Un nuevo México político: el del ‘chill out’, el ‘cool’…

Adentro, todo fue calma y alegría. Los políticos se han quitado el estigma de la generación del fracaso que no aprobaba nada en el Congreso.

Ciudad de México

Son las 11:26. La hora de los abrazos y risas. Aquí están ya decenas de empresarios, de los más destacados del país, charlando de pie: Carlos Slim y su hijo, Carlos Slim Jr. Roberto Hernández. Emilio Azcárraga. Carlos Peralta. Es la zona VIP del patio central. Ahí, donde los políticos, especialmente los de corbata roja, los priistas, hacen su paseíllo. Los hay viejos, como Humberto Roque Villanueva, el de aquella Roqueseñal ante el aumento al IVA. O el inmortal líder ferrocarrilero, Víctor Flores, con sus lentes oscuros de siempre, esos de malo de la película. Es el mismísimo que podía aplacar a manotazos a las minorías legislativas en las épocas del priismo duro. Pero estos son tiempos de los priistas nuevos. Tiempos de gente como Emilio Gamboa, el reformador que es tan solicitado y abrazado como su par, Manlio Fabio Beltrones, quien no para de sonreír y palmear a quien se le acerque. Lo mismo hace César Camacho, el líder nacional de su partido.

Todo es calma y alegría aquí. Suena una música ambiental. Hay una suave voz femenina de fondo, con tintes casi operísticos. Este día el patio central de Palacio Nacional es como un lounge de moda, un lounge político lleno de cordialidad. Los políticos de hoy se han quitado el estigma de la generación del fracaso que no aprobaba nada en el Congreso y ahora, con sus reformas, son los padres de la política chill out. La política tersa, serena. Pero los más cool del antro político no son los priistas, son los de la izquierda que se suman al Día del Presidente. Miguel Ángel Mancera al frente. El mismísimo y cardenista jefe de Gobierno. Y Silvano Aureoles. Y Miguel Barbosa. Aquí están también. Platicando con el secretario de Hacienda, Luis Videgaray. Se abrazan efusivamente. Los gobernadores perredistas Graco Ramírez y Ángel Rivero, igual. Todos se han sumado al ágape discursivo del presidente de origen priista. Es el ambiente casi de levitaciones de nuestra política. Los tiempos de calles tranquilas y cero interrupciones.

12:02. El Presidente baja al patio central. Lo reciben a punta de aplausos. Él saluda a la bandera. Y agradece las palmas. Saluda a los perredistas Aureoles y Barbosa. Los llama, casi los jala, los presenta en sociedad a sus lados, para que todos les tomen fotos. Él, el Presidente de cuna priista, y los perredistas representantes del Senado y la Cámara Diputados. Todos juntos. Y entonces arrecian los aplausos. Serán los más fuertes aplausos del día. Dos minutos de aplausos al México cool de hoy, donde la oposición sonríe, agradece, y silba tersuras, no mentadas de madre…

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Eso, adentro. Afuera, el control era estricto y sincronizado alrededor del Zócalo, el cual fue convertido en un estacionamiento gigante para los invitados especiales. Un estacionamiento hasta con… una treintena de valet parkings con chalecos y todo. 

—¿Todo bien?

—Todo bien. Todos somos profesionales.

—¿Y quién los contrató?

—Una empresa —explicaba uno de los acomodadores de lujo, mismo hombre, quien, al igual que sus compañeros, lucía el logotipo de “Código Valet Parking”.

Sobre la bocacalle de Madero, esquina con avenida Plaza de la República, un orador, rodeado de escasos seguidores, lanzaba diatribas contra el jefe del Ejecutivo. Por ahí era normal la circulación de vehículos que procedía de 20 de Noviembre y avenida Monte de Piedad, rumbo a la calle de Brasil, pero más tarde aquella zona se convertiría en un embotellamiento, pues creció el número de carros estacionados en la llamada “plancha”, en especial saturada de lujosas camionetas blindadas. Finalizaba el mensaje presidencial. El movimiento de vehículos crecía. Funcionarios e invitados comenzaron a salir. Los choferes escuchaban las llamadas telefónicas de sus jefes y no sabían cómo maniobrar. Caos. Finalmente el gran estacionamiento improvisado se vaciaba. Arreciaban las críticas en redes sociales y el vocero presidencial, Eduardo Sánchez, tuiteaba: “El Gobierno de la República asume la responsabilidad y ofrece una disculpa por el incorrecto uso del Zócalo. Fue una decisión equivocada de quienes estaban a cargo del acomodo vehicular. Esta situación no se volverá a repetir”.

Pero bueno, estamos en tiempos del peace and love político, del yoga político. Como había ocurrido en Palacio Nacional…

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12:07. Arrancaba el mensaje del Presidente, que leía dos teleprompters, uno a la izquierda, otro a la derecha. Sus palabras eran acompañadas por vídeos proyectados en las pantallas gigantes. Peña Nieto literalmente aplaudía a los legisladores por aprobar sus reformas. Dejaba de hablar y les aplaudía. Luego las caricias eran para los gobernadores, a quienes alababa por trabajar juntos contra la delincuencia, a diferencia del sexenio anterior, cuando eran frecuentes los pleitos entre los gobiernos estatales y federal. Aplausos, aplausos y más aplausos entre unos y otros. Fueron 21 interrupciones al Presidente por las palmas. En 87 minutos de discurso, un promedio de una tanda de aplausos cada cuatro minutos (4.14). El rito de rendir tributo al monarca presidencial instalado de nuevo desde el año pasado (en 2013 hubo aplausos cada tres minutos). Y como estamos ya en el México político del chill out, los perredistas, sí, ellos también aplaudían y aplaudían al Presidente. Impensable hace unos cuantos años, en los tiempos en los que Andrés Manuel López Obrador mandaba aquí al lado, en el Zócalo. Ahí estaban, Mancera, Barbosa, Silvano, Graco, Aguirre, aplaude y aplaude al Presidente priista... Y los panistas también, como Gustavo Madero (sentado en primera fila), Diego Fernández de Cevallos, José González Morfin, Gabriela Cuevas. Y los gobernadores de Baja California, Kiko Vega, y de Puebla, Rafael Moreno Valle.

13:34. Termina. Abrazos de nuevo a los perredistas Barbosa y Silvano. Todos entonan el Himno Nacional. Y vuelve la música tipo lounge. Música oxigenada. Música para este nuevo México político en el que, durante el renovado Día del Presidente, todo es aplausos, abrazos, sonrisas. Todo es buena onda. Se baja el telón del segundo año peñanietista. El año de los políticos cool que no se pelean, porque son los políticos del chill out mexicano.