El panteón de migrantes anónimos

El gobierno local paga hasta dos mil dólares para la sepultura a los viajeros. Se calcula que entre 2009 y 2013 se han gastado 628 mil dólares en estos entierros.

Falfurrias, Texas

Falfurrias, Texas, es un pueblo de poco menos de cinco mil habitantes (4,981, según el Censo del 2010). Es de los lugares más pobres de Estados Unidos: Brooks, su condado, ocupa el sitio 30 entre más de tres mil condados que hay en este país, con un ingreso per cápita de $10 mil 234 dólares anuales. Y aquí, a 138 kilómetros al norte de la frontera de Tamaulipas, es donde, desde hace más de 20 años, los ciudadanos y las autoridades del lugar decidieron enterrar a los migrantes centroamericanos y mexicanos desconocidos, anónimos, que mueren en los alrededores: luego de que son abandonados por traficantes de indocumentados, hombres, mujeres y niños perecen debido a las altas temperaturas, o por ataques de animales salvajes, como coyotes.

Falfurrias paga hasta dos mil dólares a un par de funerarias locales para que den sepultura a estas personas. El Departamento del sheriff calcula que entre 2009 y 2013 ha gastado 628 mil dólares en estos entierros, fondos que ya pidió al Congreso de Estados Unidos para que se los reponga.

Estos migrantes anónimos son sepultados en el cementerio hispano del Sagrado Corazón, en tumbas sobre las cuales colocan pequeñas plaquitas de metal en las que se lee: “Hombre desconocido”, o “Mujer desconocida”. También, en ocasiones, instalan placas grisáceas con la leyenda “Restos desconocidos”, debido a que el estado de deterioro en que fueron hallados los restos humanos impidió saber si se trataba de un hombre o una mujer. Otras veces los sepultureros usan la denominación más usual entre los estadunidenses para referirse a quienes perecen sin que se sepa su identidad: “John Doe”. En unas cuantas de estas lápidas delgaditas, de milímetros de grosor, se ubica el lugar donde fueron hallados los restos: “King Ranch”, o “Laborsitas Creek”, por ejemplo. 

La ilusión de conseguir una mejor vida en Texas de cientos y cientos de centroamericanos y mexicanos se desvanece así, dramáticamente, en tumbas señaladas con fríos números de expedientes, las cuales son adornadas con flores de plástico amarillas, rojas, azules, rosas y lilas. En algunos de los sepulcros los lugareños colocan muñequitos de trapo en un afán de darle calidez a la última  morada de los temerarios viajeros.

El sueño americano de otros cientos de migrantes ha concluido con una pesadilla mortuoria peor: tanto en el transcurso del año pasado como durante este año, antropólogos forenses de Minneapolis y de la Universidad de Baylor en Waco hallaron dos fosas comunes en el panteón, una con 110 cuerpos y otra con 52. Había restos metidos en bolsas y cuerpos apilados uno arriba de otro. Se está investigando el asunto que causó conmoción en medios no solo tejanos, sino nacionales. En un principio se culpó a una de las funerarias, la Del Angel Howard-Williams, pero esta negó una y otra vez las acusaciones de falta de ética para enterrar los cadáveres.

El chief deputy del Departamento del sheriff de Brooks, Benny Martínez, dice a MILENIO que los Rangers ya investigaron el caso y que de parte de la funeraria no hubo ningún trabajo incorrecto:

“El resultado de eso es que no hubo nada mal en lo que se hizo. Todas las personas tenían su propio ataúd, estaban en orden y todo estaba marcado como se debía. El problema es porque muchos cuerpos estaban enterrados bajo un tanque de agua y eso pudo dispersar los restos. La investigación ya se terminó y no va a haber cargos contra la funeraria. Todo se hizo como debía hacerse de acuerdo con lo que es un entierro y de con acuerdo a la ley.”

