Por donde se le vea, la película “J. Edgar” es fallida. Si se le ve como biografía, falla al presentar rumores y pareceres como hechos y omitir o maquillar hechos conocidos que deberían ser presentados en su desnudez; si se le ve como historia, falla al revolver hechos relevantes sin distinguirlos y sin tomar una postura clara sobre ellos; si se le ve como drama, carece de foco, pues no hay conflicto, salvo la imputación de represión sexual, que alcanza un clímax melodramático muy ridículo.
La versión sobre la homosexualidad reprimida del personaje proviene de testimonios de delincuentes atrapados por el FBI bajo Hoover. Colaboradores cercanos suyos se inclinan a pensar que Hoover era “asexual”. En todo caso, la película no logra establecer un vínculo entre la supuesta condición sexual del personaje y su desempeño como funcionario público. Un vínculo entre ascetismo y eficiencia habría sido más verosímil sin forzar los hechos para efectos dramáticos.
En cuanto a la historia política, la película suaviza en extremo las “redadas rojas” dirigidas por Hoover en la década de 1920, que abusaron de miles de personas inocentes por su perfil social o racial; casi omite el papel del FBI en el macartismo de la primera mitad de los cincuenta y, hasta donde pude ver, no menciona la operación Cointelpro (infiltración de organizaciones políticas disidentes) desde la segunda mitad de los cincuenta hasta la muerte de Hoover en 1972.
La película destaca los grandes golpes de Hoover y sus “hombres G” a la delincuencia y la introducción de la ciencia a los métodos de investigación del FBI. Hoover aparece aquí como un gigante, pero la trama insinúa que su obsesión por la vida privada de los otros es un mecanismo de defensa psicológica de su imputada relación homosexual con su colaborador principal. Como el vínculo no es claro, no hay desenlace, y la historia se extiende más de la cuenta.
“J. Edgar” habla más del director Clint Eastwood que del personaje Hoover. Como se sabe, Eastwood tiene un lado conservador y otro liberal, lo cual no tiene nada de malo, pero en el ultraliberal y hedonista Hollywood su perfil es anómalo, pese a ser un símbolo de la pantalla y un director con muy buen ojo, aunque irregular. La academia nunca le ha dado un Óscar. Al destacar la supuesta condición sexual de Hoover, Eastwood parece buscar el reconocimiento del Hollywood liberal.
Eastwood compara su película con los Estados Unidos posteriores al 11 de septiembre de 2001: “Si no prestamos atención a la historia, estaremos condenados a repetirla. No significa que debamos ser paranoicos, pero creo que debemos ser diligentes porque [Estados Unidos] es un país envidiable en muchos sentidos y siempre habrá mucha gente interesada en desbancarnos (…) Hoover fue un patriota de corazón, pero definitivamente excedió su poder.”
Pero la película no presenta ese exceso con claridad. Hoover es presentado como un libertario frente al poder excesivo y los obstáculos del gobierno, como todos los héroes de Eastwood: “Soy conservador en ciertas cosas. Creo en menos gobierno… en la responsabilidad fiscal y en todas las cosas que los republicanos dicen creer, pero ya no creen más (…) Estoy contra el paquete de estímulo. No deberíamos rescatar a los bancos y a las firmas automotrices (…) Tratándose de las personas luchando por ellas mismas soy muy liberal.”
Libertario, Eastwood tiene un horizonte mítico muy definido. Respecto de su propia película “Flags of our fathers” dice: “Uno siempre piensa en lo que nuestros padres hicieron como jóvenes. Mi padre no estuvo en el ejército, pero la mayoría sí en aquel tiempo. Acabábamos de salir de la Depresión y fuimos a la guerra. Esto es lo que hizo de Estados Unidos una fuerza de combate tan buena, porque hubo un montón de jóvenes flacuchos de las granjas y las ciudades que no iban a permitir que éstas fueran atacadas…
“La Segunda Guerra Mundial fue la gran unificación de toda la gente porque el ataque a Pearl Harbor cambió la mentalidad americana. Antes de eso había gran división en torno al aislacionismo: que no debíamos ocuparnos de la guerra europea, decían unos, contra otros que decían: Yes, debemos ir en su ayuda, y ahí estuvimos… Luego fuimos a Corea, que fue una acción policiaca, más que una guerra, luego Vietnam y todo eso. Creo que la Segunda Guerra Mundial fue la última que realmente quisimos ganar.” La mentalidad de Hoover encaja en este perfil.
Hay muchas razones a favor de este punto de vista. La generación de la Segunda Guerra Mundial es la última generación heroica de Estados Unidos. Pero no hubo tal cosa como salir primero de la depresión para ir a pelear después. La salida de la depresión fue la guerra misma. Esta ampliación de los poderes del estado desembocó en el estado de bienestar que Eastwood no se cansa de denunciar. La misma lógica subyace al enorme poder del FBI bajo Hoover, pero la película parece no sospecharlo.
Ahora bien, esto no es nada en comparación con el poder acumulado por los cuerpos de seguridad a raíz de los ataques terroristas de 2001. Con el “Proyecto Carnívoro” (tal es su nombre), el FBI puede intervenir el flujo de información de cualquier computadora en el mundo. El intercambio de información en internet está amenazado ahora mismo por la ley SOPA que, en defensa de los derechos de propiedad intelectual, permite intervenir los flujos de información a escala planetaria. Pero esto requiere análisis separado.
