Los espectadores nos enganchamos con la violencia.
México • Barton Fink es una excelsa representación de todos los guionistas del mundo, al que productores incultos y enzarzados en la frivolidad de la industria exigen que las historias funcionen en único beneficio de la taquilla; él piensa diferente, como los hermanos Coen, pues hacen un retrato sustentado del hombre común norteamericano. Barton asegura a Charlie que lo que escribe está basado en un hombre cualquiera, como él.
Lo que no sabe Barton es que ese hombre cualquiera, de aspecto bondadoso, risueño, bonachón, que se dedica a la venta de seguros porque desea el bienestar de la gente, es un asesino contumaz y bestial, capaz de introducirse subrepticiamente a la habitación de un amigo y matar a su amante sin que nadie se dé cuenta —momento crucial en el punto medio de la estructura narrativa que la atiborra de suspenso y misterio—. En eso consiste el trabajo de romper las recetas: en manos de un artesano, el acontecimiento es vulnerable porque corre el riesgo de caer en la inverosimilitud, pero en manos de artistas nos produce el mismo grito de horror que lanza Barton cuando descubre a Audrey; ahí está el trabajo de todo el equipo dedicado al cine, una dirección pensada, sustentada en actores, fotógrafo, escenógrafo, etcétera. Lo que vemos lo creemos porque está bien hecho, y esas buenas formas y maneras se originan desde el guión.
Cuando Barton dice a su representante que es lo mejor que ha escrito, sentimos otra vez que la realidad nos atrapa, pues es evidente que el director de los estudios, por inculto que sea, le dirá lo mismo; pero hay que aprender a romper las recetas, para que en este juego de la estructura narrativa —que tiene la capacidad de sorprendernos una y otra vez, y que los guionistas somos los primeros en fraguar— entendamos que primero está el jefe, el que paga, el dueño de tu obra.
El director de los estudios, ahora como militar de alto rango, prototipo del pensamiento cuadrado y acartonado de los productores, pide a su secretario lea el guión porque él es incapaz de leerlo, y aquél le dice que es muy malo; Barton refuta, pero el director-militar le dice que su opinión no cuenta, porque lo que el público quiere ver es acción, no un tipo luchando por su alma, como el amigo Charlie.
Al final, los espectadores estamos enganchados con la violenta realidad que persigue y atosiga al personaje, y demuestra, una vez más, que no siempre los productores tienen la razón, porque la realidad siempre es más interesante que la ficción.
Barton Fink (Estados Unidos, 1991), dirigida por los hermanos Coen, con John Turturro y John Goodman.
