Un mausoleo especial en un pueblo de zaguanes abiertos

Los recuerdos y frases se acumulan donde están sepultados Luis Donaldo y su esposa, Diana Laura. La casa paterna está sola. Un anciano que conoció al candidato habla del Colosio adolescente y del ...

Magdalena de Kino, Sonora

Un leve aire mueve los cipreses que rodean el mausoleo donde reposan los restos de Luis Donaldo Colosio Murrieta y de su esposa Diana Laura Riojas. Él fue asesinado el 23 de marzo de 1994, en una colonia popular de Tijuana, Baja California, mientras hacía proselitismo como candidato presidencial del PRI; ella, una mujer de aspecto frágil, murió días después, como consecuencia de un cáncer que la minaba.

La cripta exclusiva fue construida en la parte izquierda del camino principal, no muy lejos de la entrada del cementerio de Magdalena de Kino, un pueblo apacible, su pueblo, de zaguanes abiertos, y lo primero que se vislumbra en la entrada son las iniciales de dos nombres: LD, DL. En el centro, las dos figuras de la pareja aludida, labradas en bronce, parecen emerger de una silueta en realce de la República mexicana.

Del lado izquierdo hay una desgastada libreta con hojas rotas, nombres de personas, pensamientos, garabatos y firmas, cuya carátula está rotulada con el nombre, en tipografía pequeña, de ‘Severino Colosio Fernández’, tío de Luis Donaldo.

Entre las frases está la firmada por Elsa Santos: “Los hombres y mujeres que se forjan metas aunque fracasen le llevan ventaja a los indecisos”. Otra persona, de Tlaxcala, garabateó: “Que descansen en paz sus almas, porque lo que pensaste te lo tomará en cuenta el tiempo”.

En las paredes del domo lucen frases del político, como la acuñada en aquel discurso remarcado en el mitin convocado en el monumento a la Revolución: “Veo un pueblo con hambre y sed de justicia”. Y otras que bordean el interior de la cúpula: “No podemos aspirar a ser una nación fuerte, si nuestra familia es débil”. “Provengo de una cultura del esfuerzo y no del privilegio”.

Y más:

“La cultura de mi región me ha enseñado la importancia de la tenacidad. La persistencia, el valor del trabajo”. “La mejor herencia que les podemos dejar a nuestros hijos es la certeza en el futuro”. “Mi compromiso es con la sociedad que se reconozca por el respeto a la dignidad humana”.

No muy lejos de ahí, afuera del mausoleo, Juan Reyes cava la tierra con zapapico. Él fue uno de los que hizo la fosa en la que sepultaron a Diana Laura Riojas. “Pos bastante gente acudió aquí al funeral”, recuerda. “Pos nosotros nos venimos temprano y nos atendió el Ejército ahí, pidiéndonos papeles para entrar”.

—¿Y cómo la recibieron?

—Pos estuvo un rato ahí, pos yo creo que ni la vieron, no destaparon el cajón, pero al ratito la sepultaron ahí.

En la parte de abajo del mausoleo, rodeado de cipreses, resaltan fotografías, pinturas, recuerdos, ramos de flores artificiales y más frases. Precede la entrada un muro con la silueta de la República mexicana y un letrero: “La nación es el valor más elevado para la sociedad y la libertad es el bien más preciado del hombre”.

La señora Ramona Vidal, de 76 años, oriunda de Sinaloa, escudriña todo lo que ve en ese espacio subterráneo tapizado de símbolos, como esa pintura de un caballero Águila que abriga con sus alas el cadáver de Colosio.

—¿Usted que recuerda de Colosio?

—Yo no lo conocí; nada más lo veía en periódicos, y pos dicen que era bueno, que iba a ser un presidente muy valioso para nosotros y que, pues, tocó la mala suerte que… que lo asesinaron, pues, no sé decir la palabra.

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Llama la atención una pintura al óleo con los rostros de Colosio, John F. Kennedy y Martin Luther King.

Y el texto de Un réquiem por un hombre, enmarcado en vidrio, en cuyo primer párrafo puede leerse:  “Réquiem por el mártir que nos hundió en el dolor más terrible y brutal; en la consternada soledad, en la muerte y en el clamor que por siempre retumbará a lo largo y ancho de Sonora, de México y del mundo; pero, sobre todo, de quienes como Luis Donaldo Colosio Murrieta soñaron con un México mejor”.

