México • Mi librero nunca miente (y no me refiero a aquel que me vende libros, sino a uno de los muebles que tengo en mi estudio y resguardan ejemplares de todo tipo). Lo digo porque casi siempre encuentro entre sus entrepaños aquello que necesito leer, como ya les comenté hace algunas semanas.
En esta ocasión, el volumen que saltó a mis manos fue Lulú la meona, de Fernando Tola de Habich, uno de mis libros eróticos favoritos. Durante mis años universitarios, este librito publicado por Premia Editora en su colección Los brazos de Lucas fue de cabecera porque descubrí sus letras casi al mismo tiempo en que entraba al mundo del placer con mayor conocimiento de causa. Su lectura, sola y en compañía, me hizo pasar grandes momentos.
Tras releerlo, pensé en otros libros sensualones que tuvieran a una Lulú como protagonista. Me acordé de unos cuantos, así que decidí rendirles un homenajito en este espacio, empezando por aquella que me recibió con los brazos (y los esfínteres) abiertos: la Lulú de Tola de Habich.
Don Fernando, el autor del poema en prosa en cuestión, nació en Lima, Perú, en 1941, pero por muchos años vivió en Tlahuapan, Puebla, donde se dedicó al estudio de la literatura mexicana del siglo XIX y escribió libros de poesía, cuento, investigación literaria, periodismo y opinión. Lulú la meona vio la luz en 1977, y ese año el poeta Luis Eduardo Rivera publicó una de las pocas críticas que en esa década le dedicaron. En ella, señaló que, “acudiendo al humor, al absurdo, a lo grotesco y a la escatología, el autor se burla de todo ese idealismo lírico y mixtificante que tanto abunda en nuestra poesía”.
Justo eso es lo que me ha gustado siempre que lo leo: su frescura, las palabras que te excitan pero también te hacen reír, la manera desparpajada, sencilla, hermosa de escribirlo de Tola de Habich. En él hay dos protagonistas: el que escribe y Lulú, su amante, un personaje entrañable por su mezcla de desfachatez con inocencia, de pudor con cachondería.
En la página 29 se lee: “Estamos tirados sobre la alfombra, desnudos, con los zapatos aún puestos, riéndonos a carcajada limpia; estamos borrachos de amor. El sexo nos cuelga por las orejas sin importarle un pito las quejas de los vecinos. La cara de Lulú está ahora entre mis piernas como una flor tropical exóticamente florecida. Su respiración, su jadeo suben hasta mis labios. Estamos haciendo nuestra historia con estas desvergüenzas de chicos malos. ¿Aberraciones? A veces lo hemos pensado y nos hemos sonrojado de felicidad”. ¿Cómo no amar a esta Lulú y su hombre maravilloso?
Mi segunda Lulú favorita es la protagonista de la primera novela de Almudena Grandes, Las edades de Lulú (1989), la cual recibió el XI Premio La Sonrisa Vertical. Debo reconocer que a mis 19 años vi primero la versión cinematográfica de Bigas Luna (1990), la cual me dejó patidifusa y enardecida. Fue hasta una década después, aproximadamente, cuando me adentré a las páginas del libro escrito por la autora española, en donde el lector se sumerge en la vida de María Luisa, a la que llaman Lulú, quien en primera persona recuerda su vida sexual desde sus inicios, a los 15 años, con Pablo, amigo de su hermano, de 27 años. A partir de ese momento, Lulú empezará a buscar nuevas formas de abrirse al mundo de la seducción.
No es la mejor obra de Almudena, pero las escenas eróticas están bien logradas; son explícitas pero no ofenden, prenden y no aburren: “Hasta que una vez me permitió mantener los ojos cerrados y me corrí, mis piernas se hicieron infinitas, mi cabeza se volvió pesada, me escuché a mí misma, lejana, pronunciar palabras inconexas que no sería después capaz de recordar, y todo mi cuerpo se redujo a un nervio, un solo nervio tenso pero flexible, como una cuerda de guitarra, que me atravesaba desde la nuca hasta el vientre, un nervio que temblaba y se retorcía, absorbiéndolo todo en sí mismo”.
