Recibí un correo con un link para mirar una entrevista que Ricardo Rocha le hizo recientemente a López Obrador. El candidato de la “izquierda” nacional se cuidó bien de no soltar declaraciones que pudieran merecer los castigos de los inquisidores del IFE de manera que su presentación fue un tanto plomiza. Pero, eso sí, llegado el tema de las encuestas expuso que estaban “cuchareadas” y que eran un “instrumento político”. Ah, y como el hombre quiere comportarse y parecer de buena pasta, remató que es normal que así sea, o algo así. ¿Normal, que los sondeos efectuados por las casas encuestadoras se adulteren como una bebida que te sirven en un antro de mala muerte? Pues, no lo creo.
En fin, luego de otra entrevista, la que sirvió de reconciliación con la satanizada Televisa, realizada en su momento por Joaquín López Dóriga y en la cual uno hubiera creído que se encontraba ante un líder espiritual, resulta, por lo que parece, que López Obrador vuelve, poco a poco, a mostrar las garras, así sea de manera disfrazada y con suaves envolturas. Ya con Carlos Puig, en MILENIO Televisión, se había puesto un poquitín peleonero al decir que en este país no hay “transparencia” y eso, mira tú, en el momento mismo de ofrecer unos datos que él mismo obtuvo donde todas las personas —ustedes y yo, estimados lectores— podemos obtenerlos.
No entendí tampoco, en la dicha entrevista, sus números porque resulta que, ocupando el tercer lugar en la práctica totalidad de las encuestas, afirma que va a ganar. De manera que, si no gana, pues ya sabemos lo que nos espera.
Lo de ahora, sin embargo, es todavía más preocupante: si descalifica globalmente el trabajo de tanta gente y si piensa que se trata de una maquinación del poder para cerrarle el paso, entonces no tenemos delante a un simple participante en una contienda democrática sino, desde ya, a un mal perdedor que nunca va a aceptar los resultados.
¿Un nuevo López? El mismo de siempre, diría yo.
