El amor se sale de la pantalla.
México • Esta gran adaptación de Ana Karenina se sustenta en la forma, y cuando ésta es más importante que la historia y, sobre todo, que el actor, contar la película se vuelve una proeza que posee el valor de mostrar el contenido desde un punto de vista cinematográfico diferente.
Desde tiempos de Eisenstein ya se menciona que la forma del cine tiene la particularidad de combinar la quintaescencia de las artes; se descubre que el cine mezcla el espacio y el tiempo —con el recurso del montaje en movimiento— para darle amplitud al concepto diegético; más adelante Noel Burch lo llamaría el raccord fílmico, es decir, el uso de la continuidad que le otorga a la narración mayor verosimilitud.
Ana Karenina es una película que causa emoción desde la forma: el guionista extrajo los valores de la novela para transformarla en una narración que se acerca al teatro, pero que Joe Wright convierte en arquitectura, música y cine, dándole a los acontecimientos la profundidad de la intención literaria.
Hay dos secuencias que ejemplifican lo anterior y producen emoción a raudales por su acertada concepción y realización: la secuencia del baile en la que Ana se enamora de Vronsky. La cámara es como una pluma estilográfica que escribe en la pantalla la emoción de los personajes; lo importante es que el espectador sienta por qué Ana cae en los brazos de Vronsky y acepta entregarse al infierno da la maledicencia. En un fino lujo de producción, la cámara muestra en plano de desarrollo a los personajes bailando en medio de un salón lleno de gente; en ese movimiento, la cámara también nos enseña que están solos, porque los personajes nada más piensan en sí mismos, pero cuando están a punto de besarse, la puesta en imagen los regresa a la realidad. El resultado es excepcional: la meticulosa realización nos ha convencido de que Ana y Vronsky se han enamorado, pero el amor se sale de la pantalla, pues estamos enamorados del amor de los personajes.
La otra secuencia es la del hipódromo: los espectadores en el teatro están dispuestos a ver una carrera de caballos, y primero escuchamos su galope; en cámara el escenario está vacío, e imaginamos en cualquier momento el corte al hipódromo real; pero no, los caballos pasan por el escenario a toda velocidad y desaparecen como un relámpago.
La forma es el sustento de la historia, es una manera diferente de ver un clásico de la literatura que parece estar entre bambalinas pero que en realidad juega con el raccord y los espacios únicos del cine.
Ana Karenina (Gran Bretaña, 2012), dirigida por Joe Wright, con Keira Knightley y Aaron Johnson.
