CRÓNICA | POR JUAN PABLO BECERRA-ACOSTA M.

"Otra historia hubiera sido con López Obrador"

Cercos en el Senado y en San Lázaro

Maestros de la CNTE y simpatizantes de Morena trasladan su protesta hacia las inmediaciones del Palacio de San Lázaro.

Ciudad de México

Estaban —decían— de luto. Y estaban —se veía— enojados. Enlutados y furiosos. Y lo peor, yacían —se leía y comentaban— en la orfandad, sin su Pejeman (el convaleciente Andrés Manuel López Obrador) que los guiara en sus cercos del Senado y la Cámara de Diputados contra la reforma energética...

¿Derrotados? Pues sí, algo derrotados nos sentimos.

Una mujer joven y ataviada de negro, según ella perteneciente al movimiento #YoSoy132, aunque tenía más aspecto (por su edad) de ser maestra, arrastraba por Reforma un arreglo florar blanco y en forma de cruz. Colocaba las flores fúnebres ante las vallas metálicas policiales ubicadas en esa avenida, justo frente al Senado, donde unos 500 miembros de la CNTE y algunas decenas de militantes de Morena vivían su reciente duelo: poco después de las 10:40 de la mañana los legisladores del PRI y del PAN les acababan de aprobar la reforma energética contra la que luchaban. Tenían los rostros desencajados, abatidos, derrotados...

"¿Derrotados? Pues sí, algo derrotados nos sentimos", reconocía un joven simpatizante de Morena, el movimiento presidido por Martí Batres. Derrotados. Y huérfanos: alguien había plasmado en una de las vallas su orfandad a través de una pinta, de un grafiti desesperado:

"¡Andrés Manuel, recupérate, te necesitamos!"

Otro hombre, cuarentón él, maestro, discurría:

"Claro que nos hizo falta, se necesita un líder como él, ¡vea!", señalaba hacia la poca gente congregada ahí. Les hacía falta su héroe, su Pejeman ausente, como alguien ilustraba en otra valla:

"AMLOMAN, corazón mejorado a prueba de fraudes hecho con el cobalto que andaba desaparecido; resistente a las presiones altas que le generan las reformas; fortaleza para construir kilómetros de vallas por minuto; aguante máximo para mítines y marchas", se leía en una manta a color adornada con el rostro de López Obrador, quien ahí, en la caricatura, contaba con un corazón nuevo similar al del personaje de comic Iron Man .

Cerco enlutado. Cerco huérfano. Cerco de frustración, que por momentos derivaba en pequeñas muestras de furia: a partir de las 12:00 horas algunos cuantos maestros descargaban su enojo, su rencor, contra las vallas de acero: con tubos, con piedras, a patadas arremetían contra el muro grisáceo colocado ante el Senado que era custodiado por decenas de policías. Un hombre robusto, panzón, maestro con gorra verde olivo tipo guerrillero, cogía una roca con los dedos de la mano derecha y amagaba una y otra vez con lanzársela a un grupo de granaderos que estaba cerca de los miembros de la CNTE, a unos tres metros, fuera de las vallas. Los policías se ciscaban y el maestro se carcajeaba.

— ¿Se las va a aventar o no? —se le preguntaba.

—Naaa, nomás es para bajarles o subirles la presión. Ellos no tienen la culpa, son perros que obedecen... —decía y se carcajeaba.

Fenecía el cerco al Senado. Batres había ordenado que su gente se trasladara hacia San Lázaro, a la Cámara de Diputados, lugar a donde se dirigía la recién aprobada reforma. Y justo ahí, en la Avenida Eduardo Molina esquina con Emiliano Zapato, junto a un puente peatonal por donde presuntos simpatizantes de Morena intentaron colarse hacia el Palacio Legislativo, se producía el único incidente: un conato de enfrentamiento entre una veintena de policías y una treintena de morenos, que se solventaba con unos cuantos botellazos de plástico, empujones, dos y tres puñetazos, pataditas, y una ronda de gases...

Nomás es para bajarles o subirles la presión.

Nada más. Escasa gente en la calle para apoyar las protestas. Por megáfono los inconformes pedían, casi suplicaban en las salidas de la estación de autobuses TAPO que se sumaran los transeúntes a su lucha, pero no, los ignoraban, los miraban con cierto enojo por los bloqueos de la zona. Una maestra en sus años sesenta, poblana, universitaria —presumía— intentaba explicar en vano que eran los policías los que cercaban el lugar, no los opositores.

Nada. Los cercadores se quedaban ahí, solos, en su luto petrolero. Y peor, en la orfandad de su Pejeman.

"Si hubiera estado Obrador, otra historia hubieran sido nuestras movilizaciones", bisbiseaba un abuelo que golpeaba con escasa fuerza las vallas metálicas asido de una piedrita...