“Dicen que como México no hay dos; pues como Alaska, tampoco”

Desde hace 50 años una oleada de paisanos fue a buscar su sueño americano a ese estado; tan es así que en 2008 se abrió un consulado para atender a 22 mil personas, 3% de la población total.

Anchorage

Cuando los primeros aventureros mexicanos llegaron al Ártico hace 50 años no tenían nada, ni siquiera conocimiento de la nieve. La anécdota popular narra que uno de los michoacanos que desembarcó en Alaska en los sesenta para trabajar como lavaplatos simplemente gritó al presenciar su primera nevada: "¡Está lloviendo ice cream!"

—Es nieve —le corrigió una mesera a carcajadas.

Dos, casi tres generaciones más tarde, lo que les llueve a ellos y sus descendientes es trabajo y dinero. Quizá como en ningún otro lugar de Estados Unidos, con la excepción de California, los mexicanos han escalado aquí hasta asumir el lugar de una de las minorías económicamente más poderosas y vibrantes de Alaska.

"Alaska nos ha dado todo", dice Toby Gallo, integrante de un clan de empresarios jaliscienses que domina el negocio restaurantero en Anchorage, donde uno de cada tres restaurantes ya es mexicano, muy por encima de cocinas asiáticas o italianas. "Para nosotros fue la mejor oportunidad", sostiene Manuel Hernández, un poblano cuya familia hoy conduce el emporio peletero más poderoso, no solamente del norte, sino de todo Estados Unidos, alimentando con pieles de lujo a tiendas de la Quinta Avenida, en Nueva York, o Rodeo Drive, en Beverly Hills.

"Dicen que como México no hay dos. Bueno, como Alaska, tampoco", tercia Agustín Hernández, próspero empresario michoacano de bienes raíces al que la nostalgia le llevó a traer a Anchorage una iglesia dedicada a la Virgen de Guadalupe. Sus campanas fueron fundidas en Morelia y cientos de personas acuden todos los domingos a escuchar misa... en español.

"Yo soy mexicano, pero voy a pedir que me entierren en Alaska", confiesa E.M., un millonario del Bajío que pidió guardar su identidad por seguridad y quien, tras décadas de trabajo en restaurantes, se hizo de su propia cadena de comida rápida. No hace mucho mandó construir una mansión en una península desde la que se alcanza a divisar, entre la niebla, la isla Kodiak. Está repleta de trofeos de caza y pesca, obtenidos por todo el planeta. Un ñu. Una cebra. Un pez vela. Un oso pardo.

Estos millonarios del hielo son solo cuatro de varios mexicanos que han tenido éxito en Alaska con base en una combinación de trabajo duro, una economía particularmente benévola con las minorías y un buen sentido de la oportunidad. Hoy los latinos del estado generan hasta 1.3 mil millones de dólares, según el Centro de Política Migratoria de Washington. Es el equivalente al producto interno bruto de entidades como Oaxaca o Hidalgo.

Pero si bien las anteriores son historias excepcionales, no son las únicas que hablan de oportunidad en Alaska: si todavía hay un sueño americano en Estados Unidos —chambear, ganar dinero y progresar sin importar el origen—, está vivo aquí, muy cerca del círculo polar ártico, en rubros tan variados como petróleo, restaurantes, pesca, comercio y bienes raíces. Es un sueño que miles de mexicanos están buscando y alcanzando. Un faro de potencial prosperidad que los atrae desde medio continente de distancia.

"El incremento (de los mexicanos) en Alaska podrá no ser exponencial, pero está muy cerca", dice Javier Obud Osuna, cónsul de México en Anchorage. Tras años de atención remota —el consulado concurrente era el de Seattle, a 2 mil 300 kilómetros al sur—, en 2008 el gobierno federal abrió una oficina en esta ciudad para atender a la creciente población de paisanos, que en menos de una década escaló hasta alcanzar los 22 mil. Ya son el tres por ciento de la población total del estado.

