Una orden presidencial: ganar por decreto

"Traigan ese trofeo de regreso a nuestro país”, les dijo, como ordenando. Nada de jugar con dignidad y con ganas, como pidieron otros tres presidentes antes.
El presidente Enrique Peña Nieto alentó a los seleccionados nacionales a escribir una nueva historia en la fase final de la Copa del Mundo de Brasil 2014.
El presidente Enrique Peña Nieto alentó a los seleccionados nacionales a escribir una nueva historia en la fase final de la Copa del Mundo de Brasil 2014. (Presidencia)

Ciudad de México

Poder, futbol y la Copa del Mundo. A cada presidente mexicano llega el turno futbolero al menos una vez en su sexenio. Carlos Salinas de Gortari gustaba de posar para las cámaras echando penalties con Jorge Campos en una portería improvisada sobre los jardines de Los Pinos. Invitaba a la selección cada que podía a la residencia presidencial: al menos dos veces en ese 1994 del levantamiento zapatista y asesinato de Luis Donaldo Colosio.

Ernesto Zedillo hizo de los partidos instrumento de comunicación y ocasión para cadena nacional. En 1998 pidió a los jugadores que “sacaran la garra” y cuando empataron a 2 con Holanda llamó junto con su esposa al director técnico por teléfono para festejar en público y por televisión el día de victoria (se calificaba a la siguiente ronda). Poco habitual, Vicente Fox abanderó a dos selecciones –la de 2002 y de 2006, esta última en plena campaña electoral—y a las dos les pidió jugar “con el alma”. El alma no les alcanzó: a las dos vio eliminadas frustrantemente por estadounidenses y argentinos desde su despacho.

Para 2010 Felipe Calderón nombró a los jugadores “embajadores” que debían llevar “en su sangre, en su fuerza, en su espíritu lo que México ha sido, lo que México es y lo que México será”, un mensaje sentimental y metafísico que en esencia evocaba la arenga con la que la primera selección mexicana, en Uruguay 1930, salió a la cancha para jugar contra Francia. El mensaje no era de un presidente, sino de su entrenador, el español Luque de Serralonga:

“Solamente tengan presente la palabra México, porque es por lo único que vamos a luchar”, les dijo. Acto seguido, rezaron a la Virgen de Guadalupe, recordaron la batalla del 5 de Mayo y entonaron el Himno Nacional, lo que llevó a que el masajista, un argentino de apellido Tramaglia, le espetara: “¡Qué macana, che! No los llevas a la guerra, no es más que un match de futbol”.

Pero 70 años después seguimos equiparando al futbol con la épica nacional. Ayer, como si se les enviara a esa guerra que nunca ocurre más que en la cancha, se repitió el ritual. El ceremonial que al menos desde 1994 cada 4 años lleva a que 23 hombres del equipo nacional se pongan en manos del mandatario en turno para un extraño sincretismo entre bendición personal y acto republicano.

El gobierno de Enrique Peña Nieto se abstuvo de recurrir al cliché de la garra, el coraje y otros lugares comunes. No les pidió sacar el alma. Pero sí sacó a relucir todo el simbolismo del Estado para convertir la ceremonia de abanderamiento en un acto de gobierno. Organizó la ceremonia en Palacio Nacional y no en los jardines de Los Pinos, en las escalinatas de la residencia Miguel Alemán, en donde se hizo desde el salinato.

Peña Nieto les dio una bandera. Y les hizo jurar ante ella, como si de funcionarios se tratase.

--¿Protestan honrar esta bandera? –preguntó el presidente.

--¡Sí, protestamos! –respondió Rafael Márquez al frente.

II

El escenario parecía dispuesto para un mensaje solemne, de Estado y gobierno. Y en sí, lo fue: todos los adornos del poder fueron desplegados en Palacio Nacional para una gala. En total: 200 invitados en un patio central adornado por 46 banderas, 94 músicos del Cuerpo de Guardias Presidenciales, 17 tambores, 20 flautistas, 32 coristas, 54 luces tipo estadio, 3 pantallas gigantes y 25 bocinas, todo bajo una carpa de 20 por 50 metros entre pilares forrados con el verde, blanco y rojo de la bandera mexicana.

Y en ese tablado propio de un Informe Presidencial, como si fuera un ministro más, Miguel el Piojo Herrera, justo debajo de un escudo gigante del águila devorando la serpiente, su 1.65 ubicado justo al lado del presidente, el secretario de Educación Pública, Emilio Chuayfett y el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong. A sus flancos, 23 jugadores, cuerpo técnico y otros funcionarios menores, como rindiendo cuentas a un público que de repente rompió en el grito de "¡México, México, México!".

Ese es el marco visual y simbólico que el presidente Enrique Peña Nieto eligió para dar su toque a 20 años de abanderamientos de selecciones mexicanas de futbol a punto de partir hacia una Copa del Mundo. Lejos de ser un acto de despedida, pareció una especie de unción hacia una prueba sobre la que dependiera la vida misma.

Y de paso, Peña Nieto elevó la vara: por decreto, les pidió ganar el mundial. “En febrero de este año estuvo aquí, en México, el trofeo de la Copa Mundial. El presidente de la República y todos los mexicanos confiamos para que el próximo 13 de julio (…) traigan ese trofeo de regreso a nuestro país”, les dijo, como ordenando. Nada de jugar con dignidad y con ganas, como pidieron otros tres presidentes antes.

La instrucción presidencial fue clara: traer el trofeo a casa. Si es realista, eso lo dirán las próximas semanas.