Hace pocos días vi la película, escrita y dirigida por Paul Auster —uno de mis escritores favoritos de todos los tiempos y todas las latitudes—, Lulú en el puente. Como película es malita, pero su contenido (el guión se puede conseguir en Editorial Anagrama) me gustó. Muy cercana a las teorías de Lacan y de Heidegger, retoma la idea del objeto causa del deseo y el objeto plus de goce, es decir, aquella cosa sin valor que, sin embargo, concentra y causa nuestro deseo sin lógica, haciéndonos conscientes de nuestra incompletitud como seres y de la relatividad del tiempo que nos toca vivir.
Izzy, el protagonista, comienza a vivir desde cero después de sufrir un atentado que lo llevó a tener que dejar para siempre su pasión y oficio: tocar el saxofón. A raíz de un suceso inesperado en el que encuentra una piedra “con poderes” —su objeto de goce—, conoce a Lulú, con quien se siente completo al compartir ese objeto de deseo.
Lulú On The Bridge (su título en inglés) no es una película ni un libro erótico, pero nos habla sobre el vínculo que puede unir a dos seres humanos e involucrarlos en la experiencia del amor sin reflexión, aviso o, incluso, decisión propia. Hacer el amor se vuelve una necesidad imperiosa que confirma ese lazo creado por algo que, para otros, no sería nada más que una simple piedra.
En el blog Psicoanálisis en extensión, su autor, Julio Ortega, señala que, en el caso de los protagonistas, “no coinciden sus edades, quizá tampoco sus intereses, y sin embargo están hechos uno para el otro para darse luz y calor. La piedra que une sus vidas cambia sus destinos, a ella le haría encaminarse al éxito, a él a la felicidad, sin embargo, esa misma fuerza los arrastrará a la tragedia (…) Ovidio, Kierkegaard y Kinsey se equivocan, el amor no se agota en la didáctica, la seducción o la medición”. Les recomiendo que vean la película pensando en ello.
De finales del siglo XIX es la obra de teatro Lulú, una tragedia monstruo, de Frank Wedekind, un antecedente y fuente de inspiración del expresionismo que encierra un sabroso erotismo brindado por Lulú, una hermosa joven a la que un hombre maduro, acaudalado e influyente, recoge de la calle y le permite iniciar un camino que la conduce por diversos ámbitos de la sociedad de su tiempo.
Esta Lourdes del amor se convirtió en objetivo de la censura con su primera versión, editada en 1894, por lo que tuvo que ser reescrita para poder ser representada. La joven Lulú provoca la desesperación y la muerte de sus amantes, antes de ser asesinada por el mismísimo Jack El Destripador. La ópera de Alban Berg es una versión de la obra de Wedekind, aunque el compositor hizo su libreto antes de que, en 1988, se publicase el texto hoy considerado definitivo de la trilogía de Lulú.
Cuando ella le comenta al doctor Franz Schöning que es consciente de que gusta a los hombres, éste le dice: “Entonces debería ser un poco más humana”. Lulú responde: “No hago más que lo que debo”. Según William Shaw, “el hedonismo la lleva a vivir solo el presente y destruye a los hombres que encuentra a su paso”, como retoma Pablo Rodríguez Leirado en la revista argentina en línea almargen.com.
Para cerrar el tema, mencionaré una Lulu (así, sin acento), que no es ella sino él (al menos en el mero aspecto genital), la obsesión del protagonista de Travesti (Lulu, en español), de Mircea Cartarescu, el más importante escritor rumano actual. Tampoco es una novela erótica, pero, como dice Victor, “¿cómo voy a escapar de ese carmín que se extiende por mi vida como en el espejo de un lavabo y que no desaparece con nada, bien al contrario, que está cada vez más seco, más sucio y más diluido?”.