Históricamente considerada un destino exótico que evocaba más bien imágenes de fiordos, densos bosques y novelas de Jack London, Alaska es hoy la frontera final para la migración mexicana o, como argumenta la antropóloga canadiense Sara Kormanisky
—que ha estudiado el movimiento de michoacanos al norte desde 2005— "una nueva saliente de la frontera entre México y Estados Unidos". De ser así, la saliente de mexalaska o alaskachoacán se va expandiendo rápidamente: de 2009 a 2012 el número de mexicanos que tramitó su matrícula consular en el estado escaló de forma vertical, como un misil. Pasó de 173 a 8 mil 720, un incremento de 5 mil por ciento impulsado, en su mayor parte, por jaliscienses, sonorenses y, particularmente, michoacanos, todos ávidos de perseguir la riqueza del norte.

"Un importante número de mis clientes son mexicanos. Creo que la gente no se da cuenta de que hay una enorme migración legal desde México y que los mexicanos, como otros migrantes, se mueven por Estados Unidos donde hay trabajo. Y aquí lo hay", señaló Margaret Stock, abogada migratoria basada en Anchorage. "No hay que ir muy lejos para verlo. Aquí en la ciudad tenemos una comunidad bastante grande".

La clave de lo que hace a Alaska un destino tan atractivo para la migración yace en varios elementos como trabajo abundante, buenos salarios y poco racismo, dado el histórico contacto de blancos con otras culturas. Cuando se compara con los "bajos 48" —como los alasqueños llaman al resto de Estados Unidos— los hispanos ganan más y tienen mejores niveles educativos. "Alaska está virgen para los mexicanos. Eso es lo que nos ayudó en el negocio", dice Gallo. "Hay mucho espacio para crecer".

Que sea un territorio casi virgen con una economía basada predominantemente en recursos naturales es otro factor de atracción. La mano de obra mexicana rural se complementa bien con la pesca, las granjas y las madereras.

Un ejemplo: durante la reciente Feria Estatal de Alaska, empresarios ovejeros confesaban que no tenían empleados suficientes y que literalmente brincarían de alegría si tuvieran pastores mexicanos. "Nosotros necesitamos mexicanos, pero ya, para la trasquila. No tenemos pastores para atender a nuestras ovejas y el único que había, un estadunidense, se accidentó hace unas semanas", comentó Alice, dueña de una granja cerca de Wazilla, un poblado a dos horas de Anchorage. Sin quien las rape, sus ovejas lucían frondosos pelajes este año.

El ejemplo de Wazilla es icónico. Sarah Palin, la ultraconservadora ex gobernadora de Alaska, reside ahí. Lo definió en algún momento como "el verdadero pueblo todo americano", un lugar en el que la mayoría de los habitantes son blancos y comen pay de manzana, un arquetipo de lo que en su mente tiene que ser Estados Unidos. Falso: también es hogar para varios mexicanos y al menos tres taquerías y un restaurante que tiene birria, El Chepos, de la familia Hernández.

Las oportunidades parecieran estar en varios rubros. E.M. no tiene cocineros para su cadena de restaurantes en la península de Kenai y está a la caza de dos desde hace semanas. "¿No conoce mexicanos que quieran venir a hacer dinero?", preguntó.

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Tan rápido como han llegado, los mexicanos —la gran mayoría migrantes legales o con nacionalidad estadunidense adquirida— se han esparcido por el estado, mezclándose y a veces siendo absorbidos por su sociedad. Previo a la explosión de 2012, el censo de 2010 ya había hallado paisanos en toda la geografía alasqueña, desde el sur relativamente templado de Anchorage y la isla Kodiak, hasta las islas aleutianas a la mitad del Pacífico, más cerca de Japón que de México y en donde aún se yerguen las cúpulas acebolladas de iglesias rusas ortodoxas, herencia de un pasado colonial ruso.

En Akután, un pequeño islote ubicado en lo que se conoce como la "cuna de las tormentas" por su terrible clima, 20.75 por ciento de la población es hispana, en su mayoría sinaloenses dedicados a la pesca del salmón y el cangrejo rey, una de las profesiones más peligrosas —y lucrativas— del mundo. Un cangrejero puede hacer hasta 50 mil dólares en una temporada, pero también se puede congelar en aguas árticas. Hay anécdotas de pescadores que le pegaron al gordo en un año y vivieron con comodidad durante bastante tiempo. O está el anverso: en 2012, cinco mexicanos se ahogaron en la ensenada de Cook, en la pesca de ostras.

