En paz, pero con mentadas y coros futboleros [crónica]

Cientos de policías federales y del DF resguardaron no solo la Plaza de la Constitución, sino las calles adyacentes.
El festejo estuvo pasado por agua.
El festejo estuvo pasado por agua. (Mónica González)

México

Todo en paz. Grito en paz.

Y cómo no, si cientos y cientos de policías federales y capitalinos resguardaban no solo el Zócalo de la Ciudad de México, sino las calles adyacentes a la Plaza de la Constitución. Los filtros de seguridad eran muy estrictos. Por ejemplo, los arcos detectores de metal en 20 de Noviembre, para entrar de frente al Zócalo directo con vista a la Catedral, provocaban larguísimas filas hasta de tres cuadras pasadas las diez de la noche. Nadie se escapaba de las revisiones minuciosas de los efectivos del Estado Mayor Presidencial.

Normal. Era el Grito luego del desalojo de los maestros de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación y el gobierno federal no dejaba nada al azar que tuviera que ver con la seguridad. Decenas y decenas de soldados del Estado Mayor Presidencial vestidos de civil se mezclaban entre la gente. Lo mismo hacían los federales. No se metían con la gente, pero observaban los rostros de los ciudadanos, escrutaban sus gestos, sus compañías. Mientras más cercana estuviera la raza a Palacio Nacional, la vigilancia era más detallada. Los efectivos se concentraban en jóvenes y en hombres treintañeros y en sus años cuarentas que iban solos.

Desde los techos de Palacio Nacional eran apoyados por gigantescos reflectores que recorrían las zonas más cercanas al balcón presidencial: iluminaban con potentes destellos de luz a la gente que por ahí andaba. Los francotiradores de cada año en la azotea no faltaron con sus miras telescópicas.

Pero bueno, nada ocurrió. Ningún incidente de violencia. La llamada plancha del Zócalo no estaba repleta. Había mucha gente, pero no estaba atascada: tenía muchos claros que dejaban los grupos de ciudadanos.

Eso sí, lo que no pudieron evitar los guardias del Estado fueron las mentadas de madre que decenas le profirieron a Enrique Peña Nieto en cuanto se asomó por el balcón presidencial y antes de que hiciera tañer la Campana de Dolores y que pronunciara el tradicional Grito de Independencia. Empezaron a sonar cantos, llamémosles de índole futbolera: “¡Culeeero! ¡Culeeero!”. No se generalizó el coro, que fusionó con algunos iracundos “vivas” a los maestros, y ahí quedó todo lo que tuvo que ver con la protesta.

Algunos chavos intentaron emular lo ocurrido con Felipe Calderón, que lo alumbraban con rayos laser verdes en el rostro, pero tampoco tuvieron gran éxito.

Los demás, la gozaron. Gozaron la música, por ejemplo de Juan Gabriel, que cantó antes de que llegara el Presidente a gritar. Miles de familias acudieron con sus hijos, incluso pequeñísimos, en carriolas y en brazos, se pusieron máscaras y pelucas tricolores, se pintaron el rostro de verde, blanco y rojo, tocaron sus cornetas y gozaron el impresionante espectáculo de fuegos artificiales.

Grito en paz. Salvo por las mentadas y los coros, digamos que futboleros.