distintos puntos de la República Mexicana, pero también hay otros más de distintos países; eran ellos los que proponían hacer un encuentro para saltar de la red al contacto humano. Había que venir a la Ciudad de México y hacerlo obligatoriamente en el Tom’s, en Monterrey no hay un antro como éste”.
Gustavo agrega: “Te pongo un ejemplo. El año pasado organicé una naked pool party, es decir, una fiesta de alberca en la que los batos tenían que andar en pelotas. De los que fueron, todos eran del DF, prácticamente no fue ni un regio, como que les daba pena que los fueran a reconocer. Es una ironía, porque te venden la idea de que Monterrey es una ciudad de progreso, vanguardista, pero solo por el hecho de ir agarrado de la mano de Daniel, mi pareja, me señalan y hasta me pueden detener por conducta inmoral”.
Tal vez por eso es que hay un aire de coqueto desenfreno en el ambiente.
Hay un tipo como a punto de cumplir los cincuenta, recargado en el muro de vidrios que divide la última parte del bar del cuarto oscuro, al que le llama la atención el tatuaje de Charly Brown que llevo en el brazo izquierdo y se pone a inspeccionar los otros garabatos que llevo en la piel. “Se ve que eres de los rudos”, me dice con ese inconfundible acento norteño que acentúa la hombría en la oxítona. No estoy seguro si es de Monterrey, pero cree que soy el indicado para darle de nalgadas a su pareja, que anda buscando a otro cabrón dentro del cuarto oscuro.
Le digo que en realidad ando haciendo un reportaje, aunque ya estoy a punto de terminarlo…
