Con el nuevo director del CUEC, José Felipe Coria, y el anterior, Armando Casas, en el estreno de la película prohibida.
México • ¿Quién no quiere asistir a la proyección de una película prohibida? Es como rechazar una invitación para ir a una fiesta en la Mansión Playboy (o acudir, pero no aceptar una invitación a bailar de una playmate).
Mi vieja escuela de cine cumple 50 años: el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos de la UNAM, y, por tal motivo, el martes 26 de febrero se proyectaron dos películas en la Sala Miguel Covarrubias, dentro del marco del Festival Internacional de Cine de la UNAM: Una isla rodeada de agua (Maria Novaro, 1986) y Recodo de purgatorio (José Estrada, 1975). La segunda atrajo mi atención por un razonable motivo: estaba prohibida.
José El perro Estrada es uno de mis directores favoritos, autor de cintas como Para servir a usted, Cayó de la gloria el diablo, Los cacos, Chabelo y Pepito contra los monstruos, El profeta Mimi, Maten al león y Los indolentes. Me gusta que sus historias ocurran en universos fantásticos ocultos dentro de la cotidianeidad, y su negro sentido del humor.
En el CUEC conocí la leyenda urbana de Recodo de purgatorio: que se había proyectado solo una vez y que la propia familia del director la mandó a enlatar; que había una escena de la mamá de José Estrada defecando encima de él, mientras recitaba poemas budistas; que había escenas porno, etcétera.
Después de verla, comprobé que la mayoría de tales mitos fueron distorsiones de algún chisme original, con aportaciones fantasiosas de quienes lo difundieron.
La opinión de la mayoría del público (con la que discrepo) fue que con el paso del tiempo el film perdió su cualidad escandalosa, y que en la actualidad podría hasta ser ingenua (esto ocurrió también cuando se desenlató La Sombra del caudillo, Julio Bracho, 1960, la cual generó muchas expectativas).
La película nos muestra al propio José Estrada haciendo el personaje protagónico, quien llega en un vocho a un hotel deteriorado, frente al Museo del Chopo. Dentro de su habitación toma un montón de píldoras para dormir, con la intención de suicidarse. Cuando el personaje se encuentra semiinconsciente, irrumpe un sacerdote, tipo Norberto Rivera con lentes de Fidel Velázquez, y abusa sexualmente de él; luego aparece una actriz envejecida, que sale de su madre (ojo: no sale la madre verdadera ni recita poemas budistas), quien lo amamanta y le coloca un enema; así van desfilando figuras de poder: el padre (un macho ranchero que le defeca encima), su esposa, que lo masturba (en una escena de humor involuntario, pues se nota lo falso del gigantesco dildo); también le pega un maestro y lu humillan un político y un militar. Paralelamente, la narración se va ilustrando con auténticos retratos familiares del propio José Estrada, desde bailables infantiles cuando era niño hasta por su boda, mostrando felices momentos de bohemia y farándula (hasta hay una foto con El Loco Valdés). Finalmente el personaje es rescatado del hotel y llevado a un hospital, donde los mismos personajes aguardan en la sala de espera, ansiosos por visitarlo.
Dejando de lado los inevitables aspectos anacrónicos, diría que se trató de un divertido Pink Floyd The Wall de bajo presupuesto, mezclado con un performance filmado (el hecho de que el propio autor salga de personaje con referencias personales muy íntimas en hardcore le imprime una violencia irónica). La primera secuencia es magistral: José Estrada se encuera, pone un disco de Marlene Dietrich, toma pastillas cual cacahuates japoneses y llama encabronado por teléfono: “Díganle a mis papás que aquí está su pinche coche, estacionado frente al hotel Museo. Las llaves están bajo el tapete”.
Al finalizar la proyección, el crítico y maestro del CUEC, Jorge Ayala Blanco, nos confesó que la generación del CUEC del 75 en realidad tuvo dos películas prohibidas más: Antes del desayuno, de Jaime Humberto Hermosillo (una adaptación de la obra de O’Neill tan mala, que el propio director la enlató por pudor), y Casa tomada, de Sergio Olhovich (una adaptación de Julio Cortázar verdaderamente extraña, pues cuando mandaron a revelar los rollos, en el laboratorio les hicieron notar que no le habían quitado el lente a la cámara). Ahora que inician las celebraciones de mi vieja escuela de cine, me parece propicio desenlatar de mi mente mi ópera prima, escribir el guión y darle vida. Este año es el año del cine.
