El periodista más brillante de su generación: Carlos Marín

Éticamente, lo más notable de Julio Scherer fue su honradez y la tenacidad con que trataba de verificar la información que le parecía poco confiable, resalta el comunicador.
“No encuentro quién pueda competir con él. Es enorme”.
“No encuentro quién pueda competir con él. Es enorme”. (Rogelio Cuéllar)

Con Julio Scherer sostuve conversaciones cotidianas que se prolongaban los fines de semana en su casa de Gabriel Mancera, durante 16 o 18 años. En su casa platicábamos, almorzábamos o comíamos lo que preparaba su esposa, Susana Ibarra, con sus hijos —tuvieron ocho—, que tenían atenciones cuasi familiares conmigo. Los sábados o domingos solíamos vernos en su casa y en dos o tres ocasiones hasta nos fuimos al cine o, entre semana, echábamos caminatas en las que teníamos conversaciones intensas alrededor de una manzana o de 10, según la importancia, la emotividad o la trascendencia de lo que hablábamos.

Le dije adiós cuando yo tenía 52 años. La nuestra fue una especie de ruptura familiar, lo cual —diría Leñero— es hasta evangélico. La familia es con quien haces la vida y yo hice 26 años de mi vida alrededor y con Julio Scherer, en un trato muy intenso.

La ruptura fue dolorosa; sin embargo, después restablecimos o remendamos como pudimos la relación en varios encuentros, memorables para mí. Uno de ellos fue en la boda de un amigo común en la que él y el ingeniero Carlos Slim fueron testigos, ahí estuvimos platicando él, dos de sus hijos, el ingeniero y yo, aproximadamente durante una hora u hora y media. La última vez que nos saludamos fue saliendo los dos del restaurante El Cardenal, en San Ángel. Eran encuentros en los que subyacía una relación no sé si solo cariñosa o inclusive amorosa.

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Para mí, Julio Scherer García es el periodista más brillante de su generación, no encuentro quién pueda competir con él; es enorme.

Cuando salimos de Excélsior casi 180 personas en solidaridad con él, después del golpe en su contra que el gobierno de Luis Echeverría maquinó y ejecutó, Carlos Fuentes publicó en El Sol de México un artículo titulado: "Julio Scherer, el Zarco del siglo XX". Recuerdo que me acerqué a don Julio y le pregunté qué le había parecido el texto, primero se desconcertó y luego me reviró: "¿Qué le parece a usted?". Le dije que me resultaba desagradable que lo compararan con un periodista de Estado, porque él era un periodista sin adjetivos. Eran, me parece, los mejores momentos en la vida profesional de Scherer, un reportero convulsivo, tenaz, que se supo acompañar de gente brillante entre la que estuvieron Leñero, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Carlos Monsiváis, Octavio Paz, Jorge Castañeda, Héctor Aguilar Camín, Ricardo Garibay, Heberto Castillo, Carlos Castillo Peraza y muchos otros.

Don Julio supo conjuntar muchas voces, grandes personajes, algunos de ellos inclusive poco afectos entre sí, pero la pluralidad que consiguió me parece uno de sus grandes aciertos. Él representaba el periodismo sin adjetivos, por eso no me gustó el texto de Fuentes, porque Scherer nunca se propuso atacar ni defender al Estado mexicano.

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Como director, a Julio Scherer le gustaba escuchar opiniones diversas y nunca, que yo recuerde, impuso nada que pareciera una orden de trabajo. Apostaba al convencimiento, al grado que en las juntas editoriales entre los seis que decidíamos los asuntos medulares de la revista, con uno que estuviera en desacuerdo con un verbo, un adjetivo, una preposición, seguíamos platicando. De tal manera que las reuniones podían ser lo mismo de cinco minutos que de dos horas o más, y cuando salía la revista era una especie de tanque blindado, porque no había ninguna voz disidente en el cuerpo directivo. Esto se debe a su inteligencia, a su astucia, al olfato que lo hizo tratar a tirios y troyanos, trabajar sin filias ni fobias, excepto la que dio origen al semanario: que era todo lo que tuviera que ver con Luis Echeverría. En este sentido, todos asumíamos que sí había una causa esencial y que Proceso había surgido para confrontar a los gobiernos autoritarios y represores como lo fue el de Echeverría y como en algún momento lo fue el de José López Portillo con Proceso cuando pergeñó la frase "No pago para que me peguen".

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Éticamente, lo más notable de Julio Scherer fue su honradez y la tenacidad con que trataba de verificar la información que le parecía poco confiable. Esa obsesión es, quizá, lo que más le aprendí, se lo reconozco y agradezco, porque hace que yo sea muy escéptico de casi cualquier cosa, para empezar de las que se me ocurren a mí. Me gusta poner en duda lo que dicen los reporteros o los editores, si me parece que no es muy sólido, aunque después sí lo sea, pero por lo pronto yo camino por el escepticismo tenaz de Julio Scherer.

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Como todo deceso de un personaje ilustre, la de don Julio es una pérdida lamentable. Él estaba retirado hace meses de cualquier asunto que tuviera que ver con el periodismo, incluido su santuario, que fue el semanario que fundó.

Su muerte, también, pone en aprietos a muchos de sus aparentes deudos; para empezar queda expuesta a la consideración pública esa revista que de algún modo, hasta el domingo reciente, parecía ser voluntad de un solo hombre: Julio Scherer García, cuando tiene años que no era así, y ahora ya no tiene la coartada de la leyenda.