Desde hace dos años, en el remoto puerto pesquero de Dutch Harbor, Ricardo Solís, un michoacano, se encarga de la gerencia de una de las principales canerías, fábricas que procesan el pescado que atrapan las flotas en el estrecho de Bering. Vaya, hasta un barco comandado por zacatecanos navega sus aguas y un carro de burritos atiende el paladar de los mexicanos que viven en el archipiélago, según cuenta el cónsul Abud.

"Lo interesante de todo esto —dice Abud— es que en 2010 la población hispana, en la que los mexicanos son el principal grupo, se transformó ya en la primera minoría de origen extranjero en Alaska, superando incluso a los asiáticos". Por primera vez en la historia, hay más mexicanos que japoneses o filipinos. Es un cambio sísmico que ha pasado de noche en los medios locales.

La expansión mexicana se replica también en el interior, en pueblos predominantemente esquimales del territorio del Yukón-Koyukuk o en el Polo Norte, en ciudades como Barrow, donde en verano el sol no se oculta durante 87 días y en invierno la oscuridad se extiende por 67 noches. Ahí, Teodoro Aguilar, originario de Mazatlán, se dedica a la atención a clientes en el aeropuerto Wiley Post. Otros 80 mexicanos viven en esa ciudad, una de las más septentrionales del planeta.

Eso, sin contar los que han hecho su hogar lejos del radar, en lo que los alasqueños llaman "The Bush" o la selva, la Alaska más recóndita y aislada, una tierra casi incógnita llena de osos, lagos, bosques y glaciares a la que solo se puede acceder por medio de aviones de hélice.

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El origen de la migración mexicana a Alaska puede resumirse en tres etapas. Primero vino el oro del Klondike. Luego el petróleo del Ártico. Más tarde, el temblor de Anchorage. Y después, un lujoso convertible americano.

Por partes. "Mi tío abuelo, Marcos Guillén, vino a trabajar a principios del siglo XX a buscar oro", dice José García, un pintor de brocha gorda originario de Zacapu, Michoacán, que cruzó ilegalmente por San Diego en los 80. Por varios años, su familiar envió cartas desde el Klondike, contando sus aventuras como gambusino. Un día, dejó de escribir. ¿Qué le pasó? Nadie sabe.

Agustín Sánchez, que se ha hecho rico en la administración de bienes raíces y quien dirige la Federación de Michoacanos en Alaska, llegó en la segunda oleada, cuando se descubrió petróleo en la bahía de Prudhoe. "Yo vine a trabajar en el tendido del oleoducto por ahí de 1964", recuerda. Ya desde entonces se encontró con varios mexicanos ocupados en la construcción de la línea. Abraham Gallo, hermano de Toby y patriarca de la comunidad mexicana —es dueño de una veintena de restaurantes y ha comenzado a construir malls en la ciudad— arribó en esa época.

En 1964, tocó turno al temblor del Viernes Santo en Anchorage, otro evento que atrajo mano de obra mexicana para la reconstrucción de la ciudad, que quedó destruida.

Pero las pequeñas cosas a veces detonan cosas enormes. Si hay un elemento que parece haber acelerado la vinculación entre Alaska y México, es el que ocurrió en el verano de 1967, cuando un convertible del año se estacionó en la polvosa calle Vicente Riva Palacio de Acuitzio del Canje, un poblado del altiplano michoacano cuyo contacto con el extranjero, hasta ese momento, se había limitado a un intercambio de prisioneros belgas y franceses por guerrilleros mexicanos durante la Intervención Francesa.

Para su doctorado, Kormanisky investigó la anécdota y entrevistó a su protagonista, Gonzalo Calderón, un estudiante michoacano de medicina que había pasado cuatro años trabajando en Alaska. Era el primer acuitzense en ir y venir del norte, con los bolsillos repletos de dólares. Volvió a Acuitzio con estilo: en su flamante coche americano.

En el pueblito hubo revuelo ante la imagen del carrazo. "Todos estaban sorprendidos por su dinero, su ropa y su auto. Y después de eso, todos quisieron ir a Alaska", relata la antropóloga en su tesis. Hoy, unos mil acuitzenses viven en Anchorage, buscando su propio convertible.

(Mañana: Alascuitzio y los mexquimales)