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Lunes , 10.12.2018 / 08:09 Hoy

Ricardo Anaya, del grafiti a las “tribus”

En su tesis-libro, el precandidato de Por México al Frente sorprende por la vasta investigación sobre la contracultura y las tribus urbanas.
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El libro, poco más grande que una mano abierta, sorprende por muchas razones: su temática, un prólogo de Carlos Monsiváis, la calidad de la investigación, su profusa bibliografía y hemerografía, sus múltiples testimonios transcritos, sus conclusiones, pero, sobre todo, por su autor: un aspirante a la Presidencia a quien es imposible relacionar con la contracultura.

El graffiti en México. ¿Arte o desastre?, editado en 2002 por la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ), es la versión comercial de la tesis El graffiti en México, sus causas, su naturaleza jurídica, la problemática social que engendra y lo que algunos han hecho intentando erradicarlo que ese año le dio el título de licenciado en Derecho por esa institución a Ricardo Anaya Cortés, entonces de 23 años, quien hasta diciembre pasado fue líder nacional del PAN y hoy es precandidato presidencial de una coalición partidista que puso al perredismo a su servicio.

El volumen rústico de 228 páginas, que 16 años después aún puede adquirirse por 100 pesos en su primera edición de 3 mil ejemplares en la librería de la UAQ, se divide en tres partes, más el prólogo de Monsiváis, uno de los más severos y persistentes críticos del PAN por el conservadurismo, puritanismo y homofobia que atribuía a militantes de este partido.

Cuenta con una sección de al menos 30 páginas de fotografías de grafitis y grafiteros de todo el país, un glosario y ocho páginas de bibliografía y fuentes de información, además de cientos de citas de pie de página.

Anaya, aspirante único a la candidatura de Por México al Frente, que agrupa por primera vez en la historia a PAN (derecha) y PRD y Movimiento Ciudadano (izquierda) en una coalición para elecciones presidenciales, a celebrarse el próximo 1 de julio, en su tesis-libro no solo se limita al enfoque jurídico del tema del grafiti, la mayor parte del volumen se apoya en la sociología, las artes gráficas, la contracultura, la música urbana, la historia y aun el periodismo.

En su tesis-libro, Anaya (Querétaro, 25 de febrero de 1979) desbanca mitos sobre los grafiteros, analiza las razones por las cuales se les vincula con la criminalidad y los deslinda en los hechos; explora su música, vestimenta, nombres y lenguaje como un forense a la víctima en una autopsia. Desestima los esfuerzos por erradicarlos o controlarlos y desmenuza el oportunismo político sobre ellos.

Marca la distancia entre tribus urbanas como cholos o chavos banda con los autores del grafiti; a estos últimos también los deslinda de ilícitos como el tráfico de drogas o la inseguridad. Analiza los valores éticos y estéticos de los grafitis y de sus autores, los taggers.

“Anaya es reportero, cronista y ensayista, porque así lo demanda la escasísima documentación sobre el tema. Recorre el país y la Ciudad de México y advierte lo evidente: la mexicanización del proceso de americanización”, escribe Monsiváis en su prólogo “El graffiti: la muy (secular) escritura en la pared”. “(…) Anaya ve en el estilo (de los grafiteros) ese momento en que el placazo regresa a sus autores convertido en algo parecido a la autobiografía visual”.

El cronista y autor de Amor perdido profundiza en los hallazgos de quien ya entonces era un cuadro juvenil panista en Querétaro: “En este movimiento del muralismo anónimo, los Diegos y los Siqueiros y los Orozcos despliegan a la vez su carencia de ambiciones de eternidad y su acatamiento de las reglas del juego. Al desentrañarlas, Anaya capta el extremo estilístico de un sector juvenil y también, más allá de los acercamientos sociológicos, observa los orígenes y el ritmo de desenvolvimiento de un fenómeno en primera y última instancia estético”, sostiene.

El graffiti en México… se centra en los vínculos entre las aspiraciones de belleza y la vida acosada y sin estímulo de los círculos de pobreza”, añade un Monsiváis curiosamente sin el humor, ni la ironía ni el sarcasmo que lo caracterizaron en toda su obra. Con Anaya sí fue serio.

“Anaya pertenece, y de modo muy eficaz, a la nueva generación de investigadores convencidos de la renovación perpetua de las ciudades y las megaciudades, y de la originalidad o al menos la inmensa vitalidad de los movimientos y las experimentaciones que se dan sin que lo advierta el mainstream, esa corriente central tan consagrada al asombro de enfrentarse a diario a lo mismo de idéntica manera. Su tema, el graffiti, es interesantísimo y ubicuo, expresa al mismo tiempo el respeto por la estética distinta y la falta de respeto por la propiedad privada; despliega el conocimiento instalado del diseño gráfico y se ufana del libre vuelo de las mitologías instantáneas; es constructivo y vandálico”, dice Monsiváis, fallecido en 2010, tres años antes de que Anaya se convirtiera en funcionario del gobierno de Felipe Calderón y en diputado federal.

