Los niños son una constante en la obra de la pintora.
México • En la galería José María Velasco fue inaugurada ayer la exposición Días aciagos, que despliega en 28 piezas toda la explosión de color y fantasía característica de Lucía Vidales.
Su discurso gira en torno a temas como la guerra, la desesperación y la inocencia deformada. La muestra se compone de acrílicos y óleos en madera y tela, en cuyos lienzos viven monstruos fantásticos de sonrisas perversas. Mediante la contradicción entre los vivos colores y los temas oscuros, la artista revisa autores que van desde Jerónimo Bosh Bosco hasta Edvard Munch: “Muchas de mis influencias son pintores expresionistas”, dijo para MILENIO.
La obra de Vidales, que no se aleja del todo de la denuncia social, tiene al niño como constante. Para la artista, los infantes son receptáculos que, golpeados por sus circunstancias, pueden convertirse en lo que sea. De ahí que también simbolicen la parte inocente de la sociedad.
“El niño llega al mundo y le toca lo que le toca. No quiero decir que sean víctimas, pero sí son receptores. Un niño crece y simplemente ‘puede ser’. Esa parte tiene que ver con la potencialidad del ser humano”, señaló la artista.
Piezas como Autorretrato desde el resentimiento y el tríptico La espada de Damocles exploran las desgracias y deformaciones del individuo como resultado del sistema social. Para Vidales, la pintura tiene su propia forma de hacer denuncia: “El arte toca puntos como las sensaciones, que no son estrictamente políticas sino prepolíticas: hacen política. En ese sentido, sí puede detonar una acción más concreta”, afirmó.
