Con respecto a la violencia y la criminalidad no puede haber un solo diagnóstico. A las ya enormes diferencias mexicanas, este año de elecciones habrá que añadir otras: las que tienen que ver con la confianza en el Estado y sus instituciones. En este sentido, hay regiones bastante “tranquilas” y regiones francamente perdidas. ¿O cómo llamarle a esas zonas donde la policía desapareció por completo o donde el crimen se volvió el terror de cada día de poblaciones enteras?
Tal vez el centro del país esté viviendo una de sus mejores épocas en este tema. En el DF, al menos, la vida cotidiana no tiene tantas prohibiciones, sobre todo si se compara con su propio pasado. Ha habido esfuerzos claros y reconocidos, y la presencia policiaca ha sido definitiva. La gente se cuida de cualquier manera, quizá porque sabe que eso es parte del equilibrio (me comentaba un viajero cuánto llamaba su atención la forma como las mujeres aprietan su bolso mientras caminan por la banqueta). Pero el hecho es que puede caminar por la Alameda y salir, tomar un taxi y el transporte público en la noche. Y puede pensar en otras cosas.
No es el caso del noreste. Muchas ciudades de Tamaulipas y Nuevo León viven literalmente bajo el yugo de la delincuencia. Y no sólo en las cercanías de la frontera. El secuestro en el sur de Nuevo León, en municipios como Allende o Linares, se ha convertido en una pesadilla esclavizante. Los alcaldes no pueden. El Ejército asume la vigilancia. El riesgo de asaltos nocturnos en las carreteras no ha disminuido. Cada vez aparecen más jóvenes vinculados a las mafias. En Monterrey, el año del casino Royale y de los colgados en los puentes terminó con un aumento de la desconfianza. Vaya, desde ahí México se ve distinto.
En Jalisco mucha gente cree que hay ciertos escudos que siguen funcionando, aunque la aparición de 26 cadáveres en Guadalajara, justo entre los Panamericanos y la Feria del Libro, encendió una gran luz amarilla. Las tierras donde fue asesinado el cardenal Posadas y donde se fugó El Chapo confían en que hay un pasado de violencia (no sólo del narco) en la ciudad, cuyos equilibrios finales aún operan y hacen difícil la entrada de nuevas mafias. Por algún tiempo al menos.
Son sólo tres ejemplos. El país y sus soluciones se ven muy distintos desde ellos, pero también desde Acapulco, Morelia, Oaxaca, Tampico, Mazatlán, Veracruz, Saltillo o la Comarca Lagunera; por el diverso peso que tienen las instituciones, la diversa cohesión social o la diversa confianza en lo político. Y por el grado de desesperación.
