Fue fundada en 1904.
México • En la cantina El Mirador es “normal” que los comensales masculinos lancen rechiflas cuando una mujer entra por la puerta principal. Es “su” puerta, “su” territorio. Ahí no hay equidad que valga, pues la costumbre es que por esa entrada —en avenida Chapultepec #606— solo crucen varones. ¿Las damas? Ellas pueden ingresar a la vuelta de la esquina, por la entrada del restaurante familiar del mismo nombre, donde serán bien recibidas sin discriminación, con todo e hijos.
Esta cantina, fundada en 1904, conserva su fama masculina y su clientela que en promedio es de tercera edad, además de muchos que rayan los 50 años; todos beben tequila, whiskey, brandy, ron y cerveza. Si bien acuden algunos jóvenes, la mayoría son clientes frecuentes desde hace 30 o 40 años; incluso una gran parte de ellos asiste hasta dos o tres veces por semana para reunirse con los amigos, comer o ver el futbol con un consumo de 200 a 300 pesos por persona. “Por eso no les podemos decir nada, porque son clientes de toda la vida”, dice Mauricio, uno de los meseros.
A las 14:30 horas una mujer cruza la puerta giratoria y las rechiflas comienzan; en la mesa de la esquina un anciano de quizás 70 años toma un cuchillo y lo hace sonar contra su vaso (a manera de alarma) para avisar a la manada que alguien cruzó el límite. Sorprendida, ella lo mira a distancia cuestionando su actitud. El anciano corrige y grita: “¡Arriba las chicas guapas!”.
El mesero intercepta a la clienta, cruzan los baños y sutilmente la conduce a la parte trasera del lugar donde se ubica el restaurante. Le ofrece una de las tantas mesas vacías y la carta de alimentos. Pero ella quiere sentarse en la cantina, donde caben hasta 70 comensales, pues a esa hora solo hay casi 40, todos hombres vestidos con traje, algunos de ellos jugando cubilete.
“Son machos, esa es su zona. Acá usted estará mejor, pero si desea ir allá es bajo su riesgo”, advierte Roberto Rudolfo, encargado del lugar.
En la cantina ella se sienta y ordena su comida. Los meseros utilizan su amabilidad para suavizar la indiferencia del resto de los comensales. “No somos nosotros ¡de verdad! son ellos, nosotros tenemos orden de atender a todos por igual; y eso que con usted ya se calmaron, pero a veces las rechiflas duran toda la comida”, explica Antonio mientras sirve una bebida.
En El Mirador las mujeres solo son bien recibidas en viernes y sábado, por ahí han pasado la actriz y ex legisladora María Rojo, Silvia Pinal, la cantante Estela Núñez y una que otra política. Pero de lunes a jueves los hombres se adueñan de su naturaleza masculina y su espacio, no importa la ropa, trabajo o educación. “Por aquí han pasado políticos de todo tipo, delegados, diputados, ex presidentes, procuradores y uno que otro personaje internacional, también ellos chiflaron cuando vieron a una mujer entrar ¡Hasta Ernesto Zedillo lo hizo!” explica otro mesero.
Es irremediable. Hombre que entra, hombre que mira a la mesa donde se ubica esa mujer. Don Roberto dice que el ex candidato presidencial Gilberto Rincón Gallardo tampoco daba crédito a lo que atestiguó durante varias de sus visitas; muy probablemente él también leyó ese letrero que está como adorno para asegurar que allí no se discrimina a nadie por género, raza o credo.
Pese a que esta cantina ha sido demandada en varias ocasiones, las cosas siguen y —por lo que se ve—, seguirán igual. Tras finalizar su comida, la mujer paga la cuenta, agradece la amabilidad de los meseros y se dirige a la mesa del septuagenario; sonriendo le pregunta a los ojos por qué le hizo “el feo” a su llegada. Apenado, el anciano finge demencia, toma su mano y sale por la tangente “¡No, linda! No te hice el feo, al contrario ¡fue por tu belleza!”. Su compañero de mesa (otro adulto mayor de quizás sesenta años) lo mira sorprendido, toma la servilleta de sus piernas y se cubre la cara mientras le repite “¡Yo ni te conozco!”. El ambiente se tensa con los silbidos masculinos que inician de nuevo, esta vez con más insistencia, para “sugerirle” a la mujer que se apresure para abandonar el lugar.