Anaya cita lo mismo a Octavio Paz y José Agustín que a europeos y anglosajones, revistas y conferencias de contracultura, grabaciones y entrevistas. Curioso, jamás cita a Monsiváis.

Sorprende la vasta investigación del panista y su sensibilidad para analizar la contracultura y las tribus urbanas. Tal vez, solo tal vez, su tesis le haya servido para encantar a las tribus del PRD.

***

Sin ánimo de descontextualizar este libro, que no responde a la pregunta del título sino que deja al lector su conclusión, he aquí extractos al azar de El graffiti en México. ¿Arte o desastre? La tesis, de 134 páginas y registro 000136822 en la UAQ, no está por el momento disponible, pues el alma máter de Anaya está digitalizando su acervo de investigaciones.

“Quienes incursionan en la actividad de pintar graffiti suelen hacerlo en condiciones de ilegalidad, como búsqueda de nuevas experiencias que llegan a convertirse en aventuras sazonadas con un ingrediente muy sabroso: la prohibición”.

“Nos resulta verdaderamente complicado identificar una base ideológica bien definida, y compartida por quienes participan del fenómeno que abordamos. Identificamos, más bien, en sus actitudes y expresiones, una serie de lugares comunes: su aversión respecto de figuras que ejercen autoridad, tales como El Gobierno —al que reiteradamente tildan de maldito y corrupto—; o la policía —a la que suelen calificar tanto de inepta como de abusiva y de opresora—. En este sentido, abundan entre los taggers las anécdotas en que se colocan a sí mismos en el papel de mártires”.

“El reto a la autoridad es una constante actividad de estos escritores que oscilan entre la discreción y el descaro; burlar a las autoridades es fuente máxima de orgullo, y se observa en ellos cierta tendencia a magnificar los hechos adoptando, en ocasiones, posturas de hombres superdotados”.

“Los graffiteros suelen organizar grupos que comúnmente denominan crews”.

“Los crews, generalmente, son grupos de amigos sin una estructura jerárquica formal; su funcionamiento interno, en cuanto a la toma de decisiones, es, por tanto, parecido al de cualquier grupo similar. No podemos negar que existan liderazgos; sin embargo, son naturales. Es raro que un crew tenga un jefe, aunque es común que los jóvenes más hábiles para pintar, más atrevidos, más famosos, más inteligentes, tiendan a dominar el grupo, pero aun en estos supuestos, suele tratarse de una jefatura derivada de cierta autoridad moral sobre los demás, y no de un nombramiento formal. Estos liderazgos son evidentes, aun cuando a pregunta expresa sobre la conducción del grupo, los jóvenes frecuentemente se niegan a aceptar la existencia de jerarquías y dicen que el ambiente es democrático y que, por tanto, las decisiones son tomadas entre todos los miembros”.

“La integración de los crews suele responder al objetivo común de adquirir fama a través de la conquista de espacios públicos, bajo una perspectiva global, flexible y de mucha movilidad”.

“Aunque hay crews con muy altos niveles de integración entre sus miembros, la individualidad suele pesar mucho más que la colectividad; es más importante la fama que se logra de manera individual que el reconocimiento colectivo a través del crew”.

“A diferencia de lo que ocurre en las tradicionales bandas juveniles, los graffiteros frecuentemente cambian de crew, a tal grado que es poco usual que un joven haya pertenecido a uno solo; pueden también pertenecer a varios de manera simultánea, es por ello que repetidamente observamos piezas en las que, aunque firma un solo graffitero, aparecen los nombres de varios crews”.

“Cuando un graffitero es destacado, ya sea por la calidad de sus murales o lo recurrente de sus pintas ilegales, suele ser invitado a pertenecer a otros crews, sin que ello implique necesariamente el abandono del grupo al que ya pertenecía. (Algo así como los doctorados honoris causa)”.

“Quienes pintan, emergidos fundamentalmente de sectores populares de las grandes ciudades, han coexistido desde los inicios del fenómeno y hasta la actualidad, con las tradicionales bandas, pandillas o gangas; compartieron su rebeldía, pero desaprobaron su hermetismo y agresividad. Manifestaron dicha rebeldía en un movimiento que, en buena medida, sustituyó la impenetrabilidad por la apertura; la reserva, por la comunicación; la violencia física por la concordia, o como ellos mismos dicen, por el relax; el anquilosamiento en el barrio o en la esquina por el dinamismo y la movilidad por toda la ciudad”.

