México • En esta, su más reciente edición, el festival no estuvo exento de contratiempos, mismos que comenzaron el día anterior a un tan ansiado arranque que, por primera vez, ocuparía cuatro días; sin embargo, la cancelación de última hora de Morrisey, impidió, al menos en el número de jornadas, la multiplicación de los panes.
Los novatos, aquellos que llegan por primera ocasión a un Vive Latino, no dejan de mostrar admiración en cada paso. Programa en mano, brincan de escenario en escenario, tratan de absorberlo todo y en su afán de no perderse ni un nota de todas las bandas, terminan por ver solo fragmentos, lo cual también habla de la naturaleza identitaria de las nuevas generaciones, caracterizadas no solo por la fragmentariedad de sus consumos, sino también por la flexibilidad de sus gustos.
Y una prueba de esa ausencia de rigidez, o de principios diría alguien más, fue la tan cuestionada presencia de Los Ángeles Azules, colectivo de raigambre cumbiambera que muestra inseguridad al no saber cómo conducirse frente a una horda a la que han llamado salvaje en otros momentos, pero que en esta ocasión observa una docilidad absoluta.
Los barceloneses de Cabo San Roque montaron una carpa en donde pusieron a funcionar una instalación bautizada como “Los Árboles Aullaron”, especie de orquesta hecha con tambos, cacerolas, botellas de plástico, altavoces y guitarras destrozadas que genera música cual si fuera un autómata; sin embargo, lo mejor se dio cuando el cuarteto interactuó con la orquesta y gestó una propuesta con acentos de post rock, una música de crescendos similar, por momentos, a lo perpetrado por Mogwai o Explosions in the Sky. Si visualmente era atractivo (los músicos estuvieron flanqueados por dos hileras de televisores encendidos metidos en jaulas), sónicamente no decepcionó.
Como tampoco lo hicieron los chilenos de Mostro, un dueto de batería y teclados que ora hincaban el diente a ritmos tribales para luego pasar a pasajes electrónicos muy bailables, otras veces futuristas e incluso tintes de free jazz. Lo suyo fue algo de lo más memorable de una Carpa Intolerante que ha logrado mantener su estándar de calidad. Este año, al nombre de Mostro, podemos agregar las presencias de Mompox, Seward, Motor, Max Capote y Señor Loop, músicos que oscilan en una diversidad de géneros, pero que se unifican en su sentido de búsqueda. Como en ediciones anteriores, esta Carpa es el escenario de la medida del futuro, de la trayectoria que quienes allí se paran habrán de seguir en años posteriores.
Es el caso de Carla Morrison. Hace tres años, la cantante se apersonó y mostró la insuficiencia de la Carpa Intolerante; para esta edición, el escenario encargado de albergar los efluvios sonoros, mitad élficos, mitad plañideros, de la norteña es el principal. Su música, teñida hasta el exceso de un rosa mexicano, no sólo lleva a sus seguidores a las lágrimas, también los cubre de ensueño cuando se hace acompañar por mariachis, suelta una cauda de globos y finaliza con fuegos artificiales.
SUPREMACÍA DEL FUERTE
La oferta se antoja interminable; pero solo los fuertes sobreviven. El rock es una carrera de largo alcance y si bien para algunas agrupaciones llegar al festival representa su máxima aspiración, para otros, de hecho para la mayoría, se convierte en la medida de su popularidad, uno sabe hacia dónde apunta el gusto del respetable y las inclinaciones de la industria.
El Tri está próximo a cumplir 45 años y Alex Lora, su líder, lo pregona infatigablemente, aunque al hacerlo suele olvidar su propia historia, pero tiene ángel, carisma y nadie como él para conducir a la banda. Convoca a cerca de 30 mil personas quienes bailan al ritmo de un set list en donde se repasa la trayectoria de la agrupación y en el cual, inevitablemente, queda claro que son las viejas canciones las que conservan la mística, mientras las nuevas esperarán el juicio de los años para su valoración. Más tarde, el miso Lora, acompañado de Lalo Tex y Luis Antonio Álvarez El Haragán, se presentará en un palomazo sorpresa en una carpa patrocinada por famosa cervecera.
Había expectativa por la representación de habla inglesa en el Vive Latino. Tame Impala no decepcionó, pero los matices de su música se perdieron en la inmensidad del escenario principal. No obstante, su sicodelia consiguió momentos muy logrados, especialmente en los pasajes instrumentales; algo similar sucedió con Underworld, aunque las tablas de los últimos les ayudaron a cerrar de mejor manera la noche del viernes.
Yeah Yeah Yeahs, comandados por Karen O, pusieron nervio y estamina a la noche, esa variante de post punk, con pedrería pop incrustada, es manejada con soltura por el trío quienes, al momento de hacer estruendo, parecen no tener rival; manejan los tiempos adecuadamente, la selección de canciones es atinada, pero lo mejor es la entrega, el fervor con el que atacan cada uno de sus temas y que inducen al paroxismo.
Por su parte, Damon Albarn, Alex James, Dave Rowntree y Graham Coxon, mejor conocidos como Blur, no vinieron a cubrir el expediente. Tampoco se durmieron en sus laureles; sí, se apoyaron en sus principales éxitos, pero encararon la noche con ganas de comérsela y transmitieron esa avidez y ansiedad a los circunstantes. A pesar de la hora, el cansancio no impidió la reciprocidad del público frente a una banda icono de la cultura pop y que rola tras rola dejó claro cómo es posible la convivencia entre la fineza del pop y la aspereza del rock.
¿El mejor Vive Latino? Siempre, inequívocamente, a pesar de vituperios, discordancias, inconformidades y decepciones, se vive el mejor festival; siempre es así, éste será el mejor porque nunca se tiene la certeza, a pesar del cúmulo de esperanzas, de que habrá uno más. Por eso se le vive así, como si fuera el último.
