No debemos perderle la pista.
México • Murmurante Teatro es una agrupación que va construyendo a un ritmo quizá lento pero muy seguro un discurso estético fuera de la tradición teatral del lugar de donde proviene. Podríamos decir que se inscribe en el marco de las variadas expresiones liminares, fronterizas, mestizas que hoy habitan los escenarios y que catapultan los conceptos sobre qué es el teatro en muchas direcciones, y en consecuencia los modos de recepción por parte del espectador. Mucha impostura y ocurrencias se pueden ver sobre tablas hoy día bajo la coartada de la indagación y “lo contemporáneo”, pero sin duda también el aporte serio y comprometido de colectivos varios que muestran una solidez en el camino que recorren.
Bajo la dirección de Juan de Dios Rath, Murmurante Teatro se enfrenta al desafío de llegar a la sensibilidad del espectador por vías a las que éste no está acostumbrado, y peor, en un punto de la República Mexicana refractario a este tipo de propuestas: la blanca Mérida. Así, la tarea de sostener una estética no convencional se vuelve doblemente retadora. Sin embargo, me parece, la ruta que han elegido es ya irrenunciable, a pesar de que el premio a la persistencia se vea todavía distante. Lo cierto es que con Manual de cacería, montaje que los llevó a la pasada Muestra Nacional de Teatro en San Luis Potosí, y que recientemente cumplió temporada de dos semanas en el Teatro El Milagro, las recompensas comienzan a llegar.
Con dramaturgia de Noé Morales, dirección escénica de Rath, dispositivo escénico de Jesús Hernández, diseño multimedia de Josué Abraham, diseño sonoro de Manuel Estrella y actuaciones de Ariadna Medina, María José Pool y el propio Juan de Dios, Manual de cacería es, además de un excelente trabajo teatral, una inteligente y sensible respuesta a la violencia acumulada desde y hacia los jóvenes de este país —tenemos el primer lugar mundial en suicidios infantiles y Yucatán es líder a nivel nacional, por ejemplo.
En la cotidianidad de la violencia (no aquella que ocupa los titulares sino la soterrada que pensamos invisible) se edifica el desastre que vivimos, lo que se vuelve la materia prima de Manual de cacería. Con recursos varios como el documental, el testimonio, el no tan nuevo “teatro personal”, este equipo creativo nos envuelve en un acto poético de alto voltaje con focos ahorradores —por decirlo de alguna manera—. Difícil sería que cualquier espectador no se sienta tocado por alguna de las caras de este poliedro escénico que será pertinente traer de nuevo al DF. No debemos perderle la pista a este Murmurante Teatro.
