Se presentará el viernes a las siete de la noche en el Cenart.
México • Cuando estudiaba piano, Alberto Cruzprieto tenía la gran ilusión de tocar la música de Federico Chopin (1810-1849). Ilusionado, llevó unas partituras a su maestro, José Arceo Jácome, y éste, “con toda la paciencia del mundo, me explicó por qué no podía abordar esas obras en ese momento. Después de muchos años entendí que tenía toda la razón”, recuerda en entrevista.
Cruzprieto refiere que conoció “el mundo maravilloso de Chopin a través de los discos”, y, con el tiempo y a medida que estudiaba más, se dio cuenta de que se trata de “una música que requiere de la madurez para ser abordada a profundidad. Es una música tan compleja y tan fuerte emotivamente, que se necesita bastante solidez emocional para tocarla”.
El pianista mexicano afirma: “Estoy en una edad en la que tengo la experiencia de haber hecho muchísimos conciertos, y la fuerza física y mental para poder plasmar esto en una grabación, que es resultado de todo un estudio de los nocturnos de Chopin. La interpretación es un proceso muy largo. Digamos que esta música la tengo en la cabeza desde hacer muchísimos años y el proceso de aprendizaje fue inverso a lo que suele suceder: la música la tenía aprendida en mi cabeza, pero lo que hubo que hacer fue trasladarla a los dedos, lo que usualmente es al revés”.
El próximo viernes a las siete de la noche, en el Auditorio Blas Galindo del Centro Nacional de las Artes, Cruzprieto presentará un recital con las obras que grabó en Nocturnos de Chopin (Quindecim, 2013). Tocará nueve de los 21 nocturnos que escribió Chopin, y una transcripción de Earl Wild para piano solo del movimiento lento del Segundo concierto para piano y orquesta, en la que fusionó la parte orquestal con la del solista.
El pianista explica a MILENIO que Chopin compuso su primer nocturno a los 17 años y el último dos años antes de morir, por lo que “abarcan todos los aspecto de su obra creativa. Eso nos da un panorama de la gran evolución de su pensamiento musical. Agregué el trabajo de Wild porque, además de ser una rareza y una transcripción incomparable, comparte la atmósfera de los nocturnos: es una música muy expresiva e introspectiva”.
Conocer la vida de Chopin ayuda a entender su obra, indica: “Es un referente imprescindible. Hablar de la interpretación es un terreno bastante inaprensible, medio pantanoso, porque estamos hablando de algo completamente abstracto, pero sí es muy útil saber en qué circunstancias se escribieron ciertas obras. El tiempo, el periodo de gestación, si las tocó Chopin o no, qué impresión causaron en el público que las escuchó, qué opinaban sus colegas… Todos esos elementos para mí son de mucha utilidad”.
Cruzprieto no duda al responder cuál es la gran aportación de Chopin a la música: “Por definición, Chopin es piano. No se entiende la historia de la música para piano sin Chopin. Hasta la fecha sigue siendo de esas figuras insuperables en originalidad y en belleza. Su música, como la de Bach o Mozart, no envejece; al contrario, es de una actualidad pasmosa”.
Ante la obra de Chopin la gente reacciona de manera inmediata. “Suele gustarle a gente que tiene una preparación sofisticadísima en música o quien no sabe absolutamente nada pero que percibe su belleza. Una adolescente me dijo en un concierto que estaba, literalmente, conmovida hasta las lágrimas porque creyó ver el espíritu de Chopin. A ese grado puede impactar emocionalmente esta música: ella vio cosas durante el recital”.
El disco fue grabado en la Sala Blas Galindo en un piano Yamaha CFGX, instrumento de nueva creación al que Cruzprieto califica como “una especie de Rolls Royce para el pianista, por su calidad de respuesta de todo el mecanismo, su gran precisión, estabilidad en cuanto a afinación y riqueza de armónicos. Puedes hacerlo sonar de la manera más sutil o hacerlo vibrar como una tormenta”.