Lo firma Fernando López.

Un letrero con la foto de Colosio: “Siete años de encubrimiento, de simulación, de falta de voluntad política… ¿hoy será diferente?” Bajo una foto de la pareja, entrelazados de las manos, dos placas: “Diana Laura Riojas de Colosio. 1958-1994. Descanse en paz”. “Lic. Luis Donaldo Colosio Murrieta. 1950-1994. Descanse en paz”.

Una carta, publicada en diciembre de 1976 en un diario y dirigida “a mi papá y amigo”, “mientras realizaba sus estudios de posgrado en la Universidad de Pensilvania, Filadelfia, EU”, inicia así: “Se acerca la fecha en que habré de hacer un esfuerzo por externar el desgarre interno que habré de padecer por no contar con la cercanía física de quienes respeto, quiero y admiro”.

Y otra foto con logotipo del PRI, la única que alude al partido: “Colosio vigente. Es la hora de las respuestas. Es la hora de la nación”.

El silencio en el mausoleo es roto por el cantar de pájaros y el tenue sonido que producen los árboles cuando son movidos por el aire. En una de las fotos más grandes están el matrimonio Colosio y sus dos niños. La enmarca un letrero: “El hombre y su bienestar debe ser destino y fin de nuestras acciones”.

Y otra frase:

“La pobreza no puede ser destino, esa es la causa moral que nos llama a la unidad para superarla; es la que exige el diálogo, la que reclama la aportación de lo mejor de nosotros”.

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En la Plaza Monumental de Magdalena, donde yacen los restos del padre Kino, un misionero italiano que llegó a estas tierras en 1682, también erigieron una estatua a Luis Donaldo Colosio. Una de las frases plasmadas en el pedestal:

“Creo en un gobierno responsable que cumpla y haga cumplir la ley, que utilice en forma honesta los recursos, que dé seguridad y certidumbre, que sea promotor incansable de la energía social y que oriente el esfuerzo de los mexicanos por alcanzar mayor progreso y bienestar”.

Un vecino, Carlos Macías, detalla: “Este monumento fue donado por el gobierno de Michoacán, de acuerdo con declaraciones de don Severino Colosio Fernández, que fue presidente municipal en ese año, 1994 a 1997”.

A unas cuadras de ahí, el silencio envuelve a la casa marcada con el número 103 de la calle Kino, domicilio de los Colosio Murrieta. Una voz femenina responde que doña Ofelia, madre del candidato asesinado hace 20 años, viajó a la Ciudad de México y no sabe cuándo regresará.

No muy lejos de ahí vive Jesús Durazo, de 83 años, quien conoció al joven Luis Donaldo cuando éste visitaba a su tío Severino Colosio Murrieta, ahora postrado en cama debido a las secuelas de un cáncer, incluso dice que le enseñó a manejar una camioneta que transportaba mercancía de un negocio de Severino.

—¿Qué recuerda del día que lo asesinaron?

—Pues recuerdo la convención que hubo en Tijuana. Estuvimos oyendo todos los acontecimientos. Dolió muchísimo a todo el mundo aquí. Esperábamos a una gran persona como presidente de la República. Todo Sonora. Todos lo querían mucho. Es más, un hijo mío, cuando vino aquí a presentarse como candidato, ¿no?, le tocó transportarlo de Nogales para acá, a Magdalena. Teníamos mucha convivencia aquí, pues somos vecinos, amigos de todo el tiempo.

—¿Qué sintió cuando supo la noticia?

El hombre, quien suspende el riego de su jardín con una manguera, parece imaginar el día fatídico y mueve la cabeza, para luego agregar:

—Estaba viendo yo las… sentí muy feo, una cosa terrible. Todo se vio. Lo estaban proyectando cuando pasó eso.

—¿A 20 años qué experiencia dejó todo eso?

—Pues, como… una cosa muy… esperábamos mucho de él… y se nos vino abajo el ambiente muy feo. Se nos truncó todo lo que creíamos que iba a ser. Era muy buena persona. Aquí conocí a Diana Laura, aquí la traía. Era una persona muy fina, muy limpia, con muchas ganas de trabajar, muy honesto. Lo conocí de chiquillo, aquí venía cuando estaba en el colegio. El señor Severino le ayudaba en su carrera. Convivía con nosotros, con los hijos de Severino.

Y mueve la cabeza.

Una y otra vez.