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Tibor

Tibor me confesó que en ocasiones se pone de buen humor y enarbola un proyecto serio: por ejemplo, se convence de que cada frase expresada por él debe ser perfecta.

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A lo largo de dos meses Tibor y yo nos encontramos tres o cuatro veces, sin hacer cita, en la Villa de Sarria y charlamos hasta que nuestros anfitriones nos invitaban a marcharnos. Esta breve anécdota vivida en realidad me dice hasta qué punto un pensamiento estrafalario como el de Tibor llega a poseer alguna clase de sentido —“Si es absurdo, entonces es verdadero” (Tertuliano)—, y también me indica que el esfuerzo llevado a cabo por algunas personas con el propósito de crear belleza, prudencia, conocimiento o arte requiere de otros seres capaces de apreciar tales expresiones o creaciones de sentido. Tibor da por hecho que esos seres se han marchado y ello aumenta su soledad. Yo, por otra parte, no creo que se hayan marchado, sólo que es más difícil encontrarlos en esta jungla de comunicación y barbarie.

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