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Jueves , 20.09.2018 / 16:27 Hoy

“¿Para anular mi voto tengo que tachar toda la boleta?”

Durante un itinerario por varias casillas de la capital fue evidente la apatía de los ciudananos para sufragar; en otras hubo problemas para la instalación de las urnas y en otras más la gente se pronunció abiertamente por invalidar la boleta.

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Lentos y en forma distanciada llegaban los ciudadanos a votar, sin que se formaran grandes hileras ni se reportaran problemas graves; sí, en cambio, se percibía cierto retraso en la apertura de casillas, sin que obstaculizaran mayormente la jornada electoral en el DF, donde algunos dirigentes partidistas y candidatos dejarían pasar las horas para adelantarse y anunciar presuntos triunfos de sus candidatos.

Hubo concurrentes que pedían asesoría de cómo podían anular sus votos, con lo que metían en un brete a funcionarios de casillas, quienes se miraban entre sí. En los cursos de capacitación les habían comentado que cualquier tachadura colocada en el recuadro de los partidos, sea lo que fuere, contaba como voto, pero nunca qué responder a las personas que hicieran ese tipo de preguntas.

De las “incidencias”, el procurador Rodolfo Ríos se anticipó a declarar que había 102 denuncias, “de las cuales 19 corresponden a lo que es un delito electoral; las restantes, delitos del fuero común, como lesiones, amenazas y robo, que no tienen que ver necesariamente con un delito electoral, aunque sí con el proceso”. Los hechos ocurrieron en las delegaciones Cuajimalpa e Iztacalco.

Temprano abrieron algunas casillas y poco era el arribo de votantes. Es lo que sucedió en los Pedregales de Coyacán, entre otras zonas, “un distrito muy generoso que normalmente da muchos votos durante los comicios”, decía un vecino. “Solo éramos una señora y yo”, agregó el hombre, mientras comentaba de manera jocosa el marcador 2-0 en el juego Brasil-México, “para que se aliviane El Piojo”.

Lejos de ahí, en el número 40 de la calle de Liverpool, colonia Juárez, delegación Cuauhtémoc, la llegada de electores también se percibía escasa y lenta en ambas casillas, básica y contigua. Eran las 16:00 horas. De una lista nominal de mil 300, apenas habían llegado 600 votantes.

Aquí la jornada empezó con retraso, pues el presidente de una casilla solo llegó a dejar la papelería y se fue, ya que su papá, dijo, estaba en el hospital, donde él había permanecido toda la noche en vela.

—Llegó y echó la papelería —dijo en broma una funcionaria, quien argumentó que por ese motivo abrieron tarde.

—¿Solo por eso?

—Pues sí, porque se tuvieron que recorrer los nombramientos y en el lugar del que se fue quedó el primer secretario, una mujer, que se puso muy nerviosa, ya que el conteo duró tres horas, pues nos hizo repetir.

En esa casilla, donde la lista nominal fue de 635 nombres, solo 245 personas se presentaron a votar, una cifra similar a la contigua, mientras que el proceder de algunos votantes fue un poco singular, como el caso de un individuo que frisaba los 35 años, quien, presto, colocó las boletas en la mesa de los funcionarios.

—Allá está la casilla —le aclararon.

—¿Pero para qué —respondió mientras dibujaba un letrero —, si aquí mismo puedo anular mi voto?

Una anciana se apersonó y proporcionó su credencial de elector; a cambio le dieron las boletas, con el logotipo de cada partido y los nombres de diputados federales, asambleístas y delegados. Recorrió con su mirada a los funcionarios y preguntó:

—¿Para anularlo lo tengo que tachar todo, verdad?

Y garabateó.

Uno de los funcionarios de la casilla, que había cumplido con la responsabilidad de estar ahí, también ejerció su derecho de abstenerse. Siempre había votado, pero esta vez no lo haría, y su argumento fue sencillo: no hay alternativas.

Empleados del Instituto Nacional Electoral, mientras tanto, obstruían las casillas de cartón, pues trataban de montar una lona en el patio de la escuela secundaria, con la intención de tapar la lluvia que nunca llegó.

Cerca de ahí, en la escuela secundaria ubicada Arcos de Belén número número 82, colonia Doctores, había mil 200 nombres en la lista nominal de dos casillas; pero, según calculó de un observador electoral, solo llegaron entre 40 y 45 por ciento.

En el momento que los relojes marcaron las 18:00, horas del cierre, fue recorrido el portón de metal y ya nadie más podía entrar. Dos votantes llegaron en tropel y casi chocaron los gruesos fierros.

—Chale, por un segundo —dijo uno de ellos

—¿Ya no se puede? —preguntó el otro.

—No —respondió el presidente de la mesa.

—¿De dónde vienen?

—Del trabajo.

Y se volvieron.

Desconsolados.

Otras dos personas se quedaron agarrados de los barrotes metálicos, entre éstas una anciana, quien a duras penas había subido las escaleras del Metro.

—¿Ya no?

—Ya no.

—¿No que iban a cerrar a las ocho de la noche? —comentó, se dio la vuelta y se agarró del borde de una de las entradas de la estación Balderas.

—No, fue a las seis.

Los funcionarios de las dos casillas, cada quien por su lado, iniciaban la cuenta regresiva y, ante la mirada escrutadora de tres observadores tailandeses, que no dejaban de enfocar sus cámaras y de observar, blandían las boletas y cantaban:

—¡Morena!

—¡Humanista!

—¡Morena!

—¡Nueva Alianza!

—¡Morena!

—¡PAN!

—¡Morena!

—¡Verde-PRI!

—¡Morena!

—PAN, Humanista, PRD, Ciudadano.

—Ese tiene la palabra ‘ratero’— dijo una de las escrutadora y colocó la boleta en el montoncito de los votos nulos, que eran varios.

—Ese sí vale, ¿no?

—No.

—¿Por qué?

—Porque decía ‘ratero’ en todos los partidos.

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