En fechas recientes se ha venido produciendo un debate en torno al ciclismo y a los ciclistas urbanos en La Laguna. Creo que el debate se ha desenfocado por la aparición de los insultos, las calumnias y las descalificaciones personales. Un camino que no conduce a nada edificante. Por ello creo que es válido intentar dar respuesta a la pregunta ¿Qué queremos los ciclistas urbanos?
Queremos tener el derecho a transitar con seguridad por las calles de nuestras ciudades. Por todas las calles de las ciudades laguneras. Se dice fácil, pero la seguridad pedal requiere de que se cumplan varias condiciones. Una es tener reglamentos de vialidad radicalmente diferente a los que nos rigen. Nos urgen -a todos los ciudadanos- reglamentos modernos e ilustrados que consideren y protejan a todos los usuarios de las vialidades. Reglamentos que impongan responsabilidades pero que también otorguen derechos. Y que los derechos -y aún los privilegios- que otorgue y confiera vayan en función de la vulnerabilidad del usuario de las vialidades. Mayores derechos y privilegios a las personas con capacidades diferentes, luego a peatones, luego a ciclistas y al último a automovilistas. En la calle no somos iguales ni en velocidad, ni en protección, ni en el potencial para causar daños, lesiones y muertes. Como muchos ciudadanos, los ciclistas queremos también la aplicación estricta, equitativa y honrada de ese reglamento por parte de las autoridades. Un reglamento que debe ser elaborado, no a base de puntadas, sino incorporando las mejores prácticas internacionales.
Los ciclistas urbanos también demandamos que los gobiernos municipales, estatales y federales destinen el 5 % de sus presupuestos para infraestructura vial para vialidades de movilidad no motorizada. La situación actual, en la que se destinan miles de millones de pesos al automóvil y ni un centavo para ampliar y remozar banquetas o para construir ciclovías, debe terminar. Es discriminatorio e injusto pues privilegia a la minoría de la sociedad que se mueve en automóvil y que es responsable de la mayor parte de la contaminación atmosférica, el ruido, los congestionamientos y los accidentes de tráfico.
Estas medidas, de elemental inteligencia y justicia, implican cambiar la óptica con la que tradicionalmente se ve al peatón y al ciclista. Implica apreciarlos no sólo como ciudadanos productivos y útiles al conjunto de la sociedad, sino como un activo de nuestras comunidades, pues no contaminan, no hacen ruido, no congestionan las calles y sus errores mayormente los pagan ellos mismos en lesiones o muertes.
Es aquí, en el rubro del aprecio social, en el que nos debemos esforzar con más ahínco. Dejar de ver al peatón y al ciclista como parias desechables que no merecen compartir el mundo con los reyes del asfalto: los poderosos, pesados y malolientes carricoches. Un cambio que debe empezar por las autoridades pero que también nos debe englobar a todas y a todos.
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