El ridículo poder

Semáforo.
Semáforo
Semáforo (Reuters)

Ciudad de México

Los vemos dar tumbos —ojalá fueran solamente cómicos. No logran entender dónde fallaron ni qué pose adoptar, qué ropas ponerse; digan lo que digan, hagan lo que sea, ya perdieron: jamás serán De Gaulle, Brandt ni Churchill. No les queda sino el lugar de la farsa y las rutinas de los payasos. Memes, tuits, blogs, vlogs y periódicos los colocan en el lugar del ridículo. Las calles no son suyas.

El asunto tiene que ver con una idea de sustancia: quién es qué. En México, cientos de miles son Ayotzinapa; en París son Charlie; en Ucrania son Volnavaja. Cambia el objeto directo pero el verbo es el mismo y, siempre, en primera persona, presente, aunque puede ser singular (yo soy...) o plural (todos somos...). El dueño de la voz afirma y protesta su propio ser. Es desde luego una metáfora, habitable en un sentido moral y, en tanto que se hace pública, política. Las calles se llenan de personas que hablan de sí mismas como analogía y metáfora. Es un yo que se lateraliza, pero protestado de frente y en contra de quienes no son como uno: Hollande, Netanyahu, Merkel no son Charlie, así como ni Peña ni Osorio son Ayotzinapa (y que no repitan su intento de contar porque, según está dispuesta la analogía, los ciudadanos somos la extensión de los normalistas, pero ellos extienden al Estado: ellos son Abarca y la policía).

Las clases políticas no pueden reconocer que el juego ya cambió y ya no representan a la ciudadanía sino al Estado. No son autoridad sino poder. Se les rompieron los dos conceptos básicos que los vinculaban con la ciudadanía. Los políticos, los partidos y los gobiernos desesperadamente buscan, pero no pueden hallar algo que ya no existe. No estaban preparados para un cuidado ecológico de las ideas y no se enteran de que la autoridad y la representación son especies que se extinguen en cuanto las toca el poder. Buscan purgas y limpias y, cada que lo intentan, terminan más manchados. Muchos se asustan ante el descrédito de las clases políticas y creen que la situación puede repararse y “volver” a un statu quo que conocen y en el que se sabían mover. Ojalá entendieran una cosa elemental: se puede reparar algo roto, no algo que ya no existe.

Quiero distinguir entre autoridad y poder, pese a que el diccionario de la RAE insiste torpemente en superponerlas y la clase política sigue creyendo que se dan en el mismo lugar. Poder tiene cualquier macaco armado, policía, narco; se confirma cuando alguien puede violar las reglas sin que nadie lo castigue; desde estacionarse en doble fila hasta ordenar la muerte de alguien. Lo tiene quien puede violar el orden simbólico. En cambio, la autoridad no puede ser descrita como un acto físico sino como un acuerdo simbólico. Por ejemplo: el diccionario de la RAE es una autoridad, pero carece de todo poder.

Visto desde la perspectiva ciudadana, debiera ser una gran noticia y una inmensa responsabilidad: el poder ya no tiene modo de vestirse de autoridad. El tejido social está roto. No lo van a reparar quienes no pueden ni salir a la calle sin resultar ridículos.