Es fama pública que Felipe Enríquez, aspirante a la candidatura priista para Monterrey, es compadre de Enrique Peña Nieto.
Se sabe menos que lo liga una vieja amistad con Rodrigo Medina, desde los tiempos en los que ambos hacían sus pininos en el servicio público como auxiliares de González Parás en la Secretaría de Gobernación.
Amigos de los dos políticos descalifican por eso las versiones de que Felipe está desafiando la autoridad del gobernador, tratándose de imponer como candidato.
Se lanzó a la palestra, dicen, animado por su amigo el gobernador. Y atendió sus sugerencias de afinar su imagen para que se le viera más como candidato y menos como operador electoral.
Paradójicamente, la mayor ventaja de Medina con Enríquez la ubican en su destreza como operador electoral: como candidato a la alcaldía puede orquestar la conquista del voto para los candidatos a diputados locales, que son ocho en el territorio del municipio.
Eso es lo que importa más a Medina: mantener la mayoría priista en el Congreso del estado, por razones de supervivencia política. ¿Monterrey? Está perdida la plaza municipal. Nada pasa si sigue en manos del PAN.
Por eso no hay que dar por muerto a Felipe. O creer que sólo puede llegar a la candidatura por imposición desde el centro.
Felipe Enríquez, por cierto, es el otro aspirante, aparte de Gustavo Caballero, salido de Fomerrey.
