CRÓNICA | POR VÍCTOR HUGO MICHEL

La sesión, entre la furia y los apapachos

Senado

Luego de la aprobación de la iniciativa energética en el Senado, panistas y priistas estaban de fiesta, contrario a los de la izquierda; sin embargo, había un tricolor que no se tomó fotos ni recibió abrazos: Carlos Romero Deschamps.

Ciudad de México

Cuando todo ya se había consumado, Manuel Bartlett se irguió con furia en la tribuna, moviendo el dedo como un viejo profesor presto a regañar a un grupo de alumnos particularmente rijosos que amenazaban con salirse de control.

“¡Esta reforma es una trampa!”, reclamó al pleno, aunque en realidad a esas alturas de la noche del martes pocos le estaban prestando atención, ocupados como estaban los senadores del PRI, PVEM y el PAN en celebrar la victoria en la que quizá sea recordada como la batalla legislativa más importante de las últimas tres generaciones.

“La reforma no va a funcionar…”, reiteró airado. Habían pasado unos cuantos minutos desde que a las 23:50 se contabilizó en el tablero electrónico el voto -95 a 28- que cimentaba la aprobación en lo general de la reforma energética.  Faltaban las reservas y varias horas de debate en lo particular, pero el más difícil escollo había sido por fin sorteado. Habría reforma.

El ex secretario de Gobernación fue el primer orador al que tocó subir a tribuna cuando la reforma energética se había concretado y las bancadas panista, priista y verde devenían en alegre coro de risas y aplausos sin disimulo. Le tocó la nada agradable tarea de encarar la alegría del bando contrario y de poner rostro a la consumación de una derrota, que si bien estaba cantada, evidentemente dolió en la izquierda, con Dolores Padierna y Manuel Camacho Solís frunciendo los ceños, Ana Gabriela Guevara enojadísima y Alejandro Encinas moviendo la cabeza ligeramente hacia los lados, en señal de molestia.

Bartlett insistía con una voz que progresivamente se iba apagando: “Va a crear enormes problemas…” La verdad es que podía haberle estado hablando a una pared y cuando terminó su intervención, segundos después, pasó desapercibido para todos, excepto por la izquierda. Porque del otro lado del pleno, saltándose líneas partidistas, el júbilo estaba a la vista y no daba espacio a ningún discurso que agriara el momento. Es una instantánea que dice mucho: panistas y priistas dejaron de lado diferencias y se felicitaron por igual. Emilio Gamboa y David Penchyna, los hombres de la noche, arquitectos ambos de esta reforma, se abrazaron, dándose algunas palmadas en la espalda. Ernesto Cordero sonrió y estrechó la mano de Salvador Vega Casillas, que a su vez dio un abrazo a Javier Lozano, que después dio un apretón de manos a Jorge Lavalle, que saludó con un beso en la mejilla a Diva Gastélum y que en su turno regresó a darle un abrazo a Gamboa, que ya se dirigía a saludar a Pablo Escudero y a Ninfa Salinas. A así, azules, verdes y tricolores juntitos, contentos, de la mano.

Años atrás, probablemente aquí habría habido una roqueseñal. Esta generación fue un poco más cauta, pero no por eso estuvo apenada en celebrar su triunfo. Fueron cinco, seis minutos ininterrumpidos de abrazos, flashazos, de tomarse fotos con los celulares, de captar el momento en el que aprobaron una reforma que hasta hace unas semanas parecía dificilísima de sacar adelante. Era una escena que bien podría haberse complementado con algunas botellas de champaña, dado el encendido ánimo festivo.

En el PRI no todo era alegría, por supuesto. Un hombre no estaba en los festejos. Carlos Romeros Deschamps votó a favor de la reforma y después salió para ir al baño.  No hubo abrazos o fotografías del recuerdo para el hombre fuerte de los petroleros.

No fue su único momento incómodo. A lo largo del día fue posible ver al líder sindical deambular por el pleno del Senado como perdido, cambiándose una y otra vez de asiento. Por la tarde se confirmó una noticia que debió caerle de peso: el sindicato de trabajadores petroleros fue expulsado del Consejo de Administración de Pemex con la venia de su partido, el PRI, que accedió a sacrificarle para amarrar los votos del PAN.

Antes de la votación, varios de sus compañeros se acercaron a darle palmadas en la espalda. Si eran de apoyo o pésame, queda abierto a la interpretación del lector.