“A la muerte la veo sin temor, sin emoción...”
Jesús Alejo Santiago • Ha llegado, tal vez, la hora/ donde, con alegres corazones,/ nos amarren junto. Y en las llamas/ sobrenaturales de la tierra/ alguien habrá que nos responda/ con un trabajo ya cumplido.
Cuatro años atrás, mientras recibía un homenaje, Rubén Bonifaz Nuño ya hablaba de la muerte: se notaba cansado, se decía cansado, por los “dolores físicos y la ceguera, que no son deseables prolongar de ninguna manera”. Estaba a punto de llegar a los 85 años de edad, y confesaba “no quiero llegar a los 86. La vida es muy pesada para un viejo”.
“En el dolor pienso de manera continua porque me duelen las piernas y el espinazo. La muerte es como una compañera que estuviera sentada aquí en el brazo de mi sillón, mordiendo poco a poco lo que me queda para irme acabando. A la muerte la veo sin temor, sin emoción, como una cosa completamente natural que me llegará, como me llega todavía la respiración.” (MILENIO, 12/10/2008).
Superó los 89 años de edad y prácticamente hasta el último de sus días lo hizo rodeado de sus pasiones, de los libros y la lectura, de su espacio universitario y, sobre todo, de la poesía.
Al poeta, nacido en Córdoba, Veracruz, el 12 de noviembre de 1923, ayer el tiempo lo alcanzó: falleció alrededor de las 18:20 horas, y con ello se fue uno de nuestros humanistas fundamentales, no solo por la trascendencia de su poesía, sino por su permanente interés por volver a los clásicos, por darles la vigencia a los clásicos griegos y romanos —era director de la Biblioteca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana, de la UNAM—, pero también por conocer a fondo a las literaturas prehispánicas.
“La poesía ha sido el único acto libre de mi vida. Lo demás es trabajo pagado para sobrevivir. Si la defino ya no sería libre, sería como meterla en una especie de cárcel; hago la poesía como sale simplemente”, dijo en alguna ocasión.
Autor de títulos como La muerte del ángel, Los demonios y los días, El ala del tigre y La flama en el espejo, reunidos por el FCE en el volumen De otro modo lo mismo, Bonifaz Nuño fue fundador de la cátedra Seminario de Traducción Latina; investigador en el Instituto de Historia; coordinador de Humanidades; creador de los centros de Lingüística Hispánica, de Traductores de Lenguas Clásicas y de Estudios Mayas.
“Estudié Derecho; hubiera podido ejercer una carrera brillante, pero no pude. Con el primer pleito que perdí me di cuenta de que no era capaz de estar perdiendo juicios porque el otro abogado era más hábil que yo, y me retiré de la profesión. En algún tiempo pensé que la pintura podría ser mi carrera; incluso me inscribí en La Esmeralda y fui alumno de Raúl Anguiano. Cierto día vi a dos muchachos de 15 y 16 años que dibujaban mejor que yo. Entonces comprendí que en realidad no tenía ningún talento como pintor y me dediqué al estudio de las letras clásicas”, le confesó a nuestra compañera Mary Carmen Ambriz.
Miembro de Número de la Academia Mexicana de la Lengua, cargo al que renunció en 1996, y de El Colegio Nacional, su trabajo lo hizo merecedor de diversos reconocimientos en México y en el extranjero, como lo reflejan su pertenencia a la Academia Latinitati Inter Omnes Gentes Fovendae de Roma, y la Orden del Mérito de la República Italiana, en grado de Comendador.
Investigador Emérito desde 1993, alguna vez dijo que le gustaría ser recordado como alguien que ha tratado de servir siempre, sobre todo gracias a la UNAM, que “me ha dado la posibilidad de servir en diferentes puestos y lo he hecho bien, y tengo un orgullo: nunca le cerré una puerta a nadie”.
En un comunicado, el Conaculta lamentó el fallecimiento de Bonifaz Nuño y dio a conocer que, por acuerdo de su titular, Rafael Tovar y de Teresa, y de José Narro Robles, rector de la UNAM, en breve se llevará a cabo un homenaje nacional organizado y convocado por ambas instituciones.
Ante el deceso del escritor, Tovar y de Teresa destacó sus aportaciones como traductor, al abrirnos camino a los clásicos: “Hoy México pierde en Rubén Bonifaz Nuño a uno de sus grandes poetas y humanistas”, destacó el funcionario vía Twitter.
En sus propias palabras*
Obra maestra
Siempre me ha seducido la literatura heroica. Cada hecho heroico que leo en algún libro, de aventuras principalmente, es cosa que me deja lleno de fuerza. Mi fuerza moral no radica en leer versos de amor o tratados de filosofía, sino libros de aventuras donde el hombre se supera a sí mismo. La Ilíada, para mí, tiene eso. Cuando yo traduje la Ilíada ya sabía bastante español y sabía traducir bien el griego. La traducción, para ser literal, tiene que seguir el ritmo original, si no estoy falsificándola desde el principio. Si quiero hacer una traducción literal de la Ilíada, debo traducirla en hexámetros. Es lo que hice. Considero que es mi obra maestra de traducción; si me preguntan ¿cómo justificas tus obras de traducción? Yo digo que con la Ilíada.
Felicidad conquistadora
Viví con muchísimas mujeres. Para eso sí me pinto solo: para presumir de viejas... Estuve relacionado con mujeres interesantes, inteligentes. Con grandes artistas, escritoras, estudiantes… Y por eso digo que conocí la felicidad muchas veces. En Fuego de pobres, donde hablo de la alegría, dice: Tu azúcar infalible de mujer conseguida... Es la felicidad de la conquista. De saber que la mujer está próxima después de aquel esfuerzo gravísimo que siempre es acercarse a una mujer. Porque para conseguirla uno tiene que tratar de mejorarse infinitamente para que ella no sea del todo decepcionada.
Sueldo
El sentido de mi vida durante los últimos 50 años fue el trabajo porque —para decirlo en palabras fáciles— siempre me ha gustado desquitar el sueldo. Y llamo sueldo no solo al cheque de la quincena, sino a todo el placer que del trabajo se recibe. Todo lo que es positivo es pago por lo que uno está haciendo.
*Fragmentos tomados del libro de Josefina Estrada, De otro modo el hombre. Retrato hablado de Rubén Bonifaz Nuño, México, El Colegio Nacional, 2008.