“Otra característica distintiva, y quizá la más peculiar e insigne, es el egocentrismo, casi un sello de autenticidad de los miembros del movimiento. Semejante egomanía se encarna tanto en la placa como en el objetivo de los esfuerzos: la perseguida fama personal”.

“Su mensaje es paradójico. Tiene como elemento central su propia identificación, al mismo tiempo que no está diseñado para ser reconocido por cualquiera. Es deseo del tagger que la sociedad entera lo identifique, aunque solo sea parcialmente, a través de su seudónimo; pero la identidad, la persona con nombre y apellido que se debate entre la fama y la ilegalidad, está reservada para sus correligionarios de movimiento”.

“El tagger que ha alcanzado altos grados de difusión social, a través de la máscara de su placa, experimenta la angustia de Clark Kent, quien presencia la admiración y elogios que la gente expresa respecto de Superman, sin poder desbordar su vanidad y ansia de reconocimiento; sin embargo, si bien se muestran tímidos al inicio de una conversación, pocos estímulos son suficientes para que la vanidad que caracteriza al movimiento salga a flote; sabedores de la ilegalidad de sus actos, temen el castigo, pero al sentirse medianamente seguros, suelen disfrutar la narración de sus aventuras”.

“No dudamos de que algunos taggers estén motivados por una venganza contra el gobierno, que otros tengan como objetivos molestar a una persona determinada, algunos busquen el menoscabo patrimonial de los ricos, o, inclusive, que prefieran marcar su propia colonia o barrio. Sin embargo, nos atrevemos a sostener que los motivos mencionados, de manera directa, son causa de tan solo una minoría de los actos imputables a los taggers”.

“Sería una visión muy simplista pretender catalogar a todas las personas en unas cuantas corrientes o identidades. Una persona es mucho más que tagger, hippie, chavo banda o cholo. El objetivo de lo expuesto es, simplemente, afirmar que a quienes comúnmente se denomina chavos banda o rockers no son responsables de la invasión de garabatos, principalmente desde finales de la década de los 90, en las paredes de las grandes urbes del país”.

Chacal es una de las palabras más típicas del vocabulario de los taggers del centro del país, y aunque no es del todo original, fue retomada con desenfreno en el marco del movimiento que engloba a taggers, skates y skaceros (…) Dicho vocablo es empleado con diversos significados y abarca casi todo lo que en el movimiento graffitero se considera negativo”.

“Nos referiremos ahora al término naco. Es curioso que, a veces, tenemos la percepción de estar subiendo por el simple hecho de ir aplastando a los demás. Buscamos, en los hábitos y actitudes de los otros, pretextos para sostener que son diferentes a nosotros, y por ese simple hecho nos damos el lujo de catalogarles como chacales o nacos. Lo cómico del asunto es que siempre que consideramos a alguien naco o chacal, a su vez otra persona nos estará calificando de la misma manera”.

“(…) se juzga naco al que lee Juventud en éxtasis, compra la serie de videos El ser excelente y es fanático de Arjona (tres síntomas de pocos conocimientos adquiridos)”.

“(…) podemos reconocer que muchas pandillas juveniles han estado inmiscuidas en actividades relacionadas con pleitos, robos y otros hechos ilícitos que incluyen la distribución de drogas, mientras que los crews suelen limitar su trasgresión de la ley pintando. Si bien es cierto que algunos jóvenes que pintan consumen drogas, casi nunca están involucrados en tareas de su distribución y definitivamente no es una práctica usual, el pintar graffiti, mientras se consumen”.

“Intentaremos explicar la relación del graffiti con el hip-hop, el ska, las patinetas y la peculiar facha propia de los graffiteros, que casi invariablemente incluye, entre muchos otros elementos, los pantalones holgados. Buscaremos demostrar que, con excepción del hip-hop, la relación del graffiti con los otros elementos no es de origen, sino producto de algunas coincidencias registradas en México”.

“A pesar de que la mayoría de las grandes urbes del mundo están invadidas de graffiti, es sorprendente el hecho de que pocos ciudadanos hayan presenciado el momento en que un tagger está poniendo su placa. Se observa graffiti hasta el cansancio, pero casi nunca se sorprende al autor en flagrancia. El anonimato y la reserva son, pues, parte fundamental de esta actividad; esta clandestinidad nos mueve a diversas reflexiones: el tagger disfruta infringiendo la norma. Es evidente que la prohibición lo motiva, es una irresistible tentación; sin embargo, no confronta directamente al propietario del objeto pintado. No se enfrenta abiertamente a la sociedad ni a las autoridades”.

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