A todos quedó claro que Enrique Peña Nieto no sabe decir nada por sí solo. Esclavo del guión, el priista se mueve con pavorosa dificultad a la hora en que tiene que improvisar algunas palabras que quepan en dos renglones. La magia lograda por sus asesores se cae en el momento en el que requiere de espontaneidad. Ese es Peña: un producto que recibe instrucciones, con la voluntad disminuida y un escaso sentido del valor propio.
Pero nada tienen que ver sus hijos en la decisión de este personaje. Los hijos no son responsables de las decisiones, frustraciones, ambiciones o errores de los padres. En el caso de los personajes públicos, la fama no suele pagar bien a los familiares. Al milenario problema de ser hijo, se carga una suerte de condena que es la fama del padre o la madre. Cuántos hijos de famosos no pueden superar cargar con el nombre del progenitor. Hay casos de suicidio y muchos más de una vidas aplastadas, existencias hundidas en la mediocridad y el agravio por el solo hecho de llevar el nombre o apellido del progenitor famoso.
No comparto las burlas y comentarios a la hija Peña por parte de políticos y periodistas. Entiendo que la denominada comunidad tuitera dejara caer sobre la joven toda la acidez propia de las redes sociales, pero que le entraran gustosos contra la adolescente otros actores públicos me parece injusto. Los hijos no son parte de la contienda. Es entendible que la población quiera conocer a los familiares de los candidatos y candidatas. De hecho, para quienes se postulan a un puesto de elección popular uno de los pasos básicos es hablar de su familia. Pero de ahí a tomar a los niños o jóvenes como centros de atención de la campaña hay una gran distancia. Ellos no están en la competencia.
Cierto que Peña ha fomentado en exceso la aparición pública de sus hijos. A la propia Paulina la ha mandado a eventos en su representación, sabemos que vacacionan en Miami con doña Gaviota y una revista del corazón la colocó en una lista de las adolescentes más guapas del país. La exhibición de la niña culminó de manera intempestiva con un alud de reclamos, burlas e insultos. Su papá la colocó en una plataforma de la que la propia fama terminó arrojándola.
Los comentarios que hizo Paulina ciertamente son ofensivos. El problema es que al linchamiento que le siguió, contribuyó su propio padre al anunciar en un tuit una especie de regaño en el que le habló de tolerancia y otras cosas. Es claro que el señor no tiene remedio. Pero eso tampoco es culpa de la hija, cuya falta fue tratar de defender, como pudo y a su manera, a su papá.
He mencionado en este espacio que la vida privada de los personajes públicos es una puerta que ellos abren, pero que ya no podrán cerrar. El gozo inicial del prestigio y la fama termina convertido en un infierno del que la salida probable es por la puerta del descrédito.
Twitter: @juanizavala
