Producción despampanante.
México • Cuando se construye la estructura de una película de manera adecuada y se manejan con habilidad los cánones que dicta la narrativa cinematográfica independientemente de su producción, podemos asegurar una cinta nos mantendrá amarrados a la butaca.
La reina infiel es un ejemplo delicioso de cómo el autor nos inmiscuye en una historia de época: la Ilustración a finales del siglo XVIII en Dinamarca, sin que sea solamente una producción despampanante cuyo propósito es el espectáculo.
La producción está acotada a lo esencial, y se siente el mandato del productor, que tiene un límite pero que sabe jugar sus cartas: muy bien, pero no te pases de aquí; el resultado es eximio. Vemos una serie de secuencias pensadas y diseñadas desde el guión, producidas estrictamente con los recursos necesarios, como las escenas breves de exteriores de la ciudad o las llegadas y salidas del palacio de los personajes, muy bien realizadas y cuidando el mínimo detalle, como el moco que sale del personaje que sabe que van a cortarle la cabeza.
Los cánones dramáticos que siempre han funcionado en todas las épocas dictan que el planteamiento del conflicto debemos conocerlo a los cinco minutos de película, y así sucede: un matrimonio por conveniencia política entre la princesa Carolina de Gran Bretaña, cuya pasión por la lectura de Rousseau y Voltaire la lleva a pensar diferente de su esposo, Christian VII de Dinamarca, quien, para colmo, es un enfermo mental que intenta ser rey, a pesar del Concejo autoritario y manipulador que solo piensa en sus intereses sin tener en cuenta a la comunidad.
La problemática conduce a la acción-reacción: el Concejo contrata a un doctor, de origen alemán, pero que trabaja en los hospitales populares de Copenhague, donde se aprende la medicina que va a transformar a la sociedad de una época, y que políticos, religiosos y pueblo manipulados por el poder no quisieron ver, lo que resulta una atroz coincidencia si la comparamos con lo que sucede actualmente en muchos lugares del mundo en el siglo XXI. Es otra vez la causa y el efecto, solo hay que esperar el momento adecuado para el fatídico desenlace que propicia el idilio traidor de la reina y el doctor.
No es de extrañar la intervención en esta producción, clásica hasta el tuétano, de Lars Von Trier, y que no tiene nada que ver con el movimiento Dogma, porque sabe que el mejor método para atrapar al espectador —si de eso se trata— es el de regresar al origen; es la única certeza que se tiene de atrapar al espectador.
La reina infiel (2012, Dinamarca), dirigida por Nikolaj Arcel, con Mads Mikkelsen y Alicia Vikander.
