"Talibán explotando", 2005.
México • Si constata la lingüística que en el origen mismo del lenguaje existió (y aún existe) una dialéctica entre el habla y la imagen gestual (medios coexpresivos pero no redundantes), es evidente que también en la obra plástica se nos remite a la gestualidad: la mano comunica el impulso plasmador de formas encaminadas, como todo gesto, a significar sin palabras por medio, no del tiempo, sino del espacio. Y suele ocurrir que lo que se plasma son otros gestos, emblemáticos o expresivos, propios de los personajes representados. Gesto al cuadrado.
Aunque el hacer gestos no es privilegio de todos, se concede con largueza al encumbrado. Al comienzo de la exposición permanente del Munal vemos a Pedro Arbués, criatura de Torquemada y flagelo del marrano, alcanzado por el odio vengador. Mientras las aceradas hojas penetran su carne, realiza el santo un gesto complejo, entre rezo, síncope agónico y entrega mística. Allá por lo alto, con la serena indiferencia de la eternidad, efectúa el ángel aquel emblema del dedo índice que señala el origen y el destino del martirio.
En San Carlos desfallece con maestría el desnudo guerrero universal de Rodin, formando una sinuosa línea (gesto plástico y sintomático) tomada de la Piedad del Vaticano. Sobre sus hombros se alza aquel otro ángel, femenino y clásico, llamado Nike, quien, con un gesto no menos emblemático, y sí más expresivo, que el trazo del logotipo, pide socorro e infunde ánimo.
En efecto: tan acotada como el derecho al duelo está la prerrogativa de gesticular. En las fotos definitorias de Abu Ghraib vemos cómo el gesto (risueño visto bueno del pulgar levantado, amago de puñetazo) corresponde al verdugo, en tanto que las víctimas quedan reducidas a una masa informe sin manos, ni miembros, ni rostro, ni, por tanto, gestualidad. Parecida privación es la que, hasta el 24 del presente, nos ofrece en la SAPS la acertada obra escultórica de José Luis Rojas. En el blanco seno de una ciudad desierta, laberinto de torres hechas de ansiolíticos, anida el incipiente hongo, por nadie visto, que anuncia la implosión. Más allá, el talibán, reciclado de un belén, salta en pedazos, alcanzado ya sea por el misil dirigido desde una oficina climatizada, ya sea por la fuerza de su fe. En todo caso, los brazos abiertos no son gesto del animal, sino de la materia inánime.
Ya lo dijo Leonardo: la obra que no muestra las emociones está dos veces muerta. Muerte al cuadrado del capitalismo imperial.
