El presidente cubano, Raúl Castro, también rindió homenaje en la Academia Militar a su amigo y aliado.
Caracas • Tres. Cuatro. Cinco. Doce… Hasta doce horas esperando. Aunque algunos juran haber aguardado dieciséis horas. Pero dejémoslo en doce. Doce horas haciendo kilométricas filas. Largos y largos minutos de madrugada. Largos y largos minutos, ya de día, bajo el inclemente sol de Caracas. Doce horas de manda. Doce horas de autoflagelación. Todo para entrar a la capilla ardiente donde yacen los restos de él, de su líder, de su comandante. Y ahí gozan de tres, acaso cuatro segundos al lado del féretro. Apenas un par de pestañeos para observar el ataúd abierto, el rostro de muerte protegido por un cristal. Tres, cuatro segundos que bastan y sobran para hacer un saludo marcial, para persignarse, para llevarse la mano al pecho, para levantar el puño guerrero, para empezar a llorar, para mandar un beso tronado, para soltar una frase de amor.
O de devoción, porque el que yace ahí no solo se llama Hugo Chávez Frías. No: él es algo más que un Presidente. Él es, en el imaginario colectivo, en las creencias populares, en las convicciones ideológicas que se tornan espirituales, algo parecido a Jesús. Jesús de Venezuela. Jesús del Trópico. Así, así convocó el gobierno a través de volantes y anuncios:
“Pueblo a la calle en honor a nuestro líder, porque Chávez somos todos. Libertador del siglo XXI, Cristo de los pobres que vive y vivirá por siempre en el corazón de los venezolanos…”.
Y sí, ahí va, pueblo a la calle, paso a pasito, miles de apóstoles chavistas (más de dos millones, dicen las autoridades), desfilando ante el cuerpo inerte en la Academia Militar. El cuerpo del Cristo venezolano, del Mesías bolivariano. El santo de Oneida Ortiz, de 54 años, que se pega al pecho su álbum de fotos de su Salvador, así, con mayúsculas, y mientras entra ya a la séptima hora de fila, la séptima hora de calvario, dice…
—Él es el segundo Jesucristo que Dios nos mandó. El Mesías que nos mandó sin que nos diéramos cuenta al principio. Ahora lo sabemos. Es un ser tan querido, el último Simón Bolívar, nuestro Jesucristo…
El Cristo. El Mesías. Aquí eso no es peyorativo, no son epítetos de intelectuales latinoamericanos lanzados contra Chávez, su villano favorito. Su populista de cajón. No, aquí eso de Jesucristo es numérico, matemático. Aritmético. Se entiende al sumar. Al observar a cientos de miles de hombres, mujeres, jóvenes y niños tercos, necios, aferrados durante horas y horas a sus filas para aproximarse hasta el cuerpo inmóvil de quien ven como prócer.
¿Cómo es posible que aguanten tanto tiempo de pie? ¿Qué es esto que pasa aquí, en las calles y avenidas adyacentes a la Academia Militar, donde está la capilla ardiente del hombre de Venezuela? La gente ya no llora tanto como la víspera. Por momentos esto ya es más bien una verbena. Ya hay sonrisas en las arboledas circundantes, por donde caracolean las interminables colas de gente. Ya la música provoca ligeros contoneos. Ya los niños juguetean, se trepan a tanques militares y a piezas de artillería que han sido estacionadas en el gigantesco Paseo los Próceres. Luego vuelve la seriedad que se extiende a lo largo y ancho de decenas de hectáreas ocupadas por chavistas impertérritos. Estoicos. No vacilan, aunque tarden horas en avanzar unos cuantos metros. ¿Qué les pasa, porqué aguantan esto? Les reparten miles de botellitas de agua y naranjas, pero, ¿con eso basta para soportar hasta 720 minutos en posición de firmes, incólumes ellos?
—No siento nada de cansancio. Nada de nada. La rodilla en tierra, si es necesario, como decía mi comandante… —dice un viejito que viene desde Mérida (no la yucateca, la de Los Andes), luego de diez horas de autobús. Miente. Está extenuado. Se le ve. Pero no flaquea.
De pronto tanto fervor linda el caos. Las filas provenientes de todos los puntos cardinales confluyen en una plaza, en una fuente, la fuente de El Indio frente a la Academia Militar, y eso se vuelve un embudo que termina en la puerta de acceso. La locura. Es una marea humana. Una marabunta roja apretujada. No cabe nada entre cuerpo y cuerpo. Están pegados. Siameses de su devoción colectiva. Y empiezan los sofocones. Una, dos, tres, decenas de personas caen en pánico, sienten que se asfixian. Algunas se desmayan. Los menos, huyen…
—Pensé lo peor ya cuando iba llegando a la puerta. Siete se asfixiaron al lado de mí. Se desmayaron. Demasiado amor. Catorce horas estuve aquí. Pero no pude. Mejor lo veo embalsamado… —trata de consolarse una mujer regordeta con camiseta roja de #yosoyChávez que, sin embargo, instantes después prorrumpe en llanto. “Que me perdone el Comandante, es que no pude”.
¿Y los que entraron? ¿Cómo salen de ahí, de su fugaz contemplación? Rostros extenuados, mejillas enrojecidas por el sol, miradas raras, brillantes, ojos enrojecidos, como si acabaran de meditar. De orar. De cumplir una manda. Devotos en éxtasis post comunión…
—Fue una cosa grande. Quería que regresara él. Un dolor fatal —se suelta a chillar una mujer en sus años sesentas. Su esposo, octogenario, la toma del brazo. Dice que él fue a la guerra de Corea, al paralelo 38, porque es colombiano (asegura que hubo tres batallones colombianos en combate), ahora ya convertido en chavista venezolano desde que se enamoró de su muy linda esposa. La dama de ojos claros que se repone y en un segundo exuda orgullo.
—Soy una guerrera. Como él. No sabe cómo luché por aguantar las diez horas de espera. Y ya ahí, le aventé un beso, la verdad. Era alegría con tristeza. Como que cumplí con mi deber por todo lo que él nos dio. ¿Sabe? Estoy triste pero en paz. Soy Testigo de Jehová y se dice que no debemos venerar imágenes, pero a los venezolanos quién sabe qué nos pasó con Chávez… —se despide no sin antes mostrar la fotico de él, de su Cristo caribeño.
Y, pues eso, quién sabe qué les pasó a los venezolanos para tener tal apostolado en sus piernas, esas piernas que resisten medio día de pie con tal de ver tres, cuatro segundos, el rostro muerto de su líder.
