“Un solo hombre no puede destruir a miles de mujeres”

Cristina, chef sin documentos, es dueña de uno de los restaurantes de barbacoa mejor catalogados en Filadelfia, EU; sabe que su trabajo desafiará a Trump, pero no le teme.
La activista de 46 años dice que en la cocina “siempre hay una mano latina”.
La activista de 46 años dice que en la cocina “siempre hay una mano latina”. (Jorge Carballo)

Apenas cruza la puerta del restaurante South Philly Barbacoa y ya está ordenando las mesas, recogiendo platos y saludando: “Everything is fine, sir?”.

Adentro no hace frío. En el pequeño local ubicado en el sur de Filadelfia, Pensilvania, el calor y el aroma de la barbacoa y las tortillas recién hechas hacen acogedor el lugar.

Son las 9 de la mañana y Cristina Martínez, chef y dueña del negocio, llega puntual para terminar de poner orden en el restaurante en el que horas antes su esposo y tres empleadas ya laboraban para recibir a los primeros comensales.

Es viernes y los vecinos, incluso gente del otro lado de esta ciudad de Estados Unidos, llegan para degustar los tacos de borrego y consomé, catalogados como los mejores de Filadelfia por diversas revistas culinarias. “Tengo más de 20 años haciendo barbacoa, es una tradición. Cuando llegué a esta ciudad sabía que tenía que seguir llevando a la gente mi comida, entregando un poco de mí”, asegura.

Pero para la originaria de Capulhuac, Estado de México, no ha sido fácil emprender en este país. En 2006 cruzó la frontera por primera vez, para después regresar a México; posteriormente, en 2009, regresó a Estados Unidos, ya que necesitaba trabajar para apoyar los estudios de sus hijos, en especial a su hija, que estudiaba enfermería.

Cruzó por Tijuana, de lo demás ya no recuerda mucho, solo que caminó unos 15 días entre el desierto, con frío, sol y sin comida. La voz se le quiebra y los ojos se le humedecen cuando recuerda el temor de dejar su vida en manos de los coyotes.

“En la frontera corres muchos peligros con los secuestradores, sin techo, y caminas y caminas, pero sabes que vas a luchar por lo que quieres”, afirma.

Una vez en Filadelfia tampoco le fue sencillo encontrar trabajo. Tardó poco más de un mes para que la aceptaran como chef pastelera de un restaurante italiano. En ese lugar conoció al que ahora es su esposo, Benjamin Miller, un estadunidense.

Sin embargo, poco después de casarse, Cristina fue despedida por su condición de indocumentada y no podía obtener una Green Card porque cruzó ilegalmente la frontera. Se deprimió, pero no cedió en sus ganas de salir adelante. Al poco tiempo comenzó a vender barbacoa que hacía en su casa, hasta que el espacio fue insuficiente.

Entonces, hace año y medio decidieron instalarse en un modesto local en el 1703 de la calle 11 del sur de Filadelfia, que decoraron hasta el último rincón. Un colorido mosaico de pequeños trozos de vidrios y diferentes piedras, elaborado por un amigo artista de la zona, hace que destaque entre la sobriedad ocre de las construcciones aledañas.

Adentro, las paredes amarillas están cubiertas con una pequeña galería de cuadros del mismo artista, que están a la venta; las mesas están cubiertas por festivos manteles de plástico que solo se consiguen por rollos en los mercados mexicanos, y al centro unos molcajetes a manera de floreros que alegran más el lugar.

Pero lo más llamativo es la vitrina con dos grandes focos en la parte superior, los que mantendrán caliente la carne, cortada por kilos y kilos durante gran parte del día.

Pero más allá de una manera de ganarse la vida, para Cristina y Ben el restaurante representa un espacio desde el que pueden hacer conciencia sobre los derechos de los inmigrantes y su papel en el desarrollo de Estados Unidos.

Además de cocineros y empresarios, son activistas, pues a través de la iniciativa Right2Work (derecho a trabajar en inglés) realizan cenas de manera periódica en las que se reúnen chefs de diferentes partes de EU y productores de alimentos para dialogar sobre cómo visibilizar el trabajo de los migrantes en la industria de la cocina.

“Siempre hay una mano latina, estamos haciendo conciencia de que no haya racismo, que la gente reconozca el trabajo que hacen agricultores aquí, desde México, desde los panaderos, la gente en el mercado, es una gran cadena de personas que generamos trabajo y riqueza para este país, pagamos impuestos y cumplimos”, expone.

Con 46 años, sin documentos, Cristina sabe que con su trabajo y activismo desafiará al gobierno de Donald Trump, pero quiere quedarse en un país que le ha dado una nueva oportunidad de vida, por eso no se inmuta ante la retórica misógina ni xenófoba.

“Nosotros no somos afectadas porque sabemos dónde estamos paradas, qué hacemos para la comunidad, somos muy importantes tanto mujeres como hombres, un solo hombre no puede destruir el corazón de miles de mujeres”, concluye.