Sin embargo, tanto entre los investigadores forenses citados como entre las organizaciones de derechos humanos locales hay escepticismo al respecto, según sus declaraciones a la prensa estadunidense. Fuera de cámaras, ciudadanos de Falfurrias apuntan a que todo pudo ser obra del crimen organizado, que ya tiene fuerte presencia en el lugar. Y pueden estar en lo correcto: los grupos de polleros que internan a los migrantes en el norte del país suelen recogerlos en los alrededores de la tienda Wall Mart, pero, sobre todo… al lado del panteón donde yacen los migrantes anónimos, justo ahí, entre los matorrales. Y esta gente no solo trafica con personas…

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Durante el par de horas que MILENIO grabó en el lugar, varias camionetas de lujo se acercaron a recorrer el sitio, los andadores vehiculares del cementerio. En cuanto veían las cámaras, se escondían, metían reversa y luego se alejaban. Todas, excepto una, de la cual descendieron dos hombres, uno de alrededor de 30 años, y otro cuarentón, ambos robustos con brazos y cuellos tatuados. El más joven usaba corte de pelo a casquete corto, el más viejo barba y melena. De inmediato quisieron saber qué tipo de reportaje hacíamos. Cuando se les invitó para hablar acerca de la bondad del condado para enterrar a los migrantes anónimos, se negaron…

—Si yo salgo en la tele de México, viene el cártel y me mata, man… —fue el argumento irrefutable y elocuente del más viejo.

La presencia de los criminales ya causó una desgracia hace unas semanas: durante una persecución vehicular, de esas como película de Hollywood, un delincuente fue a estrellar su camioneta en la casa de madera donde dormía la ciudadana Bertha Ríos. El lugar, en medio de una colonia humilde, luce destrozado por el impacto. La mujer murió.          

El chief deputy del sheriff recuerda el caso y es más que explícito…

—Cosas así siempre pasan (lo de la mujer embestida y aplastada). Estamos hablando ahorita de los cuerpos de los migrantes, pero otro tema es toda la mariguana que está pasando por los ranchos. Hay mucha pasando por los ranchos…

—¿Muchos kilos?

—Sí, muchos kilos. Arriba de 200 kilos, fácil.

—¿Cada cuándo?

—Casi una vez por semana…

Y narra que los traficantes obligan a los migrantes a actuar como mulas

—Hace unas tres semanas, o cuatro semanas, recogimos un cuerpo que estaba vivo, pero fue violado por la gente que traía la mariguana, porque él ya no podía con el paquete. Era un hombre. Ellos, los migrantes, cargan paquetes de mariguana de 40 libras (más de 18 kilos). Así, como uno carga un back pack. Solo que él ya estaba cansado y fue golpeado, porque ya no podía continuar la andada. Cosas así pasan aquí en el monte…

El mando policial hace un ejercicio aritmético con este reportero. Tomamos como base la actual crisis humanitaria de los niños migrantes. Hasta el momento 57 mil menores han cruzado la frontera y han sido detenidos. El chief deputy avala usar una cifra conservadora del mercado criminal: 4 mil dólares por niño cobran los traficantes.  Su negocio en esta crisis fue de 228 millones de dólares. “Gran negocio”, dice. “Y es un número muy conservador”, añade.  

Como sea, en Falfurrias los delincuentes ya lavan dinero: han abierto decenas de pequeños casinos ilegales en una zona que ya le llaman Little Las Vegas y a cuyas puertas se agolpan decenas de coches. Adentro, gastan su dinero jóvenes, adultos maduros, y hasta viejitas que solían gustar del bingo. “¿Ha pensado dónde va el dinero del tráfico? La mitad está allá, del otro lado de la frontera, pero, ¿el resto? El resto está aquí…”, concluye Benny Martínez. 

De cualquier manera, tanto él como los lugareños entrevistados afirman que seguirán haciendo lo suyo: enterrar los cuerpos de los migrantes desconocidos y ponerles sus placas de metal con el nombre de John Doe y un número cualquiera de expediente. Así, así termina el sueño americano de cientos de ellos: en tumbas anónimas…