• La pérdida del conocimiento sucedió minutos después de que Mariana Rivero comiera un trozo de galleta. El episodio que puso en jaque al organismo de esta pequeña de tres años estuvo precedido por un intenso dolor abdominal, la aparición de ronchas en el rostro y picor en la garganta.
Ese día, la madre de Mariana escuchó por primera vez la palabra anafilaxis. Según el parte médico, la niña experimentó una reacción inmunológica motivada por la ingesta de leche contenida en la galleta. A la mujer le explicaron también que el choque anafiláctico es una de las reacciones poco frecuentes, pero potencialmente mortales, de las alergias alimentarias.
Fue ahí cuando Esther Mendoza comprendió que la diarrea y el vómito frecuentes de su hija no eran producto de una parasitosis, como había diagnosticado el médico familiar. A los pocos días, los especialistas le confirmaban el pronóstico a su madre: Mariana era alérgica a las proteínas de la leche de vaca. El tratamiento era “sencillo”, le dijeron: “nada de lácteos y sus derivados”.
Para Esther esa consigna no parecía tan difícil, solo había que excluir de la dieta leche, quesos, mantequillas, yogurt… “Qué ilusa fui… vivir una alergia es tan complicado”, comenta luego de tres años de esta experiencia. Fue así como ella y su hija comenzaron una intensa lucha contra una enfermedad que solo el tiempo cura, aunque a veces pueden pasar años sin cambio alguno.
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Según la Organización Mundial de Alergia (WAO, por sus siglas en inglés), en 2011 entre 220 y 520 millones de personas podían estar sufriendo de alergia a los alimentos. En el caso de los niños, se estima que ocho por ciento de menores de tres años es alérgico alimentario, y es precisamente en esta población donde se observa el mayor incremento.
La alergia alimentaria se define como la respuesta exagerada del sistema inmune al reconocer como dañino un alimento o alérgeno, a lo cual reacciona liberando sustancias químicas que generan síntomas leves o graves. Estas respuestas anormales del organismo se manifiestan en los niños como cólicos, llanto incontrolable, vómitos, diarreas, tos frecuente, insomnio, moco, reflujo, ronchas en la piel y congestión nasal, entre otros.
A diferencia de una intolerancia, las alergias alimentarias se registran a nivel inmunológico, afectan más de un órgano y pueden causar la muerte. El 90 por ciento de las reacciones alérgicas más comunes es provocado por leche, huevo, pescado, mariscos, frutos secos, cacahuate, trigo y soya, aunque existen más de 160 productos que pueden causar estas reacciones, según la Food and Drugs Administration (FDA) de Estados Unidos.
A pesar de que estudios internacionales advierten que los casos de alergias alimentarias en niños van en aumento, “muchos de los médicos no cuentan con la experiencia para sospecharla y diagnosticarla”, señala Edith Medina, pediatra del Hospital General Regional del IMSS en Tecámac, Estado de México. La especialista considera que son numerosos los casos en que los niños con este padecimiento reciben tratamiento por parásitos o infecciones en vías respiratorias.
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A la falta de experiencia de los médicos, se suma que las manifestaciones del padecimiento suelen atribuirse a problemas infecciosos, asegura el médico Eustorgio García, gastropediatra del Hospital Ángeles Metropolitano. Ese fue el caso de Natalia Saldaña, de dos años y ocho meses, quien sufre cinco alergias alimentarias, entre ellas a la leche, soya, trigo y huevo.
Uno de los cuatro pediatras que la valoró, aseguró a los padres que tenía una infección estomacal causada por su “falta de higiene”. A su historial clínico se suma una larga lista de antibióticos innecesarios, tres cambios de fórmulas, endoscopia, colonoscopia y biopsia.
IMPORTA EL ALIMENTO, NO LA CANTIDAD
No existen medicamentos que curen las alergias; la única forma de evitar una reacción es excluir de la dieta el alimento que las provoca o alérgeno. Las reacciones de las alergias alimentarias no están determinadas por la cantidad del producto alimenticio que se consuma, o sea que “no es necesario comer un kilo de galletas que contengan leche para tener reacciones; en muchos pequeños basta menos de un gramo para sufrirlas”, advierte el médico García Cárdenas.
De acuerdo con Erick Barbará, director general del grupo consultor Global Food, la probabilidad de encontrar un alérgeno en un producto alimenticio es muy alta. “Mientras más ingredientes y aditivos contengan, mayor será la probabilidad de encontrarlos; sin embargo, los alérgenos pueden estar en otros productos, como medicamentos, crema, champú y jabones”, explica el especialista en química de alimentos.
Ante este panorama, resulta vital leer con sumo cuidado las etiquetas de todos los productos, tarea nada sencilla. Entender las etiquetas es todo un reto para los padres y personas alérgicas, ya que la lista de ingredientes está plagada de terminología técnica, en el mejor de los casos; en el peor, es incompleta.
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Para padres de niños alérgicos, como Circe Macías, comprar un producto en autoservicios es “prácticamente imposible a menos que sean frutas y verduras”.
Por desgracia los negocios que ofrecen productos libres de alérgenos son pocos, aunque cada día crecen; la oferta comprende alimentos importados en los que se especifica claramente qué alérgenos contienen.
Además de que los productos seguros escasean, su costo se elevan hasta en mil por ciento comparado con el de los artículos que ofrecen los supermercados.
Frente a este panorama poco alentador, organizaciones mundiales y grupos de ayuda consideran que el primer paso para garantizar la prestación de servicios médicos adecuados es contar con estadísticas nacionales para estudiar la verdadera carga de las enfermedades alérgicas.
Coinciden además en implementar estrategias preventivas como el fomento de los partos naturales y la lactancia materna, lo cual, según estudios médicos, reduce las posibilidades de alergias alimentarias.
